Relatos de futbol: El primer beso

Por José Ángel Rueda

Ilustración: Alejandro Oyervides 

Ya me lo has dicho tantas veces que te gusta que recordemos juntos aquella tarde. Era domingo, lo sabes, porque esos días te parabas temprano y apenas desayunabas algo en tu casa y te ibas para la cancha. Malhumorada, claro, porque te quejabas siempre de que para llegar a tiempo tenías que levantarte de madrugada, pero nadie te decía nada porque desde lejos, sentada en la grada, se te veía contenta.

Éramos chicos, aunque no tanto. Por lo menos ya teníamos cierta edad como para andar bien metidos en esas cosas del amor. Pero yo te hablo de un amor más serio, no uno de esos de niños que un día es y al otro deja de serlo. Ya sabes cómo son esas cosas, de raras, que hasta uno termina por huirle a las mujeres. Pero luego llega esa edad donde uno comienza a hacerse ilusiones, a enamorarse. Y nosotros estábamos enamorados.

Aunque eso al principio no lo sabía. Lo único que sabía es que yo sí que estaba enamorado de ti, y podía intuir, a veces, con muchas dudas, que tú también lo estabas de mí. Yo se lo contaba a mis amigos, pero ellos ellos me decían que estaba loco, que se notaba a leguas que tú estabas enamorada del “Güero” Canales, pero yo no les hacía caso, y prefería pensar que ibas a verme a mí, por eso me esforzaba como nadie para anotar todos los goles y celebrarlos mirando a donde tú estabas.

Fue en la semifinal del torneo de barrios que todo cambió, te acordarás bien. Llegaste como siempre y te acomodaste junto con tus amigas detrás de la portería que daba a la plaza central. Esa a donde nosotros pateábamos en el segundo tiempo. Yo no podía dejar de verte. Y hasta los compañeros se dieron cuenta y me decían que el partido estaba en la cancha, no en las gradas.

Pero yo no entendía razones, y anhelaba como nunca que llegara el segundo tiempo para tenerte de frente, y llegó, y como si la fortuna se hubiera guardado para ese momento, anoté tres goles, y en los tres corrí por detrás de la portería y te señalé, entonces me pude dar cuenta que tus amigas comenzaron a decirte cosas, y mientras te sonrojabas, levantaste la mano para saludarme, ahí supe que todo lo que había pensado era cierto, que estabas también enamorada de mí.

Y ya sabes cómo es uno, que apenas llegué a mi casa le pedí a mi hermana mayor consejos para acercarme a ti, para decirte todo lo que sentía. Entonces ella me preguntó si alguna vez había tenido novia, y primero le mentí y le dije que sí, pero segundos después le confesé la verdad, y le dije que no. Y luego me preguntó si ya había dado por lo menos mi primer beso, y apenado le dije que no.

Me dijo que cómo era posible que a mis 12 años aún no hubiera dado el primer beso, y yo le respondí que no me molestara, que mejor no le hubiera dicho nada. Entonces mi hermana se puso seria y me dijo que ya era momento, que si yo estaba seguro de que te gustaba, que no había tiempo que perder, que el domingo, después de la final, era el momento perfecto, y que una vez que me dijeras que sí podía pedirte un beso, y que si al momento de hacerlo sentía yo una emoción inexplicable, combinada con cosquillas en el estómago, entonces eso significaba que eras la indicada.

Pero cómo no ibas a ser la indicada, pensaba yo, si toda la semana no dejé de imaginar cómo sería el momento de decirte lo que sentía, y después, si tú querías, podría darte un beso. Y así pasaron las horas. Hasta que llegó el día del partido, ese domingo que quedaría guardado para siempre en nuestra memoria.
Aquella mañana yo te buscaba en la grada, pero no te veía. Comenzamos el calentamiento y nada que llegabas. Yo me empecé a poner nervioso, la idea de que precisamente no fueras ese día no dejaba de atormentarme. El tiempo pasaba y el árbitro le habló a los capitanes para comenzar el partido. Todos nos acomodamos en nuestras posiciones, y justo cuando se escuchó el pitido inicial apareciste en el lugar de siempre. Corriendo, apurada, pero contenta.

El partido fue más duro de lo que todos pensamos. El equipo del barrio vecino mostró una entereza pocas veces vista al momento de defender. Por más que lo intentamos no había manera de si quiera acercarnos a la portería. Yo te veía de vez en cuando, incluso podía escuchar a veces, como en sordina, tus gritos, tu apoyo.

El final del encuentro se acercaba, y yo poco a poco me desesperaba más al pensar que si no hacíamos un gol pronto el plan de pedirte que fueras mi novia se iría al carajo. Dime quién tiene ganas de festejar algo cuando tu equipo pierde una final. Pero llegó el momento. Justo cuando estaba a punto de marcar el gol, el defensa metió la mano de manera descarada y el árbitro marcó el penal. De inmediato te voltee a ver y estabas como loca, festejando la decisión del silbante.

Por supuesto, yo tomé el balón. No podía permitir el hecho de que alguien más se hiciera cargo de nuestro futuro. Ésta era una cuestión de dos. Justo antes de colocar la pelota volví a buscarte en la grada y advertí que tu emoción había desaparecido, ahora te notabas tensa y nerviosa.

Entonces tomé el balón con las dos manos, cerré los ojos y lo besé con toda la fe que tenía. En ese momento comprendí todo lo que me había dicho mi hermana apenas unos días antes, porque sentí de inmediato una emoción inexplicable, porque las piernas me temblaban y en el estómago una tormenta de sensaciones libraban la batalla más grande del mundo.

Estaba seguro, en ese momento había dado ya mi primer beso. Lo demás debía ser consecuencia. Fue que coloqué el balón en el manchón y me sentí confiado. Lo tiré cruzado, como siempre, pegado al palo, el portero no estuvo ni cerca de atajarlo. No supe ni cómo pero comencé a correr como un desesperado, me paré justo frente a ti y te dediqué el gol, tu bajaste y me abrazaste mientras el árbitro pitó el final del partido.

Entonces llegó lo inevitable, te pedí que fueras mi novia, y tú aceptaste. En ese momento nos dimos un beso tierno, en el que apenas nuestros labios se tocaron. Por supuesto, volví a sentir lo mismo que unos minutos antes había sentido al tomar el balón entre mis manos. Dicen que eso pasa cuando lo que se siente dentro es el verdadero amor. Y es que la vida no se equivoca. Siempre te pone de frente, en la situación indicada. Tanto que hasta dos primeros besos di en el mismo día.

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