Relatos de futbol: La historia de Justo Malacara

Mexico, 2017-11-20 08:35:56 | Redacción ESTO

Por José Ángel Rueda

Ilustración Víctor Nieto 

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Justo y malencarado, malencaradamente justo, justamente malencarado, solían decirme los periodistas de antes. Amigos, casi todos, aunque eso no les eximía de cumplir cabalmente con su labor. Nosotros somos como los árbitros de la consciencia, soltaban, ciertamente alzados, pero tenían razón, el periodista y el árbitro regularmente cumplen una función similar, su trabajo es denunciar lo que está mal.

A qué voy con esto, se preguntará usted. Pues a que cuando era muy pequeño, obligado por mi padre, motivado, decía él, mi destino estaba en alguna redacción de un periódico, pero ya sabe cómo es la vida que cambia a cada rato, y que cuando menos lo espera uno le presenta en las narices una de esas oportunidades que no se pueden desaprovechar.

Yo miraba el futbol con pasión, sentado en la sala, las manos me sudaban y me aferraba al sofá como si fuera en una montaña rusa, movía las piernas colgantes de un lado a otro mientras me mordía las uñas. El Acevedo de mi vida jugaba contra el Universitario. Y empataban, y aunque el tiempo pasaba nadie quería o podía romper el cero en el marcador. Tiempo después aprendería que querer y poder son cosas muy distintas, aunque a menudo la gente suele confundirlas.

En esas andaba cuando, ya casi al finalizar el partido, el árbitro, Roque Mundo, no marcó un penal clarísimo a favor de mi equipo, y el marcador terminó empatado y yo con un una sensación inexplicable en el estómago. Como de vacío o ansiedad, o algo similar a los nervios que se sienten cuando las cosas no salen. Ese día, y los muchos otros que le siguieron, no podía sacarme de la cabeza la idea de que un solo hombre hubiera sido capaz de alterar mi destino de semejante manera, de alborotarme la vida. Pero ya saben cómo es uno, de ambicioso, de andar siempre buscando todo, la sensación de tener el mundo, y sobre el futbol en mis manos, que es casi igual, me pareció ineludible.

Entonces, como una obsesión, se me metió a la cabeza esa idea de ser árbitro. Mi padre, que siempre había querido tener un hijo periodista, desde luego, se negó. Me dijo que cómo, que un árbitro siempre representa lo peor del futbol, que si quería realmente ser alguien debía seguir con mi sueño, su sueño, de ser un periodista.

Pero no hubo manera. La decisión estaba tomada. Todavía mi padre intentó jugarse su última carta. Me dijo que un árbitro debía de dejarle de ir a un equipo. Que era imposible que un silbante fuera aficionado a algún club, porque entonces sería como una trampa cada que le tocara pitarle a su equipo. Yo me quedé callado. No podía concebir lo que me decía mi papá. Me parecía imperdonable la idea de dejarle de ir al rojiblanco. No me sentía capaz de hacer algo semejante. Pero le dije que sí, que estaba dispuesto, entonces él como que se resignó y nunca más volvió a tocar el tema. Supongo que mi firmeza lo dejó convencido, o a lo mejor no quiso discutir en ese momento, porque sabía que era imposible que yo traicionara de semejante manera los colores.

Pero ya sabe, la vida pasa y los años se van como si fueran hojas de un árbol a merced del viento. Uno tras otro vuelan lejos y ni quién los atrape, ni quién los sienta. Y fui árbitro profesional. Y me vestí de negro y poco a poco fueron llegando las oportunidades. Comencé pitando en categorías inferiores, y luego fui subiendo hasta llegar al futbol profesional. Por supuesto, durante el proceso, siempre negué mi pasado acevedeño, aunque no dejé de ser un aficionado de los buenos.

Casi siempre el destino suele ser cruel. O quizá y no sea cruel, es más bien sabio. Imagínese usted mi cara cuando me dijeron que mi primer partido en Primera División sería en casa de mi Acevedo. Me quería morir. Por más que pensé estar preparado era obvio que no lo estaba. Me comía la duda de saber lo que haría en una jugada dudosa, porque una cosa era lo que mi sentido común decía, y otra muy distinta era lo que dictaba la pasión, gran vencedora siempre de ese duelo tan humano.

Afortunadamente el inicio del torneo me dejó uno de esos duelos lentos en los que casi no pasa nada. La decisión más difícil consistió en expulsar al “Negro” Iturbe, capitán del Acevedo, luego de una entrada artera que no dejó lugar a la interpretación. El partido terminó empatado a uno. Nada que lamentar.

La cosa, por supuesto, se puso más grave con el paso de las jornadas. Durante el torneo me tocó pitarle dos veces más al Acevedo, y la situación se me fue complicando. Aunque puedo decirlo orgulloso, en ese par de ocasiones siempre me apegué al reglamento. Sancioné con todo el peso de la ley los fallos de mi equipo, incluso me convertí en el juez más severo, no perdonaba equivocaciones.

Pero llegó el día. Ya lo sabe, en este tipo de historias siempre llega el día en el que todo cambia, en el que un instante dinamita el destino una vez más, inventando nuevos caminos. Después de un gran torneo de debut, los directivos acordaron que yo sería el encargado de pitar nada más y nada menos que la final. Hasta ahí todas son buenas noticias. La mala, desde luego, era que a la final habían llegado el Acevedo y el Universitario, y yo amaba al Acevedo, y odiaba al Universitario.

Esa lucha ente el amor y el odio normalmente no trae cosas buenas. La primera consecuencia fue no poder conciliar el sueño durante la semana previa. La idea de que se presentara una jugada polémica no dejó de rondarme por la mente ni un solo segundo. Y llegó el partido. Y las ganas de que mi Acevedo fuera por fin campeón comenzaron a crecer. Veía el graderío, escuchaba las canciones y comenzaba a cantarlas en mi mente. A alentar disfrazado del hombre más serio del mundo.

Comenzó el encuentro. Trabado, como se juegan esas finales. Dejé que metieran la pierna más de la cuenta, pero no vayan a creer que lo mío fue descarado. Dejé correr para los dos lados. Y el juego comenzó a ponerse bueno, pero los goles nada que llegaban. Ya lo decía yo, que esos presagios nunca fallan. La cuerda se fue tensando. Mis manos sudaban y por un momento me sentí en el sofá de mi casa, muchos años antes, ante el televisor, viendo cómo la cosa se complicaba y yo nada podía hacer. Pero acá sí que podía hacer algo, por primera vez el destino estaba verdaderamente en mis manos. Fue que llegó la jugada polémica. La anunciada jugada polémica.

El “Lauta” Ferrer, talentoso volante universitario, llevaba la pelota dominada, y Emilio Cárdenas, defensa central del Acevedo, cometió una falta absurda entrando al área. Paralizado, escuché cómo el silencio se fue apoderando del estadio, observé cómo las miradas de los jugadores comenzaron a caerme como cubetadas de agua helada. En ese instante, me dejé llevar por el impulso y pité el penal. Tantos años de convencerme día a día de que tenía que hacer lo correcto terminaron por servir. A la mente llegó nuevamente mi desesperación aquella tarde ante el error del árbitro. No sería yo el culpable de la desgracia de millones de personas.

Destrozado, vi cómo los jugadores del Acevedo se me acercaban a reclamarme. Me daban ganas de abrazarlos, de decirles que los entendía, que yo me sentía igual o peor que ellos. Fue el mismo Ferrer quien tomó el balón y lo colocó en el manchón. Yo quería cerrar los ojos, apretarlos para que las lágrimas no salieran y delataran lo que sentía dentro. El “Lauta” pateó la pelota y como un milagro la mandó a la tribuna. En ese momento no pude más. Salí corriendo a abrazarme con los jugadores. La gente no lo podía ni creer, los del Universitario me miraban impávidos. La prensa me hizo pedazos. La Federación me multó y me retiró la licencia. Un favor que me hicieron. A partir de ese día me convertí en el hincha más grande. Y no falté nunca a las citas importantes, desde la grada, como marca el buen gusto.

 

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