Relatos de futbol: Cuestión de fe

Mexico, 2017-11-06 08:43:44 | José Ángel Rueda

Por José Ángel Rueda

Ilustración Víctor Nieto

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La sala, el sol de la tarde, las banderas verdes, el viento. Tomás y sus dos hijos, de 5 y 8 años, se sientan en los viejos sofás para mirar el partido. Cantan, se emocionan, gritan, se muerden las uñas, se toman de las manos y hasta rezan mientras los minutos pasan y el marcador no se mueve.

Su amado Madero se juega el título después de 25 años de no ganarlo. Quedan pocos hinchas, más por aguante que por convicción, pero a esos pocos que quedan se les van sumando ellos, los hijos de Tomás, y muchos otros que, motivados por las pasiones de sus padres, no encuentran más camino que irle al verde.

Y el partido acaba con un espantoso cero a cero. Y Tomás le dice que en el futbol no hay nada más triste que un partido que termina sin goles, y sus hijos como que lo escuchan pero en realidad no se aguantan los nervios de cara a la tanda de penales. Más el grande, que ya como que entiende, porque el chico sí se emociona y todo, pero más pregunta por lo que ve.

Y justo por la tele pasan una escena que al pequeño lo deja impávido. El camarógrafo enfoca a un aficionado del Madero que reza, tiene las manos juntas y mira al cielo, le pide al Señor compasión y suerte. Después, otra cámara se va con un fanático del Montalbán, que hace lo mismo, igualito. Entonces, con esa frescura que tienen los niños, le dice a su papá que si los dos le rezan a Diosito, él a quién le hace caso. Y Tomás se queda con una cara de baboso. Por supuesto, no sabe ni qué contestar.

Tomás no puede creer que un niño de apenas cinco años le haga esa pregunta. Pero luego se acuerda que en realidad así son los niños, que preguntan todo, que todo los inquieta. Que ven el mundo limpio, tal como es, sin los filtros que los años les van poniendo a las cosas, uno encima de otro.

Entonces a Tomás se le vienen miles de imágenes a la mente. Y no escucha ni el partido. Ni al narrador que grita como loco porque el Madero acaba de anotar el primer penal. Y le quisiera explicar en una frase toda la vida. Decirle que el futbol es algo muy parecido a la vida, que a veces toca y otras no, que es imposible hablar de justicia, que si le ponemos fe a esto es porque el ser humano no puede vivir sin creer en algo y que, en todo caso, si es que algo tiene que ver Dios en esto, es imposible saberlo de veras.

Pero por supuesto que esto que piensa Tomás no se lo va a decir. Porque sabe que su hijo es apenas un niño y que con un niño las palabras serias sobran. Pero sigue sin saber qué decir mientras el Montalbán empata la serie. El papá voltea a ver de nuevo al pequeño, que no lo deja de mirar con esos ojos expectantes que ponen los niños cuando esperan algo.

Entonces, cuando Tomás se siente acorralado y está a punto de decirle que se ponga a ver el futbol, es que se le ocurre una de esas ideas increíbles. Y se quita de responsabilidades, claro, al asegurarle al pequeño que esa historia a él se la contaron, que no sabe en realidad si es verdad o no, pero que él cree que sí, que sino cómo le hace Dios con tantas cosas.

Tú sabes bien que Diosito está ocupado con muchas cosas, le dice. Y que son cosas importantes en serio, que le tiene que ayudar a mucha gente. No te digo que no le gusta el futbol, claro que le gusta, pero no se mete con esto de los partidos. Para eso tiene a un equipo completo que le ayuda. Personas que se van yendo al cielo y que una vez allá se ponen a su disposición, para digamos organizar todos los pensamientos que llegan desde la tierra y que tienen que ver con la pelota.

En esas andaba Tomás cuando de pronto vio que su hijo mayor ya estaba bien entrado en su historia, entonces como que agarró vuelo y siguió con lo suyo. Una vez ahí, que están todas las almas futboleras, se organizan de tal manera que van acomodando los rezos por orden de importancia, dice Tomás, exagerando el tono, como diciendo la confesión más grande que haya existido en la tierra. Desde luego que no es un trabajo fácil. Imagínate, cómo determinar la importancia de algo que para todos debe ser igual, porque la fe es la misma en todos lados.

Luego, sigue Tomás, ya que se determina por orden de importancia, se juntan todas las peticiones que tienen algo en común, por ejemplo, si tu hermano, tú y yo ahorita le pedimos a Diosito que gane el Madero, nuestras peticiones van a llegar juntas, y de ahí van a pasar a una especie de máquina que mide las necesidades de la gente, cuánto es en realidad lo que ese partido representa en su vida, si de eso depende un momento de felicidad, si ese recuerdo quedará por siempre en su memoria. También toma en cuenta el pasado del equipo, por supuesto. Las veces que estuvo cerca de ganar, lo mucho que trabajaron para lograrlo, la fortuna, desde luego, hasta que finalmente se toma la decisión.

Esto es muy complicado, claro, no vayas tú a creer que es fácil, porque evidentemente ese tipo de decisiones nunca van a dejar conformes a todos, pero en todo caso, hijo, lo que sí sé es que si en una de esas te toca perder, debes tener paciencia, porque esa victoria que a ti te han quitado ha hecho feliz a alguien que lo necesitaba mucho más. Ten paciencia, le dice de nuevo, porque eventualmente te tocará ganar a ti.

Desde luego, el niño entiende poco. El grande le ha agarrado un poco más al tema. El último penal le da el triunfo al Madero. Lo ven, se los dije, les comenta, ya nos tocaba levantar la Copa, y se paran y se abrazan y lo disfrutan como nunca, y echan un vistazo al cielo y agradecen, a quien quiera que sea, pero agradecen. Si los cálculos no fallan, ya les tocará perder de nuevo, aunque por ahora eso es lo que menos importa.

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