El arte de vestirse de luces en el mundo taurino

Más adelante, como parte del acto de fe, sus ojos se vuelven hacia las imágenes religiosas que forman el altar y la intensidad de la mirada disminuye, las pupilas se dilatan y los párpados parecen más pesados.

Sebastián contempla las paredes imaginarias de la habitación ficticia por esta única ocasión. Esta vez no le presiona la intimidad de las cortinas casi cerradas ni la escasa iluminación que acompañan a un torero en un hotel cuando está a punto de vestirse para encaminarse rumbo a un ruedo a enfrentarse con el toro.

 Este novillero sin picadores está a punto de realizar la liturgia que por siglos ha acompañado a aquél que se viste de luces, esa que se transmite rigurosa y respetuosamente de centuria en centuria y de una generación a otra, tan precisa y perfecta como si fuera la primera vez que se lleva a cabo.
 Y cada vez que alguien la ejecuta, ya sea para torear en una de las capitales del toreo o en el rincón más recóndito y desconocido del planeta, le rinde pleitesía a todos aquellos diestros que desde el principio de los tiempos se convirtieron en héroes al enfrentar “al de las patas negras”, al que le ofrendan la vida: al toro de lidia; al toro bravo.

El toreo surgió como una actividad para Reyes. Cuando un valiente e indómito caballero de la realeza que se enfrentó a su majestad el toro, se gestó una lucha de titanes que prevalece hasta el siglo XXI.

Es una actividad que engrandece al ser humano que es valiente, inteligente y capaz de imponerse a la fuerza, a la adversidad, a la agresividad y a la astucia del astado bravo: y en la mayoría de las ocasiones de sobreponerse a la muerte.

La vida de un diestro pende de un hilo cuando el coleta sale a la arena. A esa arena que cuando brilla bajo el calor del sol es como canela en polvo; está formada por partículas de oro puro que forman la senda rumbo a la inmortalidad ya sea por el camino de la gloria cuando el coleta borda una faena -por más modesta que sea-, cuando cae herido, o cuando ofrece su existencia como tributo a la fiesta brava.

Aunque este día Sebastián se viste de luces entre el verdor y la frescura del bosque que rodea el cortijo, sus sensaciones son las mismas que cuando lo hace en un hotel para enfrentar a un burel. Rostro y cuerpo tensos; boca seca, sensaciones a flor de piel; intensos latidos en el corazón; crispados nervios. Cada ruido lo escucha y retumba en sus oídos y en lo más profundo de su cabeza; cada roce de tela lo siente hasta el alma.

Llega el momento de enfrentar el miedo, ese que han sentido todos los toreros desde el primer día del toreo hasta hoy y que sentirán aquellos que en el futuro elegirán esta profesión: la del héroe que cada tarde pone su vida por precio para que su nombre sean recordado hasta la eternidad.

Unos segundos para respirar hondo y empezar la ceremonia. Ahora es cuando el niño, el joven o el hombre se transforma en torero. Es el momento de vencer el miedo para poner por delante el valor, el oficio, la técnica, el instinto de conservación, la vocación, el arte, y las ganas de transcender para ser el mandón en la plaza.

Entra en acción el mozo de estoques para dar inicio al ritual:

¡Llegó la hora, Maestro!

 

 

 

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