Don Mario Vázquez Raña entrevistó al Líder revolucionario

– Mi amigo Fidel

– Carácter socialista de la Revolución

– La Habana, intensa actividad

– Inaceptada la paz sin independencia

Por Mario Vázquez Raña

Diálogos con la Historia es el resultado de más de 30 años de ardua y paciente labor periodística, de constantes visitas a los 5 continentes para entrevistar a centenares de Jefes de Estado y de Gobierno; así como a personalidades de gran relevancia política internacional. En esa historia escrita que hasta el presente tiene 10 Tomos se destaca, por la importancia de su testimonio, la presencia de los principales dirigentes de la Revolución Cubana, la que, a través de un largo y complejo proceso histórico, ha estado estrechamente vinculada a nuestro país.

México y Cuba son dos países que por años han sido protagonistas de una relación amistosa, solidaria y de respeto mutuo, que ha trazado pauta entre los países de nuestra América. México abrió sus brazos al joven Martí cuando regresaba del duro destierro al que fue sometido en España; por tierra mexicana corrió la sangre del joven líder estudiantil universitario Julio Antonio Mella; nuestro país fue testigo de la preparación del grupo de miembros de la Generación del Centenario que, encabezada por Fidel Castro, con apenas 82 hombres a bordo del Yate Granma, partió del Puerto de Tuxpan hacia Cuba, en noviembre del año 1956, con la firme decisión de iniciar la lucha revolucionaria contra el Gobierno imperante en su país.

La ejemplar comunión entre Cuba y México no se ha limitado, exclusivamente, a aspectos históricos y políticos, son diversos y abundantes los ejemplos, durante decenas de años, del fluido y prolífero intercambio entre intelectuales, músicos, artistas y también en otras esferas de la cultura y del mundo académico. El deporte también ha contribuido modestamente a esta hermosa y rica relación entre dos pueblos, cuya hermandad y solidaridad ha soportado la prueba del tiempo y de los vaivenes políticos.

Desde hace mucho tiempo tenía la intención de expresar mi sincero sentimiento de respeto y admiración por Cuba y por su pueblo. En mi actividad profesional constituye una práctica y una necesidad permanente desandar archivos, escarbar en las bibliotecas, consultar fuentes y buscar información, en lugares que en ocasiones resulta imposible imaginar. En ese ejercicio, tuve la suerte de encontrar un libro, editado hace cerca de 50 años, sobre la visita del Comandante Fidel Castro a la Unión Soviética en el año 1963.

Agradezco infinitamente a un destacado dirigente de la desaparecida Unión Soviética quien tuvo la gentileza de obsequiarme ese ejemplar, el que por su especial contenido, por su valor histórico y por el tiempo transcurrido es propio de una colección. ¿Cuánto tiempo y cuántos acontecimientos cruciales de la historia de Cuba han ocurrido desde entonces? ¿Qué conclusiones pueden sacarse de esas imágenes? ¿Qué recuerdos evoca en quienes hemos tenido el honor y el privilegio de conocer, apreciar y ser amigo del principal protagonista de esa interesante historia?

Después de poner en orden las ideas y profundizar en los antecedentes y los hechos ocurridos durante este largo y accidentado camino, decidí publicar para los lectores de Organización Editorial Mexicana, una serie de Artículos, con amplitud de imágenes, que nos recrean sobre distintos pasajes de la visita de Fidel a la Unión Soviética en 1963. Para facilitar su mejor comprensión y que puedan valorar, en su justa dimensión este encuentro, considero obligado acercarnos a los momentos más importantes de la historia de Cuba que ya arriba a más de 500 años.

Cristóbal Colón desembarcó en Cuba, el 27 de octubre de 1492 y encontró, junto a los encantos de la naturaleza de la Isla, la presencia de pobladores pacíficos que le ofrecían algodón hilado y pequeños pedazos de oro a cambio de las baratijas que traían los españoles. La población de la mayor de Las Antillas se formó por diversas corrientes migratorias: las primeras probablemente procedentes del norte del continente a través de la Florida y las posteriores llegadas desde la boca del Orinoco a lo largo del arco de Las Antillas. Al iniciarse la conquista y colonización de Cuba su población no sobrepasaba los 100,000 habitantes.

La conquista de la Isla la inició Diego Velázquez en 1510, éste era un colono proveniente de La Española, actual República Dominicana, quien sometió, con la mayor crueldad, a los aborígenes cubanos. Alertados desde las islas vecinas, los habitantes de la región oriental de Cuba, en un primer momento, resistieron la invasión hispana dirigidos por Hatuey, un cacique fugitivo de La Española, quien finalmente fue apresado y quemado vivo.

La actividad económica cubana tuvo como base el trabajo indígena mediante el sistema de encomiendas”; por medio de ella, el colono español se comprometía a vestir, alimentar y cristianizar al aborigen a cambio del derecho de hacerlo trabajar en su beneficio. La espada y la cruz fue la máxima española aplicada en Cuba. El renglón económico dominante era la minería, específicamente la extracción de oro, aunque también algunos grupos eran recolectores, cazadores y ceramistas. Con un sistema de trabajo tan bestial e inhumano la población indígena fue totalmente liquidada en apenas unos pocos años de colonización.

Corsarios y filibusteros franceses, holandeses e ingleses asolaban el Caribe, capturaban navíos y saqueaban ciudades y poblados. Cuba no escapó de esos asaltos: los nombres de Jacques de Sores, Francis Drake y Henry Morgan mantuvieron en pie de guerra, por más de un siglo, a los habitantes de la Isla.

La Guerra de los Siete Años (1756 – 1763), que involucra a toda Europa, incluida España, tuvo como causa la lucha por el predominio en el continente y por el control colonial de la India y América del Norte. Como consecuencia de este conflicto y por el enfrentamiento entre España e Inglaterra La Habana fue tomada por los ingleses. Durante la ocupación militar que tuvo lugar entre agosto de 1762 y julio de 1763, La Habana fue escenario de una intensa actividad mercantil que pondría de manifiesto las posibilidades de la incipiente economía cubana.

Por necesidades económicas, básicamente por la urgencia de buscar rápido y a muy bajo costo la fuerza de trabajo necesaria para la industria azucarera, la población indígena fue sustituida por los negros traídos de África cazados como animales y desarraigados para siempre de su tierra. A partir de 1770, en sólo treinta años, llegaron a Cuba más esclavos africanos que en el siglo y medio anterior. Con una población que en 1841 superaba ya el millón y medio de habitantes, la Isla albergaba una sociedad muy diversa que iba desde una oligarquía de terratenientes criollos y grandes comerciantes españoles a una gran masa esclava, unida a las capas medias integradas por negros, mulatos libres y blancos humildes provenientes del campo y las ciudades.

La política colonial, discriminatoria y rapaz, aplicada por España en Cuba tras la pérdida de importantes posesiones en nuestro Continente, incluida México y que recién celebró su Bicentenario, frustró las expectativas reformistas que tenía la población cubana. Esta circunstancia favoreció el desarrollo de otra corriente política que era partidaria de la anexión a los Estados Unidos, a la que se unía un sector de los hacendados más ricos, animados por las posibilidades que ofrecían los estados esclavistas del sur. Otras corrientes políticas estuvieron presentes en el escenario político cubano, entre ellas la separatista, más radical, que aspiraba a la total independencia de Cuba.

El 10 de octubre de 1868 el Movimiento Independentista, ante el cierre de todas las vías pacíficas para aplicar las reformas y obtener la autonomía de Cuba por parte de España, decidió levantarse en armas, Carlos Manuel de Céspedes, rico terrateniente oriental, hoy considerado en Cuba como el Padre de la Patria, fue el líder de aquel Movimiento. Céspedes, en su ingenio La Demajagua, proclamó la independencia de Cuba y dio libertad a sus esclavos. Fue Presidente de la República de Cuba en armas. La Guerra de los Diez Años (1868 – 1878) concluyó sin que se lograra la tan ansiada Independencia de Cuba.

La diferencia en la correlación de fuerzas, el desgaste físico, las divisiones internas, la falta de recursos y la política pacifista de España, provocaron que una parte del movimiento insurgente aceptase las propuestas de paz del General español Arsenio Martínez Campos. La paz sin independencia, firmada en El Zanjón en 1878, no fue aceptada por los sectores más radicales de las fuerzas mambisas, en especial por el General Antonio Maceo, jefe de las fuerzas del Oriente y Lugarteniente General del Ejército Libertador, quien hizo pública su posición en la histórica Protesta de Baraguá, donde expresara su decisión de continuar la lucha.

José Martí, el Héroe Nacional de Cuba, quien desde su adolescencia se consagró al ideal independentista y cuyos vínculos con el movimiento conspirativo, le permitieron comprender, a partir de la experiencia del 68, que la Revolución Cubana debía asentarse sobre nuevas bases programáticas y organizativas. Dotado de exquisita sensibilidad poética y brillantes facultades oratorias, Martí poseía también un profundo pensamiento político, enriquecido por la experiencia de sus años de vida en España, Estados Unidos, México y otros países latinoamericanos. Se dedicó en cuerpo y alma a la organización de la nueva guerra por la independencia de Cuba, la cual se inició el 24 de febrero de 1895. Martí, el líder de aquella gesta, desembarcó en Cuba proveniente de República Dominicana, acompañado de Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador. A los pocos días de su arribo a tierra cubana cayó en combate en la acción de Dos Ríos, en la antigua provincia de Oriente. A pesar del duro golpe que significó su caída, la guerra continuó su marcha, se extendió por todo el país y concluyó con la exitosa Invasión de Oriente a Occidente, dirigida por los Generales Gómez y Maceo.

Para enfrentar la insurrección generalizada en el país, España envió como Capitán General de la Isla a Valeriano Weyler, quien al llegar a Cuba implantó una política de exterminio masivo de la población civil por el apoyo que ésta brindaba a los insurrectos. Pese a la reconcentración de la población rural y al elevado costo humano de la contienda, Weyler no pudo frenar el avance de la Revolución. La Invasión y las campañas de Gómez en La Habana y de Maceo en Pinar del Río, mantuvieron en jaque al ejército colonialista español decretando su derrota y desmoralización total.

Con la guerra ganada, en febrero de 1898, se produce la explosión del acorazado norteamericano Maine en el Puerto de La Habana, pretexto utilizado por Estados Unidos para intervenir en la guerra. Aunque E. U. admite formalmente la independencia de Cuba no reconoce sus instituciones. Estados Unidos entra en la guerra con España y con la colaboración de las fuerzas mambisas, desembarca sus tropas en Santiago de Cuba; sin embargo, impidió la entrada de las fuerzas insurgentes en esa ciudad. Meses después, España traspasó Cuba a los Estados Unidos, ignorando totalmente al Ejército Libertador, su adversario durante 30 años y desconociendo las instituciones representativas del pueblo cubano.

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