Relatos de futbol: “El Ferrocarril”

Por José Ángel Rueda

Ilustración Víctor Nieto 

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Diez para la diez y “El Ferrocarril” aún no llega. El pobre de don Genaro ya hasta parece jirafa de tanto estirar el cuello. Se pone de puntas para ver por encima de la barda, pero Landeros nada que aparece. En la cancha de tierra, el juez central, don Justo Malacara, ya está ultimando detalles. Parsimonioso se guarda las tarjetas en la bolsa de la camisa. Se sube las calcetas hasta las rodillas. Se amarra las agujetas y, ya entrado en gastos, hasta tiempo le da de acomodarse el bigote.

Y entonces se enfila hacia la banda. Los registros, señores, dice mientras trota y hace ejercicios de calentamiento. Levanta una pierna y después la otra. Luego se toca los talones, primero el izquierdo y luego el derecho. Preocupado, don Genaro, no encuentra la forma de alargar los minutos. Córrele a ver si ya viene este canijo, le dice al “Niño”, que hace caso y corre, y cuando llega a las vías hace señas con la mano: “El Ferrocarril” no viene.

El tema es alarmante porque ese tal José Landeros, alias  “El Ferrocarril”, no es un jugador cualquiera. Todo el barrio lo conoce, lo venera, es de esos ídolos que cuando toca la pelota inventa el tiempo. Y en su cadencia regularmente pasa de todo. Goles, gambetas, pases, sobre todo eso, pases. Dice él que hay un 10 en su espalda que lo condena a regalar alegrías, antes que provocarlas.

La cancha donde se juega el torneo de barrio es una cancha sencilla. Es de tierra, como lo mandan las grandes historias. Es de tierra, pero las leyendas cuentan que alguna vez ahí hubo un pasto bien cuidado. Aunque eso sólo lo dicen los viejos, esos que ahora se sientan alrededor del campo en pequeños bancos de madera. Atrás de ellos están las señoras, con sus pancartas y los botes repletos de gajos de naranjas, para eso de la sed que da cuando el sol cala. Detrás de las porterías están los niños, esos que corren detrás de la pelota que se escapa lejos después de un gol. Entonces van por ella a toda velocidad, la patean, y luego regresan a esperar a que todo ocurra de nuevo.

Don Genaro echa un último vistazo por encima de la barda, y en los ojos la esperanza se le muere. Por muy raro que parezca, “El Ferrocarril” no llega a la gran cita. Entonces reúne a su equipo para dar la última arenga. Con el campeonato en juego muchos pensarían que las palabras sobran, pero no, y eso don Genaro lo sabe bien. En esos momentos es cuando más importante es el aliento. Palabras que sean capaces de llegar al alma, entonces sí que habrá servido todo.

Don Genaro quisiera detener el tiempo pero sabe que eso es imposible, ya muchos lo han intentado antes sin obtener resultados. Don Justo Malacara, ahora sí, se coloca en medio campo y saca el silbato para llamar a los capitanes. Quiero un juego limpio, dice por decir, porque sabe bien que es probable que el que le espera sea un partido difícil, de esos que se juegan con el cuchillo entre los dientes.

Entonces arranca el partido. Y en la media punta del equipo de la colonia Pastores parece haber una laguna gigante, esa que regularmente llena “El Ferrocarril” con su desparpajo. El cuadro de la colonia vecina, el Asunción, toma de inmediato el control del partido. Domina, es peligroso, llega por los costados, le pega de larga distancia. Pero el “Paredón” Paredes hoy parece infranqueable. El saldo es mínimo. Un gol. Una jugada donde nada pudo hacer. Se metieron hasta la cocina y cuando lo vieron mal parado, lo fusilaron.

En la grada todo es alarma. Falta el 10, y para quien sabe de futbol es fácil advertir que cuando eso ocurre la cosa se tuerce, no camina. Hablar de “El Ferrocarril” es hablar de un hombre obstinado. Uno de esos a los que la vida lo ha tratado mal, y aun así no se da por vencido fácilmente. Como todo ídolo de barrio, pudo ser jugador profesional, pero le faltó tiempo. Tiempo para entrenar, para soñar, para empeñarse. Antes tuvo que sacar a una familia adelante. Ahora trabaja de velador en una fábrica cervecera. Llega de noche y sale de día. De la fábrica se va a su casa a dormir, excepto los domingos, claro, que recién sale se echa a correr para llegar a la cancha, y jugar con los amigos.

Comienza el segundo tiempo. La cara de don Genaro revela una verdad fulminante. No se ve ni por dónde. El dominio de Asunción cada vez es mayor. Y las llegadas se multiplican, una tras otras. Y la figura del “Paredón” ya es casi celestial. Él solito los ha mantenido en el partido. A la espera de un milagro que tiene nombre y apellido. José “El Ferrocarril” Landeros.

Por las vías del tren, que están a un costado de la cancha, aparece la figura del famoso número 10, que corre con ansias mientras se acomoda el uniforme. El sol de mediodía le da de frente en la cara, pero eso le importa poco y cada vez toma más vuelo, hasta que por fin llega. Don Genaro está que no lo cree, y hasta se frota los ojos. Desesperado le pregunta dónde estaba, pero “El Ferrocarril” no tiene ni aire. Se para a un costado de la cancha y pide permiso a Malacara para entrar. El de negro le da ingreso ante una ovación que roza el estruendo.

Sobra decir que el equipo de Pastores es otro. Asunción ya no ve la suya. Corren de un lado a otro, aprietan, anticipan, y a pesar de ello no pueden recuperar el balón que entre caricias duerme en los botines del genio. Apenas cinco minutos son suficientes para que “El “Ferrocarril” iguale las acciones. Luego de quitarse la marca define al poste más lejano del arquero. Hay vida. Ya sobre el final, cuando todo parece destinado para ir al alargue, José Landeros burla a media defensa, ingresa al área y gambetea al arquero, y cuando sólo falta que acaricie la bola para mandarla a guardar, decide regalarle el gol al “Niño”, que desde la central acompaña la jugada. 2-1 final. Y el Club Pastores se consagra campeón, con una actuación memorable del ídolo del barrio.

¿Qué por qué le dicen “Ferrocarril” al hombre más sutil que se ha visto por estas tierras? Es fácil. Resulta que siempre llega corriendo por las vías, con la cara al sol, en carrera, como una locomotora que no ve la hora de llegar para ponerse a jugar.

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Twitter: @joseangelr10

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