Relatos de futbol: El gol del silencio

Por José Ángel Rueda

Ilustración Víctor Nieto 

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No sé, Pancho, si has escuchado alguna vez esa historia que cuenta que cuando Brasil perdió la final de la Copa del Mundo, en el Maracaná, se escuchaba en el estadio un silencio sepulcral. Pues bueno, haz de cuenta que así nos pasó a nosotros, que poco a poco fuimos escuchando cómo el silencio se apoderó de la cancha, hasta quedarnos callados por completo.

No te voy a decir que todo el tiempo fue así. Al principio apoyamos, gritamos con el alma, y hasta le metimos presión al rival. Los goles pudieron caer por montones, Pancho, pero ese día la pelota parecía estar decidida a no entrar, y eso con el paso del tiempo como que va cansando, como que uno comienza a gastar energías en morderse las uñas, en pensar esas ideas tontas que en ese momento no sirven para nada. Y así poco a poco el graderío se fue quedando callado. Y lo que más se escuchaba era el murmullo cuando el balón pasaba por un costado de la portería, cerquita, pero no lo suficiente.

Hasta que llegó el minuto noventa, mi querido Pancho. Ahí sí que todos despertamos del letargo, como que a todos nos cayó una cubeta de agua helada y despertamos y nos dimos cuenta que el tiempo sí que se acababa, sí que corría con esa velocidad meteórica con la que corre cuando uno quiere detenerlo, pero no puede, que después de tantos intentos era nuestra última oportunidad para empatar y mandar el partido al alargue, que anotábamos o se nos acababa ahí mismo el campeonato.

Si te digo que comenzó a llover en ese momento no me lo vas a creer. Pero de pronto una tormenta de aquellas empezó a ponerle al partido esa última dosis de dramatismo. Y cuando vi la lluvia caer sobre la cancha, así, a contraluz de las lámparas que recién se prendían, pude sentir que era nuestro, que ese partido no nos lo sacaba nadie, que el gol estaba por caer. Entonces todos, los diez, porque hasta el portero se fue a rematar, se internaron en el área a la espera del centro del “Zurdo”.  

el “Zurdo” le pegó con una fe infinita. el balón voló por los aires hasta encontrar la cabeza del inolvidable “Tanque”. Cuando vi el salto que pegó, se detuvo el tiempo, Pancho, te lo juro que se detuvo el tiempo, tan tirano apenas unos segundos atrás. Y el balón besó las redes, y el estadio pegó un estallido brutal, amigo, te lo juro que brutal. Y fue cuando me abracé con personas que ni conocía. Dicen que es lo que tiene el futbol, que al menos por momentos nos hermana con el prójimo, nos hace uno solo, y eso ya es mucho en estos tiempos en los que todos vamos tan separados, tan en lo nuestro.

No te miento si te digo que ese momentito, que para muchos no es nada, entra sin duda en ese altarcito que le hacemos a los ratos memorables. En esas andaba yo cuando de pronto comencé a escuchar cómo el alarido poco a poco disminuía, cómo uno que otro chiflido se metía como se mete el polvo por las ventanas. Fue que rápido voltee y vi al tío Juan con la cara amarga, como no dando crédito de lo ocurrido, con la pena más grande del mundo.

Lo que sentí, Pancho, lo que sentí. Y mientras el hueco en el estómago se hacía cada vez más grande me di la vuelta y vi cómo nuestros jugadores se le encimaban al asistente que había levantado la bandera. Se lo querían comer al muy desgraciado. el árbitro que trataba de separarlos y el estadio que se quedaba cada vez más callado, porque ni para chiflidos andábamos. Y nuevamente voltee a ver al tío Juan, que seguía con la cara impávida.

Pobre, el tío Juan, ni tiempo le dio de festejar. Ya se sabe, nunca faltan esas personas precavidas que no se emocionan a la primera, que no venden su ilusión tan fácil, y que antes de dejarse llevar por el éxtasis prefieren dar un vistazo para cerciorarse de que en efecto todo esté bien, aunque todo esté mal. Así es el tío Juan.

Y es aquí donde el aficionado al futbol se quiere morir, o quizá y sea verdad que el aficionado muere por unos segundos, porque lo que hace unos instantes era, ahora ya no es. Porque el gol anotado apenas hace unos momentos ya no es gol. Es como si la felicidad te la robaran de pronto, sin aviso. Como si en la realidad de golpe estallara una bomba que la dinamita, que la transforma para siempre.

Repetidamente me sorprende esa parte de la vida, Pancho. Lo pienso a cada rato. Es como cuando una persona va por la calle y de pronto se le cae el teléfono. Es increíble como unos segundos antes, apenas, esa persona camina con una sonrisa, totalmente vulnerable a la jugada que el destino le tiene preparada. Y entonces el teléfono se cae y cuando lo levanta está roto, ya no sirve. Es cuestión de segundos, de instantes para que todo cambie.   

Es obvio que uno en la cancha está predispuesto para la felicidad. Cuando uno está esperando un gol es consciente de que este puede llegar en cualquier momento, es por eso que cuando llega la emoción estalla, y entonces consigue su punto más elevado, se consuma el objetivo, se es feliz, vamos, que es para lo que uno pretende estar preparado, para la felicidad, sin embargo, cómo poder estarlo para algo así, para de pronto, repentinamente, tener que guardarse esa alegría y esa descarga, y encima tener que buscar fuerzas para pelear de nuevo, si es que hay tiempo para pelear de nuevo.

Y luego cuando el partido acaba no es fácil salir del infierno, Pancho, porque entonces es cuando uno comienza con esas cosas de buscarle el lado justo al futbol. Imagínate tú que absurdos que nos vemos tratando de encontrarle el lado justo al futbol, si ni siquiera en la vida podemos hablar de justicia.

Y entonces ahí estamos como unos desesperados buscando una televisión a las afueras del estadio, preguntando como energúmenos si el gol, que ya no es gol, estuvo bien anulado o no. Y en ese momento el calor de la desgracia es tanto que dejamos de lado la idea de que ya nada se puede hacer, que nuestros esfuerzos ya son inservibles, que la decisión ya está tomada, que no hay vuelta atrás. Aunque claro, no es lo mismo maldecir con argumentos que sin ellos. No es lo mismo soportar las burlas con un pretexto que sin él.

Yo creo, Pancho, que un gol anulado es la sensación más fea que puede vivir un aficionado. Eso que no se le desea a nadie, ni a tu peor enemigo. El gol es la fiesta del futbol, la razón de ser, el camino más pronto a la victoria. Yo creo que ni cuando se pierde un partido se siente uno tan mal. Supongo que todo tiene que ver con eso de lo repentino.

Claro que cuando toca estar del otro lado la cosa sí que cambia. Sí que es todo lo contrario. De estar muerto por unos segundos uno resucita. Lo que estaba perdido ya no lo está. La vida presenta una nueva oportunidad de hacer las cosas bien. La bomba que dinamita el mundo pasa cerca, pero su daño es fugaz, se acaba pronto, es más, hay quienes ni se enteran. O hay otros que cuando ven el gol de inmediato miran al línea que levanta la bandera y entonces el partido sigue su curso, con todo y susto, pero sigue su curso.  En fin, mi querido Pancho, que a veces toca a favor y otras en contra. Así es esto del futbol.

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