Juan Luis Silis no se puede tapar con un dedo

POR MIGUEL ÁNGEL GARCÍA

No hay mejor Temporada Grande en los últimos años que la anunciada recientemente por el doctor Rafael Herrerías, mandamás de la Plaza México. Y podría decirse que no tiene objeción alguna, pero, ¿dónde escondemos a un matador como Juan Luis Silis?

Es de ciegos y de sordos no ver y escuchar los argumentos absolutos que el diestro ha manifestado en su propuesta taurina, yendo más allá de lo que una empresa puede exigir para poder llamar “digno” a un torero íntegro que quepa en una plaza monumental. Hoy día hay que dejarse matar por un toro, revivir y volverse a dejar matar para luego llegar como rompecabezas ante las empresas y con la cabeza agachada y suplicar por algo que por derecho se tiene ganado. No es una aberración que Juan Luis entre forzosamente en los seriales más importantes de México, sino la voz de la verdad que al unísono se pregunta: “¿Por qué no apareció Juan Luis Silis en la temporada grande?”. Y esto se hace viral. Por eso me pregunto, ¿qué hacemos con Juan Luis? ¿Dónde lo escondemos? ¿Cómo lo callamos? ¿Se podrá simple y sencillamente ser indiferente?

Es una severa necedad decir que no se ha ganado un lugar en la fiesta de los toros y peor aún comentar que no es un buen torero. Allá en España a Juan José Padilla lo hicieron un héroe. Aquí, a Juan Luis, mejor lo apartaron de la vista. Me pregunto a quién verá Silis cuando se mira en un espejo. Yo creo que se topa con un pobre desgraciado, no por su secuela física en el rostro, sino porque el espectáculo al que ha entregado su vida para engrandecerse y engrandecerlo, ahora más que nunca, le ha dado la espalda. Qué desgracia, ¿no? Y no me refiero a los pueblos donde anda toreando, que es donde Silis se ha refugiado, sino a las grandes plazas donde el público escéptico de que los toros matan necesita ver milagros, ver héroes vencedores de la batalla más sublime que puede existir entre un hombre y una bestia.

Hablamos de la vergüenza que causa cuando algunos aficionados gritan: “Eso hasta yo lo puedo torear”. Y nos engrandecemos cuando un torero a punto estuvo de morir en las astas de un bravo. Ahí sí hasta agradecemos, porque entonces la gente se da cuenta que la fiesta de los toros es de a de veras. Ese momento más amargo para el herido engrandece el espectáculo. Y se habla de él como lo más ejemplar del planeta. Y se le pone todo mundo a sus pies. Incluso hasta se le dice: “No te preocupes, recupérate, tu lugar está seguro”. Y después, solamente le quitan de la mesa como una insignificante migaja de pan que hace ver mal al pastel.

Eso es lo que hacemos aquí con nuestros héroes.

Es la indiferencia que deben pagar los que pagan con su sangre.

No, esto no es una carta dedicada a nadie, porque sería una falta de respeto para el torero querer interceder por él teniendo semejantes atributos y argumentos que le hacen valerse por sí mismo como el mejor.

El pecado de Juan Luis Silis de no aparecer en la Temporada Grande fue pedir una tarde en la que pudiera lidiar dos toros, así como “El Capea” hijo, como “El Conde”, como Angelino, como Mora, como “El Fandi” y como el propio Padilla. La única opción fue en el último jueves taurino, lidiando un toro, digamos que para demostrar si Juan Luis en verdad quiere ser torero ¡Válgame Dios!

No estamos desenmascarando a nadie. Pero es evidente que no se le está dando el lugar que la fiesta de los toros otorga por derecho propio a quien así se lo ha ganado.

¿Quiénes somos nosotros para decir póngalo o quítenlo?

Cuando la verdad es absoluta no se puede ir en contra.

Y por más que sigamos haciéndonos sordos y ciegos, Juan Luis Silis no se puede tapar con un dedo. La grandeza del toreo radica en sus héroes, en sus toreros que en verdad y dignamente han dejado su sangre en el ruedo. La grandeza del toreo no se puede esconder, no de puede negar.

¿O qué se le dice a Juan Luis Silis cuando dice: “Ya pagué con sangre un lugar digno”?

 

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