100 años de vida de Don Nacho Trelles Campos

Mexico, 2016-07-31 08:58:54 | Redacción ESTO

POR: EUGENIO DÍAZ

FOTOS: JORGE BARRERA

Era el México posrevolucionario, otoño de 1925. Caía la tarde en la gran capital. El tren Guadalajara-México hacía su arribo a la estación. Para sorpresa de los viajeros, este se detuvo poco antes del destino final, algo así como un kilómetro. Un niño de apenas 9 años se paraba en su asiento para poder observar lo que sucedía afuera: “Se alcanzaba a ver una cancha de futbol  con tribunas; estaban jugando futbol, era el parque España; jamás había visto un partido, fue mi primer contacto con el futbol”.

La familia Trelles había dejado La Perla de occidente buscando una mejor vida, un mejor futuro. El padre de don Nacho dejó Guadalajara tras ser promovido por la Compañía de Luz a la capital del país.

El mayor de seis hermanos, Ignacio Trelles, era como cualquier otro niño; su vida giraba alrededor de la escuela, el barrio, los amigos, la familia y un balón: “Aquí hice quinto y sexto de primaria. Siempre viví en una zona muy futbolera. Practicábamos diario en el bosque de Chapultepec, donde había una cancha. Ahí nos reuníamos los amigos y vecinos para practicar de lunes a viernes. Nos juntábamos sin fijarnos en nuestro estatus social, en nuestro estatus económico; nos reuníamos sin problema alguno. Ahí comencé a pegarle a la pelota”.

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Han pasado muchos años, ha corrido mucha agua en el río desde aquellas tardes tranquilas de una ciudad que no llegaba al millón de habitantes. En la memoria de don Nacho Trelles, quien hoy cumple 100 años, aún existe el recuerdo de un lugar tranquilo, amigable; es la colonia San Miguel Chapultepec, justo frente al Bosque: “Era una colonia de clase media por un lado y de gente rica por el otro. Aquí llegamos hace 91 años; no a la casa en la que vivo ahora, sino a otra a unas cuadras de aquí, pero siempre en el mismo barrio”.

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Con el paso de los años, el niño se hizo joven, y era tal su inquietud y aptitud por el futbol, y alejado de las aulas, que se unió a los juveniles del Necaxa, club que lo debutó: “Yo debuté en Necaxa como jugador de Primera División.  Antes estuve en juveniles del mismo Necaxa, de repente se presentó el profesionalismo y el Necaxa desapareció. Nos repartimos en diferentes equipos. Yo pasé al América, ellos sí aceptaron el profesionalismo. El España y el Asturias marcaban diferencia cuando empecé yo en el futbol. El primero que desapareció de los grandes fue el Germania. Su campo de juego estaba en Paseo de la Reforma”.

Pero como si fuera ayer, con Nacho aclaró: “Yo tenía un trabajo además del futbol. Trabajé en una  fábrica, la  COBE, ahí se fabricaban los uniformes del ejército; duré muchos años. Los entrenamientos eran en las tardes. Los juegos, sábados o domingos, que no se trabaja. Yo comencé a trabajar antes de entrar al futbol”.

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Tras su paso en el Necaxa, pasó al América y Monterrey, antes de vivir una experiencia singular, que seguramente pocos recuerdan: “Tuve la oportunidad de jugar en Chicago, en la primera liga de ‘soccer’ en los Estados Unidos. Yo estudié en la secundaria número 3 y un compañero mío emigró para allá porque su papá era del cónsul de México en Chicago. Era un futbol muy limpio, no había entradas mal intencionadas. Estaban muy bien organizados. Ahí no fui campeón, fui subcampeón, la final nos la ganó Nueva York”.

A su regreso a México, don Nacho Trelles recuerda un hecho que lo marcó de por vida. Jugando para el Atlante sufrió fractura de tibia y peroné de su pierna derecha, lesión de la que nunca se repuso y que por supuesto, lo alejó de las canchas para siempre: “La fractura de mi pierna fue sin duda el momento más difícil de mi vida deportiva. El ‘Pulques’ León me fracturó, excompañero mío en Necaxa. Fue fractura de tibia y peroné; entrando al área salió con las dos piernas, era el portero del Marte; Valtonrá, mi compañero, estaba muy cerca de la jugada, él la vio; fue una entrada muy tonta”.

Tras el retiro obligado, don Nacho pensó en prepararse para dirigir, para entrenar. La primera oportunidad se la dio el Club Zacatepec, que estando en la segunda, logró el ascenso: “Yo salía de trabajar una hora antes de la hora oficial, a las 3 de la tarde, para poder llegar a entrenar a Zacatepec. Llegué a Zacatepec a dirigir en 1950 y ascendimos a primera. Años después regresé para ser campeón pero ya en primera división”.

Cuántas historias, cuántos relatos, tanto qué contar, cuántas anécdotas, cuántas vivencias; son 100 años de largo caminar, para un hombre sencillo, de fácil palabra, dicharachero, que evoca de forma elocuente y con lujo de detalle, aquellos momentos que marcaron su vida deportiva y personal, no necesariamente sus triunfos, trofeos y legado. Los éxitos mencionados tuvieron réplica en otras instituciones, caso del Toluca y Cruz Azul. Solamente no alzó la copa con el América, el Puebla y la UdeG.

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Sobre los entrenadores que él considera que le dejaron algo a su persona, me comentó: “Gaspar Rubio fue el primer entrenador del que aprendí algo. Era español, llegó a México ya retirado, era el entrenador de los juveniles del Necaxa. Algunos entrenadores dejaron huella en México. Recuerdo con admiración a Renato Cesarini”.

¿Y sobre los futbolistas que vio cuál fue el mejor? Esto dijo: “Casarín es el mejor jugador que yo vi, el más completo, por encima del ‘Pachuco’ Durán. Hilario el ‘Moco’  era el centro delantero del Necaxa. Un día se lastimó y subieron al primer equipo a Horacio Casarín; era muy bueno, éramos compañeros en la juvenil y lo alcancé dos años después. El ‘Pirata’ Fuente era bueno pero no tanto, igual que el ‘Pachuco’ y el ‘Charro’ Moreno”.

Estos nombres, figuras notables de otras épocas, desconocidas para muchas generaciones, han sido señalados y recordados por un inmortal del futbol mexicano, voz autorizada  que cumple 100 años: “El juego se ha vuelto muy rápido pero también muy brusco, hasta mal intencionado diría yo”.

Sentado en su silla preferida, ubicada justo a la entrada de su casa y viendo al jardín,  disfrutando de la tarde, continuó la charla y las frases muy al estilo de nuestro personaje: “Ya muchos años vividos, bien vividos”.