Relatos de futbol: El Cerro de los Muertos

Por José Ángel Rueda

Ilustración Víctor Nieto 

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Si uno se para en la plaza central, arriba del kiosco, y mira bien al fondo por la avenida principal, puede ver el Cerro de los Muertos. Le dicen así porque justo en la cima se ubica el panteón del pueblo, a un costado de una escuela abandonada, porque dicen que ahí pasaban cosas raras. Entonces, junto a las ruinas sólo quedó el patio con sus dos porterías y sus columpios y sus resbaladillas. De la punta le siguen miles de casas que van cayendo como en forma de caracol, y que después, a los pies de la tierra, se diluyen en la interminable planicie de Acevedo.

Al patio de la escuela hemos ido los acevedeños por años. Más allá de que los vecinos que habitan la parte más alta del cerro aseguran que por las noches se escuchan los rechinidos de los columpios, el lugar es tranquilo. El patio y el panteón están apenas divididos por una barda que no es muy alta, pero sí lo suficiente como para ocultar las tumbas. Al cementerio sólo se le ve cuando uno sube a la resbaladilla, y desde su parte más alta alza el cuello y se asoma, entonces sí que se ve el camposanto y las lápidas que sobresalen del pasto reseco.

Aquel día de principios de noviembre, uno de esos con cielos clarísimos, mis amigos y yo habíamos ido a jugar futbol como lo hacíamos cada tarde después de la escuela. Nos quedábamos de ver en la plaza central y de ahí enfilábamos por las empinadas calles de piedra hasta llegar a la cima. Entonces, desde el mirador, volteábamos y podíamos ver la postal de Acevedo, y al fondo Salvatierra, apenas por delante de la extensa cordillera.

Y ahí estábamos los amigos, reunidos como siempre, a punto de elegir los equipos cuando de pronto hicimos la cuenta y descubrimos que nos faltaba uno. El “Gordo” no había llegado y conociendo su puntualidad era claro que esa tarde no se aparecería por ahí. Entonces decidimos que uno de nosotros no jugara para que el partido fuera justo. Al final fue el Pedrito el que se tuvo que sentar en los columpios a sólo mirar resignado, no sin antes prometerle que en cuanto llegara alguien más podría entrar.

En esas andábamos cuando de pronto llegó por la zona de los juegos un niño al cual nunca habíamos visto. Alto, algo flaco, de playera blanca con rayas negras, con el cabello despeinado. Se acercó y nos dijo que se llamaba Miguel, que si podía jugar con nosotros, que era nuevo en Acevedo y que le encantaba el futbol. Desde luego le dijimos que sí y el Pedrito se levantó como un rayo y se puso a patear la pelota con nosotros. Estábamos completos. 

El tal Miguel resultó ser un jugadorazo. Se llevaba a todos por velocidad y hacía unas fintas que ni él se las creía. Nosotros lo mirábamos fascinados, con la certeza de que habíamos encontrado al fin a nuestro goleador para los partidos contra Salvatierra. Le preguntábamos cosas pero Miguel era más bien callado, hablaba poco y sólo se reía cuando le decíamos que lo esperaríamos ahí todas las tardes, que sólo los fines de semana nadie se paraba por el patio. Pero que de ahí en fuera siempre estábamos.

Poco a poco el tiempo fue pasando y el sol se fue ocultando detrás de las montañas que custodian Acevedo. El patio ya estaba por quedarse a oscuras cuando de pronto, en un disparo potente, el balón pegó en el poste y rebotó tan alto que se fue directito al panteón. No supimos ni qué hacer. No era la primera vez que nos pasaba, aunque a decir verdad siempre preferimos dejarlo ahí entre los muertos.

Cuando ya estábamos a punto de irnos fue que Miguel habló. Yo voy, dijo, y todos lo vimos como si estuviera loco. Le comentamos que no, que cómo, que no valía la pena arriesgarse por un balón, que en casa teníamos más, pero Miguel no entendía razones y dijo que no le importaba, que él iría, que lo único que necesitaba era que le diéramos una mano para saltar la barda.

Fue cuando nos juntamos todos y lo cargamos para que pegara el salto. Una vez del otro lado gritó que estaba bien, que lo esperáramos, que ya había visto el balón, que era cuestión de minutos, pero la noche se acercaba en Acevedo y los minutos fueron pasando, y Miguel nada que regresaba. Parecía habérselo tragado la tierra. Le gritábamos pero no respondía y nos comenzamos a poner nerviosos.

Pedro dijo que lo fuéramos a buscar, que cómo lo íbamos a dejar solo si lo único que quería el pobre Miguel era ayudarnos. Fue ahí cuando se nos ocurrió subirnos a la resbaladilla para aprovechar la poca luz que quedaba y echar un vistazo. El día de los muertos recién había pasado, por lo que en el camposanto resaltaba el naranja de las flores de cempasúchil. Pedro de pronto gritó que ya había visto el balón, que no estaba tan lejos como para que Miguel se tardara tanto en ir por él, que seguro algo le había pasado.

Y ya era de noche y nosotros seguíamos en el Cerro de los Muertos. Aterrados y preocupados fue que decidimos ir a ver si podíamos ayudar al pobre de Miguel. Pedro, que era el que vivía más cerca, corrió a su casa por una linterna y cuando volvió uno a uno nos fuimos saltando la barda. Una vez adentro, la oscuridad era total, solo se alcanzaba a ver a lo lejos una pequeña luz que salía del cuarto del velador, por lo que no podíamos hacer mucho ruido.

Pedro encendió la lámpara y dijo que había visto el balón cerca de una pequeña capilla ubicada casi al centro del panteón. Era claro que Miguel no estaba por ahí. El silencio era aplastante, sólo se rompía a veces por las ráfagas de viento que por ratos se confundían con lamentos, y que movían los árboles y que generaban en el ambiente una sensación de extrañeza.

Íbamos juntos, casi tomados de las manos, buscando cualquier indicio que nos pudiera dar una pista de la ubicación de Miguel. Asustados ante cualquier movimiento, ante las sombras que proyectaba la luz de la lámpara con los escasos troncos. Pedro dijo que estaba seguro que íbamos en la dirección correcta, que si no se equivocaba la capilla estaba cerca.

De pronto, cuando ya parecía estar todo perdido, alcanzamos a ver la capilla y nos dimos cuenta de que efectivamente, el balón estaba a un costado, justo por encima de una tumba. Sentimos escalofríos al darnos cuenta que Miguel no estaba por ningún lado. Parecía que se lo había tragado la tierra. No era posible que hubiera desaparecido así como así.

Llegamos hasta donde estaba el balón. Pedro lo iluminó con la lámpara, lo tomó y después dio la vuelta rápidamente. Vámonos de aquí, dijo alterado, pero después alumbró con desesperación la lápida de la tumba donde estaba la pelota. Miguel García, 1989-1999, y una foto del niño que minutos antes había jugado con nosotros, con la misma playera blanca a rayas y el cabello despeinado. Obstinados buscamos la salida y bajamos corriendo el cerro. Nunca más supimos de él.

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