Relatos de futbol: ¿Qué hubieras hecho tú?

Mexico, 2017-10-02 08:18:34 | José Ángel Rueda

Por José Ángel Rueda

Ilustración: Víctor Nieto

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Pregúntale a tu padre, decía tu madre cada que la cuestionabas. Y es que cuando eras más chica era casi diario, cuando volvías de la escuela y apenas dejabas tu mochila a la entrada, y le decías que los compañeros te decían que por qué te llamabas así, si era nombre de niño. Y tu madre que hacía el gesto de ternura, pero en pensamientos no podía con la rabia, y seguro que hasta recordaba a tu abuela, mi madre, y se enojaba, y te decía nuevamente que me dijeras a mí, que ya te explicaría yo mis locos motivos para ponerte Maradona. Maradona Aguirre López.

Por eso te contaré la historia, mi niña, porque creo que mereces la explicación ahora que ya tienes edad para entenderla. No me juzgues, sabes que siempre he sido así. Si tú supieras la alegría que sentimos cuando nos enteramos que íbamos a tener una nena, en cuanto lo supimos tu madre se volvió loca, comenzó a comprarte ropita, y yo a pintar tu cuarto de rosa, a llenarte de muñecas para que jugaras, y hasta de balones, por si acaso.

Ya después lo entenderás, hija, cuando te llegue la hora, pero debo advertirte que no hay nada más complicado para una pareja que va a tener a su primer hijo que ponerse de acuerdo para el nombre. Tu madre y yo no batallamos tanto, hasta eso. Tomamos unas de esas decisiones salomónicas: en caso de ser mujer, ella elegiría el nombre, en caso de ser hombre, escogería yo. Desde luego, te hubieras llamado Diego Armando.

Era el año del 85. La Ciudad de México sufría los estragos del terremoto cuando por obra del destino nos mandaron el Mundial. Ya te imaginarás cómo estaba yo, hija, que no había podido disfrutar del campeonato del 70 porque era muy chico, cuando de pronto una mañana tu madre me dijo que estaba embarazada, que seríamos padres. No lo podía ni creer. 

Y es que, desde siempre, mi amada Maradona, has sido una mujer futbolera. No porque yo te lo haya inculcado cada día de tu vida, sino porque en verdad el destino te puso en este camino. Las cuentas no fallaban, si todo salía bien ibas a nacer en pleno Mundial, hija. México sería una fiesta, y yo iba a ser padre por primera vez.

Pero como buen pesimista que soy, una idea no dejó de rondarme en la cabeza conforme avanzaban los meses y el Mundial y tu nacimiento se acercaban. Ibas a nacer por parto natural, así que nos dejamos de planeaciones y nos encomendamos a lo que tocara. El nervio de que nacieras el mismo día que un partido importante me paralizaba. Yo sé que pocos entienden eso, y hasta me tachan de exagerado, y de loco, algunos hasta de enfermo, pero siempre he sido así, pocas veces me he perdido un partido importante. Soy un maestro en agendarlos y en que nada se empalme, pero contigo, hija, qué se podía hacer.

Y llegaron los días, mi amada Maradona. El Mundial comenzó y ahí tenías a tu padre vestido de verde, con la cara pintada apoyando a México, disfrutando como nadie de aquel genio argentino que movía al equipo él solo. Celebrando los goles. Y tú que cada vez estabas más cercana, y la panza de tu madre crecía y yo la acariciaba y podía sentir cómo la pateabas y entonces yo gritaba gol.

El Mundial estaba llegando a su fase decisiva, y tú aguardabas, te estabas acomodando para salir. Me acuerdo bien el día previo a tu nacimiento. Yo le pregunté a tu mamá que cómo te sentía, que si ya estabas por venir, y ella me dijo que sí, que tenía la sensación de que faltaba poco, pero no le hice caso y por impulso compré los boletos para el partido entre Argentina e Inglaterra en el estadio Azteca. Yo lo sé, hija, ya me lo habían advertido, pero cómo perderme a Maradona, cómo no asistir a ese partidazo si me quedaba tan cerca.

Era el domingo 22 de junio del año de 1986. Ese día me levanté temprano. Te confieso que no pude ni dormir. No sé si por los nervios del partido o porque yo sabía que algo podía pasar, que en cualquier momento tu madre me iba a decir que ya, que ya estabas, que la llevara al hospital. Entre cigarro y cigarro me fui arreglando, me puse la playera de Argentina que había comprado para el Mundial del 82, y justo cuando estaba por salir de la casa escuché los gritos de tu mamá y de tu abuela. Lo sabía, ya venías en camino.

Y acá es cuando quiero explicarte bien lo que pasó. En ese momento en el que tomé a tu mamá para subirla al carro se me olvidó por completo el partido. Me sentía feliz, hija, como nunca antes, sabía que el juego de mi vida había comenzado, que el calentamiento ya se había acabado y que ahora sí había que salir a meter los goles en serio.

Al llegar al hospital nos atendieron pronto. Y fue como un milagro, hija, porque justo cuando íbamos llegando el doctor Lanzini ya se estaba yendo, apurado, casi al trote lo vimos bajar por las escaleras, y yo le pegué un grito que sonó en todo el hospital, y él se regresó y al vernos se sonrió con una de esas risas resignadas. No se vaya, doctor, ya viene nuestra pequeña, le dije, y entonces se quitó la chamarra y dejó al descubierto su playera albiceleste. Desde luego, también iba al partido.

Argentino él, el doctor Lanzini no dudó un segundo y se puso la bata, y pidió a las enfermeras que prepararán la sala de partos. Ya lo teníamos acordado, yo entraría con tu mamá, estaría a su lado para verte nacer. Ya bien acomodados, el doctor pidió que lo esperáramos un rato, que no tardaba en volver. Y de pronto en la sala la voz inconfundible del narrador terminó con el silencio. Sí, el loco del doctor Lanzini había puesto el partido por la radio, y se disculpó. Disculpen, pero este partido yo no me lo pierdo.

Y entonces tu madre comenzó a respirar hondo, y el doctor Lanzini la tranquilizaba y le decía que con calma, que no había prisa, que teníamos todo el día para que tú nacieras. Y en la radio sonaba un partido tenso, trabado, de esos que sólo puede romperse gracias a la presencia de un genio. Hasta que cayó el primer gol de Maradona, con la mano, aunque el relator tardó un poco en darse cuenta. Y el doctor y yo nos abrazamos porque a mí ni tiempo me dio de quitarme la playera azul y blanca.

Y tú poco a poco fuiste llegando, hija, con el paso de los minutos, gracias al esfuerzo de tu madre que no dejaba de pujar y que sudaba y me tomaba fuerte de la mano. Y ahí venías cuando de pronto Maradona, el genio, el siempre genio, tomó la pelota en medio campo y desparramó rivales y se enfiló al marco y casi casi a las caídas le dio un punterazo a la pelota y la mandó al fondo de la red. Y mientras el relator gritaba el gol tú naciste, y tu llanto fue más fuerte que todo. Y dos milagros ocurrieron justo en el mismo segundo. El doctor Lanzini no hizo otra cosa que abrazarme mientras lloraba un poco, como a escondidas, él lloraba por el milagro que había ocurrido en la cancha sagrada del Azteca y yo por la obra de arte que tenía frente a mí.

Ahora lo entiendes, hija, no podías llamarte de otro modo, mi Maradona hermosa, ese nombre estaba en tu destino. O dime, ¿qué hubieras hecho tú?

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