A 100 años del nacimiento de la leyenda de plata

Un día como hoy, pero hace 100 años, nació Rodolfo Guzmán Huerta, el hombre que bajo una máscara de plata dio vida a El Santo, un gladiador de la lucha libre cuyos triunfos en los encordados lo convertirían en un personaje de cómic, paladín de la justicia, actor de cine, superhéroe a la mexicana e icono de la cultura popular del siglo XX. Sus hazañas de ficción y su trascendencia internacional le concedieron el status de leyenda.

El hombre nacido en Tulancingo, Hidalgo, el 23 de septiembre de 1917, alcanzó la cúspide enfrentándose a los más temibles luchadores de la época, hasta que lo llamó la industria del celuloide y lo hizo estrella de la pantalla grande; no del séptimo arte, que conste.

El grito de ¡Santo, Santo, Santo! se extendía por todas las arenas del país alentando a su héroe en pos de la victoria. Llaves, costalazos, topes y urracarranas pronto le dieron un estilo propio que lo identificó entre la clientela. Su fama fue creciendo. El Santo siempre ganaba… o casi siempre porque tampoco era perfecto ni poseía, a diferencia de Superman, poderes fantásticos o sobrenaturales.
Antes que nada Rodolfo Guzmán Huerta era un ser humano que se ganaba la vida aporreando rivales en una extraña mezcla de circo, maroma y teatro, con un toque de drama, comedia y deporte olímpico. Su habilidad y destreza en los escenarios de la lucha libre, sin embargo, amén de su preparación física, lo hacían ver como un súper dotado.

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¡Sangre, quiero ver sangre!, vociferaban sus huestes de admiradores que llenaban la arena de bote en bote. No era su tónica hemoglobínica para vencer a sus contrincantes. Santo, el Enmascarado de Plata, pertenecía al bando de los técnicos, aunque en un principio de su carrera había formado parte de los rudos.

Los rudos, no obstante, no eran del agrado del público, villanos al fin, así es que el encapuchado optó por apartarse de los malosos sin saber que se convertiría en un apóstol del bien, defensor de la justicia.

Así surgió la leyenda, el mito de aquel hombre cuya identidad era un misterio. Nadie, salvo sus familiares y allegados más íntimos, conocía su verdadera identidad, pues nunca, además, nadie logró desenmascararlo.

¿Quién era aquel fortachón incógnito de capa y botas plateadas que encarnaba a las fuerzas del bien en su eterna lucha contra el mal? El Santo. Simplemente El Santo. Era un santo, divino, como enviado del cielo que utilizaba sus secretos de la lucha libre, su astucia e inteligencia para vencer al maligno. Entonces, la gente lo idolatraba. ¡Santo, Santo, Santo!, gritaban en las arenas y después repitieron el grito en las salas de cine. Un precursor, sin duda, de James Bond que mucho antes del flemático agente inglés ya utilizaba reloj intercomunicador.

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