Don José Flores, torilero para toda la vida

Mexico, 2017-06-02 13:55:13 | Miguel Angel García

Foto: Alejandro Villa

 

Los años 40, aquella esplendorosa Época de Oro que daba un tinte amoroso en el México que se nos fue, dejó un personaje sobresaliente que vivió gran parte de su vida en la Monumental Plaza de Toros México. Ahí dejaría sus mejores años de vida y dedicación al toro bravo. Es uno de estos personajes de la Fiesta Brava que parece que no están ahí, pero que ejercen una labor indispensable que ayuda a que el resto de los engranes caminen como los de un reloj suizo. También se juegan la vida y se convierten en figuras dentro de su círculo, pues bien dijo el que sabe: “En los corrales, con los torileros, también se hacen muy buenas faenas”.

La naciente década de los 40 que mostraba a “Armillita”, Silverio, Arruza y “Manolete” como los mejores en el Toreo de La Condesa, en breve lucirían cumbres en el coso que el yucateco, de origen libanés, Neguib Simón estaba a punto de inaugurar y que daría paso a una nueva era en la Tauromaquia Mexicana: La majestuosa Plaza México. Ya en la calle de Augusto Rodín, en la entonces colonia Noche Buena, el ingeniero Modesto Rolland ordenaba trabajos a marchas forzadas con la finalidad de inaugurar el inmueble lo más pronto posible, cosa que sucedió seis años más tarde; pero dejaría un importante antecedente técnico en la industria arquitectónica.

 

EL SOBRINO DE LA SAN SIMÓN

Nuestro principal personaje nació en una de las colonias más populares de ese México antiguo, la San Simón, barrio bravo que a todo chamaco pone avispado desde que anda en pañales. En 1941 vio la luz José Flores y su historia de infante no fue distinta al resto de la palomilla. Salvo que su distintivo era ser aficionado a los toros, pasión que heredó de su tío Alberto Flores Rivero, quien entre los años 50 fue jefe de los torileros en el Coso de Insurgentes, el cual para entonces era ya propiedad de Moisés Cosío; agobiado por las deudas, Neguib se lo había vendido en 1946, nueves meses después de la inauguración del Magno Escenario. Así de ingrata fue la vida para el yucateco.

José era como el hijo que su tío nunca tuvo, el recio familiar solamente había procreado con su esposa a una hermosa dama. Y José, que contaba con la audacia de la avispa, abrevó muy bien los consejos del tío, principalmente los que emanaban en los corrales del Coso Capitalino.

 

LOS 40s

Mientras José Flores crecía, los 40 escenificaban la desastrosa Segunda Guerra Mundial que marcó esa época principalmente. Pero que también rememora a Winston Churchill, Primer Ministro del Reino Unido, cuando se dirigió a los británicos para alentarlos contra el poder nazi: “Sangre, sudor y lágrimas” fue la frase que quedaría para la posteridad en su discurso.

Era entonces el México que se transformaba de lo rural a lo urbano y a la industrialización; el fin de mandato del Presidente Manuel Ávila Camacho y el inicio del Mandatario Miguel Alemán.

Era la moda en el radio con María Bonita, de Agustín Lara; de la Familia Burrón en los puestos de revistas y de la película Nosotros Los Pobres, que protagonizó el inmortal Pedro Infante.

Esa época también vio partir al Escuadrón 201 a la Segunda Guerra Mundial y aquella generación también cantó con Frank Sinatra; fue la era de Casa Blanca y todo mundo bailaba con el Swing.

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ENVENENADO

Para los años 50, concretamente en el 55, a la edad de 14 años, José Flores se estrenaba como flamante ayudante de torilero. Tanto fue el cántaro al agua que no había más para donde; su tío, quien procuró llevarlo puntualmente desde los 9 años los días de corrida a ver el entorilamiento de los toros, para luego atestiguar el festejo, terminó por envenenar al sobrino con la Fiesta de los Toros. Ese vicio permaneció en las venas de José y con el paso de los años pasó de ser un simple ayudante de torilero al jefe de la cuadrilla y tras 61 años de ejercer el puesto finalmente este año se retiró.

 

Foto: Alejandro Villa

DURA PRUEBA

Los compañeros de José, en aquella época, en su mayoría eran los torileros que habían emigrado del Toreo de La Condesa, primera Plaza Monumental que se construyó en México el 22 de septiembre de 1907 y que cerró el 19 de mayo de 1949 al entrar en funciones La México. Viejos experimentados que estaban a la orden de su tío Alberto, por lo que colocarse como el mejor no sería nada sencillo. Sin embargo, algo que caracterizó siempre a José fue el entusiasmo de dar siempre lo mejor de sí, yendo a más que el resto, lo cual pronto le redituó frutos por ganarse la confianza del jefe de torileros.

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 UN SECRETO

“Soy el último jefe de los torilero de ese tiempo, los demás, grandes amigos míos, ya murieron. Siempre me llamó la atención eso de abrir y cerrar las puertas de los corrales, no se diga el entorilamiento, se vive mucha emoción, más antes cuando los toros tenían sobrado genio y bravura. Eso sí, la nobleza en estos animales es innegable, pero no por eso te la perdonan; me hice amigo de muchos toros gracias al azúcar”, nos confía. “A veces llevaba una poquita conmigo y les daba a probar, se acercaban muy dóciles a mi mano, ahí me di cuenta de su nobleza, pero jamás olvidé lo peligroso que pueden ser”, recuerda José sentado en la cabecera de la gran mesa que ocupa el espacio principal en su domicilio. Tres de sus nietos, José, Alejandra y Fernanda no despegan la mirada de su abuelo y ríen de vez en cuando con las expresiones de don José.

Su esposa, la señora Guadalupe, es testigo de las remembranzas de aquel que la llevó al altar en 1965.

 

FIGURA

“Y no es que los toros de hoy sean menos peligrosos, pero recuerdo que en esos años los astados hasta se paraban en dos patas y las manitas las recargaban en la pared, buscando a los torileros como queriéndolos bajar de los pasillos. Era todo un espectáculo y no se diga entorilarlos, muchas veces me llevé las palmas por lo bien que hacía mi trabajo –dice con orgullo, hace una pausa y prosigue- cómo olvidar aquellos tiempos y a todos mis amigos”, expresa el retirado torilero mientras se talla su rostro arrugado con sus manos morenas, que muestran las mil batallas que ha vivido.

“Todos ya murieron –menciona nuevamente-, mi tío fue el primero, luego “El Charro” Sebastián , Samuel Bolaños “El Chahuis”, Juan Acevedo y Juan Mata, y dos japoneses que ni su nombre sé pronunciar”.

-¡Japoneses! -Exclamamos, interrumpiendo a don José.

“¿Cómo? ¡Háblame fuerte, que no escucho de este lado!”, nos responde evidenciando su sordera.

 

INFORTUNIO

A la par de su labor como jefe de torileros, José Flores trabajó de lunes a sábado, por 35 años, en una empresa que fabrica pinturas. Una ocasión ayudaba a bajar una tarima de producto bastante pesada, fue tanto el esfuerzo de Flores que el oído izquierdo le reventó. Este fue realmente lo que le obligó a dejar el puesto como jefe de toriles hace apenas unos meses.

“No era seguro estar en los corrales –nos menciona- pues para malas el oído derecho también se fue deteriorando. Más que nada fue por eso mi retiro, mis compañeros me decían que algún día esto me podría llevar a sufrir un fatal accidente y la verdad es que hay mucha razón en esto. Donde hay toros bravos todo puede pasar”, dice con cierta nostalgia.

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ELEGANCIA Y CLASE

Entre las experiencias que José vivió en la Plaza México fue el ser testigo de la filmación A.T.M. A toda máquina, que rodó el productor Luis Leal Solares y que protagonizaron Pedro Infante y Luis Aguilar. Recordamos que en una parte de la producción los dos “oficiales de tránsito” desatan una feroz competencia en el festival de acciones acrobáticas que desempeña el escuadrón de la policía, siendo la parte culminante cuando deciden atravesar en sus poderosas motocicletas una choza convertida en llamas.

“Fue muy entretenido –recuerda José- en la película se veía la Plaza llena, pero la verdad es que solo había un grupo de extras en los tendidos, el resto de las imágenes donde se aprecia el coso a reventar es de las corridas de toros”.

-¿Qué le parecían aquellos llenos en corridas de toros?

“Se veía muy bonito por que todo el público que acudía a los festejos vestía muy elegante, se veían los tendidos tapizados de sombreros finos, todos los caballeros iban de traje y las damas de vestido de gala. Cómo olvidar a Agustín Lara y María Feliz en sus barreras de sol”, expresó Flores con emoción.

 

EL MEJOR

Y mientras los aficionados que estaban por arribar al Magno Escenario se alistaban con sus mejores ropas, José Flores ponía en marcha las principales reglas que implica ser torilero: “Llegando a los corrales lo primero que hacía era poner las cuerdas a los corrales, regar, revisar cerrojos, contar con una dotación de gises, rotular las pizarras con los nombres de los toros y siempre con pintura blanco de España. También preparaba las moñas con los colores de la divisa (ahora divisas más elaboradas) y alistaba también el aserrín por si llovía y había que esparcirlo en el ruedo. Finalmente, terminado el trabajo de ese momento, nos íbamos a comer garnachas”.

-¿Digamos entonces que su retiro fue involuntario?

“No, la verdad es que era inseguro estar en los corrales por mi falta de audiencia. Me voy contento y satisfecho con mi trabajo. Así está mejor, pues en todos estos años jamás sufrí un accidente. Recuerdo que la vez que se retiró el primer jefe de Monosabios, cuando dio la vuelta al ruedo le aventaron un montón de dinero, todo lo echamos en un capote y en serio que estaba bien pesado. En mi caso no fue así, pero di la vuelta al ruedo con mi familia , eso es lo más bonito”.

 

AÑORANZA 

Dos de los hijos de Don José fueron también torileros: José y Alejandro, pero dice su padre que al casarse, “les cortaron las alas” y ya no continuaron con la tradición. Luego, el tercer varón, Luis, es boletero en el Coso de Insurgentes y Claudia, ella es ama de casa. Ahora, además de los hijos, don José cuenta con seis nietos.

“No puedo estar más contento con mi familia y porque todo salió bien en estos años. Hice mi trabajo lo mejor que pude y cuide bien de los toros. Me llevo en mis recuerdos aquellas tardes con Capetillo, Joselito Huerta, “Calesero”, “Curro” y Manolo Martínez; así como con Camino, Linares y “Capea”, ¡qué días aquellos!”, exclama con alegría.

“Seguro voy extrañar mi trabajo de torilero, no es fácil alejarse de algo que realice toda mi vida… no será fácil”, mencionó el veterano torilero.

Para entonces nuestra platica ya se había trasladado al taller de compresoras que tiene en su casa; además de las muchas fotografías que penden de las paredes que dan cuenta de aquellos años mozos, se observa en una vieja vitrina una colección de coches de aluminio que conserva desde hace varios años y de los cuales sobresales dos camionetas Ford del 64, las cuales, dice fueron las más bonitas. Don José tuvo una de a de veras con la que vivió grandes aventuras en aquel México que se nos fue, que ya no volverá jamás pero que nos deja cosas y personas maravillosas como la historia de don José, que ayudaron a construir la hermosísima Época de Oro, la cual todavía se puede conocer gracias a sus eslabones que no dejan de brillan.