Relatos de futbol: Mexicanos al grito de guerra

Por José Ángel Rueda 

Ilustración: Víctor Nieto 

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Un año más, Agustín. Qué profunda se siente tu ausencia en días como éstos. Miro por la ventana a los aviones que pasan y siento cómo el hueco se me va formando en la panza. Aunque sé que con el paso de los años hablar de distancias va dejando de importar. Porque hay otras cosas que nos mantienen cerca, que no nos dejan irnos, que nos impiden perdernos.

Me imagino que no han de ser fáciles estos días, Agustín, cuando a tu manera, con tus posibilidades, te enteras que acá, del otro lado, las cosas siguen marchando. Y nosotros que te pensamos fuerte y decidido, como siempre has sido, que no te dejas vencer por las adversidades, por la cosa que se pone fea pero que igual te pensamos con la sonrisa de siempre. Y miras los colores de tu bandera en el desfile en alguna señal que encuentras como puedes, y te emocionas, y extrañas y te sientes mexicano, pese a la distancia.

Siempre valoramos tu fortaleza, Agustín, tu eterno optimismo para asegurarnos a mí y a nuestra madre que estarías bien allá, que la cosa nomás se trataba de llegar, y que una vez instalado todo sería más sencillo. Y siempre confiamos en ti, Agustín, en tu obstinación, porque siempre tuviste las cosas bien claras. Y sabías que aquí las posibilidades cada día se agotaban, y supiste callar cuando fue necesario para no preocuparnos.

Sabes algo, hermano, que por estas fechas, cuando te imagino del otro lado, me es indispensable recordar esos días, mucho antes de irte a ese exilio que la realidad te impuso. Me es indispensable porque es una manera de tenerte cerca, de saber que por nosotros y tu México eres capaz de hacer cuantas cosas sean necesarias.

Siempre me ha costado verte como el hombre que ya eres. Darme cuenta de que sobre ti lo años también pasan. Y recuerdo ese día como si fuera ayer, o esta mañana, porque era una mañana muy parecida, una mañana de cielo azul y despejado, pero fría por los vientos que llegan de no sé dónde, pero llegan y aprietan, y tengo aquí tu cara de alegría cuando te enteraste de que al fin conocerías el Estadio Azteca, y encima se trataba de un partido de Selección, de tu México.

Entonces ese día y los siete que siguieron no pudiste ni dormir, y no hacías otra cosa que hablar del partido, y yo te contaba que el Azteca era como un gigante que se podía ver desde bien lejos, y que no había nada en este mundo como entrar y ver el pasto verde, sentir la vibración de las tribunas cuando la ola se acerca, y tú que te emocionabas y te mordías las uñas, y te tomabas el pelo y te ibas.

Y luego nos llegó el día, Agustín, y salimos bien temprano de la casa porque no querías que se nos hiciera tarde. Estabas radiante, con tu playera verde, con tu cara ilusionada. Ese día México enfrentaba a Costa Rica, ¿lo recuerdas?, y teníamos que ganar porque si no lo hacíamos nos quedábamos fuera del Mundial, y entonces sí que la sonrisa se nos iba con tan solo pensarlo, y nos quedábamos serios.

Y tomamos el Metro y luego el Tren Ligero, y hacías cara de susto cuando la gente te apretaba contra la puerta, y tú que apenas alcanzabas a sacar la cara para buscar al gigante. Y me preguntabas cada estación si faltaba mucho y yo te decía que no, que no desesperaras, que tardara lo que tardara te fijaras bien porque ese momento lo ibas a recordar toda tu vida. Y los ojos que hacías, hermano, tan expresivos como siempre. Y fue que lo viste, de lejos, y estoy seguro que en estas fechas lo recuerdas más que nunca.

Y ahí íbamos caminando por ese mar de gente, ese mar de colores verde, blanco y rojo, y el grito de México, México que retumbaba bien adentro y que igual lo gritábamos con el alma, con el corazón. Y los eternos filtros de seguridad hasta llegar a las rampas eternas que tú te querías devorar, porque no aguantabas las ganas de ver la cancha, de ver ese pasto del que tanto te había hablado.

Y la subimos y yo te tenía que decir que me esperaras, que no te fueras a perder, que el pasto ahí estaría esperando igual. Y yo que te decía que miraras la ciudad, que aprovecharas que por esos días el cielo estaba despejado y se alcanzaba a ver hasta los montes, que nuestra casa estaba por allá, lejos. Pero tú no hacías caso y te emocionabas cada que por los túneles descubrías la tribuna de enfrente, verde, en su mayoría.

Y nos llegó el momento, hermano. Y por ese instante quise ser tú, Agustín, quise ponerme en tus zapatos para sentir nuevamente ese asombro que estabas sintiendo, que me sudaran las manos como a ti te sudaban, que me doliera la panza de los nervios como a ti te dolía. Y viste el pasto y me abrazaste y te quedaste sin palabras. Y nos sentamos en los primeros lugares que vimos y pedimos un refresco y unas tortas.

Ya sentados tardaste un poco en salir del asombro, y te querías agarrar de donde pudieras porque el vértigo te llegaba y no sabías cómo entender que ese estadio pudiera ser tan grande. Y me agarrabas la pierna con fuerza cuando las gradas comenzaban a vibrar a medida de que la ola se acercaba, pero tomabas confianza cuando el revolcón era inminente, y pisabas con un pie y luego el otro para después levantarte y levantar las manos, y luego esperar a que todo pasara de nuevo mientras el grito de México nos dejaba sordos.

Y luego saltaron los jugadores al campo, y agitabas la bandera, y veías para todos lados y no lo podías ni creer. Yo te decía que aprovecharas, que no siempre se tiene la suerte de ver al estadio Azteca tan lleno, tan que no cabe nadie, y encima todos apoyando al mismo equipo. Y después nos pidieron que nos pusiéramos de pie para entonar el himno. Y cuando todos estábamos callados nos dimos cuenta que el sonido local fallaba, que no sonaba la música, y entonces a todos como que nos salió del alma la primera estrofa, y cantamos.

Y el sol nos daba en la cara, un sol quemante que acompañaba el estruendo, el eco de nuestro Himno cantado por cien mil mexicanos. Y recuerdo que cuando busqué tus ojos no podías contener las lágrimas, y yo tampoco pude, y nos sentimos acompañados por un mismo sentimiento. Somos mexicanos, pensé, y te palmeé ligeramente la espalda.

Y el partido empezó, y México ganó más por el apoyo de su gente que por su juego, y al término del encuentro todo era fiesta. Por las rampas un río verde no dejaba de cantar, y nos abrazábamos con todos aunque no nos conociéramos, porque esa tarde éramos hermanos unidos por los colores de nuestra bandera. Porque antes que otra cosa éramos mexicanos.

Me imagino que no han de ser fáciles estos días, Agustín. Pero estoy seguro que constantemente te llega el sonido de ese Himno a la cabeza, y entonces recuerdas que no estás solo, hermano. Que acá, de este lado, hay un país y una familia que te esperan con los brazos abiertos.

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Twitter: @joseangelr10

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