Relatos de futbol: Lucas, el perro

Por José Ángel Rueda 

Ilustración: Luis Calderón 

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Se llamaba Lucas, aunque de eso nos enteramos mucho tiempo después, cuando pasó lo que pasó. Hasta ese día, siempre lo habíamos conocido simplemente como el “Diablo”, porque si les contáramos la cantidad de sustos que nos metió aquellas tardes infinitas, seguro que se mueren de la risa, aunque por aquel entonces para nosotros no resultaba tan divertido tener que enfrentarnos ante la furia de ese perro gigantesco. Esta es la historia.

Llevamos bastante tiempo tratando de comprender porque las canchas que nos inventamos cuando somos chicos siempre están rodeadas de lugares imposibles. Con nosotros, y cuando digo nosotros me refiero al grupo de amigos que vivíamos de chicos en la privada, pasó algo similar. Al fondo del conjunto de casas había un jardín que casi siempre mantenía el pasto verde, por lo que era el lugar perfecto para pasar las tardes jugando a la pelota. Por obra del destino, había dos árboles perfectamente alineados que hacían la labor de la portería, y del otro lado nos las arreglábamos con los tabiques que quedaron de la construcción de un asador comunal.

Todo parecía perfecto, lo sé. En realidad poco más teníamos que pedir para llenarnos la vida de alegrías, y qué mejor que en nuestra propia casa. Pero ya lo dijimos, la felicidad parece que nunca viene completa. O quizá y todo sea parte de las formas que encontramos los eres humanos para complicarnos las cosas. El tema es que justo detrás de los árboles que usábamos como portería, había una barda que separaba la privada de un angosto callejón, que a su vez colindaba con un terreno baldío custodiado por un feroz Pastor Alemán.

La primera vez que lo descubrimos fue la peor. Estábamos jugando muy tranquilos cuando de pronto el atrabancado de Daniel le pegó a la pelota demasiado fuerte y ésta fue a parar hasta el terreno. Cuando vimos que el balón volaba por lo alto tuvimos la esperanza de que se hubiera quedado en el callejón previo. Así que entre todos le hicimos un pie de ladrón a Daniel para que se asomara. No había nada que hacer, nos volteó a ver y con pesar confirmó los malos presagios. El balón estaba en el terreno.

Fue cuando decidimos que todos lo acompañaríamos al callejón para ayudarlo a saltarse. No debe ser tan difícil, pensamos. Así que fuimos con la tranquilidad de que rápido estaríamos de regreso para continuar el juego. Para llegar al callejón había que rodear toda la privada hasta llegar a la parte de atrás. Una vez ahí caminamos por él hasta divisar la copa de los dos árboles. El primer aviso de que la cosa se complicaría llegó justo en ese momento, cuando comenzamos a escuchar los ladridos de un perro combinado con el ruido que hacían sus patas al aplastar las hojas secas.

Asustados, volteamos para todos lados y con tranquilidad descubrimos que no se trataba de un animal suelto, aunque de inmediato nos dimos cuenta de que los ladridos, cada vez más cercanos, provenían del terreno baldío. Hay un perro allá adentro, apuntó Daniel, nervioso, casi como queriendo echarse para atrás en su labor de saltarse y enmendar su error. Por una rendija nos asomamos y confirmamos lo que ya de por sí era obvio. Un perro enorme y nervioso custodiaba el lugar.

Ya vámonos, dijo Daniel, luego seguimos jugando, yo compro otro balón. Pero a decir verdad no estábamos dispuestos a perder nuestra pelota, y menos en los colmillos de un perro que no podía ser más inteligente que nosotros. Así que, obligado y todo, cargamos a Daniel para que nos dijera por dónde estaba el balón. Dijo que sí, que efectivamente estaba ahí, casi a la mitad, al tiempo de que el perro, que parecía un demonio, ladraba y saltaba desesperado mientras escuchábamos cómo sus grandes garras arañaban parte de la barda.

De inmediato bajamos a Daniel y estuvimos unos minutos tratando de pensar cómo podíamos recuperar el balón. La idea era la siguiente: debíamos de formar dos grupos, de tres cada uno. Uno se dedicaría a distraer al “Diablo”, mientras que el otro se ocuparía de meterse al terreno para recuperar el balón. No sé porqué pensamos que ese era el mejor plan, así que empezamos a recolectar ramas y piedras con las cuales pudiéramos competir dignamente contra ese monstruo que tantas dificultades nos estaba dando.

Fue así que emprendimos nuestra misión. Alejandro, David y Mario fueron los encargados de distraer a la fiera. Entre dos cargaron a Alejando y éste empezó a mover una rama a modo de carnada. El perro cayó de inmediato, y con fuerza comenzó a morder el tronco y a sacudir su cabeza para arrebatárselo de las manos. En ese momento, el otro contingente, colocado hasta la otra esquina, cargó a Daniel, que, muerto de miedo, dio un salto y corrió lo más rápido que pudo hasta llegar al balón.

El “Diablo” seguía entrado con la rama hasta que escuchó las pisadas de Daniel, que recién había tomado el balón entre sus manos. El perro corrió furioso tras él, y ni siquiera las pedradas que le aventaban desde las alturas lo distrajeron de su nuevo objetivo. Daniel aceleró el paso, despavorido, y justo cuando saltó para subirse a la barda, la fiera lo pescó del pantalón, arrancándole un pedazo de tela. Nada que lamentar, afortunadamente. Misión cumplida.

Desde aquella ocasión, la cancha ubicada al fondo de la privada se convirtió en una zona de alto riesgo. Claro que había diversión, sin embargo, la idea de que el balón se volara de nuevo no dejó de ser como una nube que se asienta en el horizonte, con la amenaza continua de tormenta. Por supuesto que esa vez no fue la única. En los meses siguientes, por más que pateábamos el balón con extremo cuidado, no faltaba quien le pegara mal y mandara la pelota hasta ese terreno dominado por el “Diablo”.

Aquella primera y riesgosa experiencia dejó las cosas claras. No siempre correríamos con la misma suerte. Así que hubo veces donde los balones se quedaron ahí, entonces el que lo volaba era el responsable de pagarlo. Y solamente cuando era muy necesario y el partido se ubicaba en una fase crítica en la que era imposible postergarlo, aplicábamos la misma estrategia, con los nervios de punta y muertos de miedo, eso sí.

La relación con el “Diablo” siempre fue distante. De respeto. Cada quien a lo suyo. Claro que eso lo entendíamos nosotros, pero al pobre perro qué le podíamos pedir. Una tarde, cuando jugábamos como siempre, y la pelota se pateaba con la debida sutileza para no meternos en problemas, comenzamos a escuchar cómo el sonido de unos ladridos se acercaba poco a poco. Primero, como es lógico, pensamos que el “Diablo” ladraba desde el terreno baldío, sin embargo, nos fuimos dando cuenta de que el sonido venía desde otro lado.

Nos quedamos quietos. Ni un solo ruido, hasta que de pronto, Mario, que en ese momento estaba de portero, gritó con la voz desesperada al advertir que el perro corría a toda prisa desde el portón, que sabrá Dios porqué estaba abierto. Ahí viene el “Diablo”, corran. Y corrimos, y quienes pudimos nos subimos a los árboles, y los otros a la barda y los demás al asador. El perro llegó ladrando, moviendo la cola, y con el hocico empezó a pegarle a la pelota. Intentó morderla, pero no pudo, hasta que se tiró en el pasto, con la lengua de fuera. Minutos después llegó un hombre de edad, apurado, pidiendo perdón y ordenándole a Lucas que se regresara al terreno. Conque se llama Lucas, dijimos, y nos dijo que sí, que era un perro muy juguetón, que lo acariciáramos, que no hacía nada.

Temerosos, fuimos bajando uno a uno de nuestras “guaridas” y nos acercamos a acariciarlo. Efectivamente, Lucas era inofensivo, a menos de que alguien se tratara de meter al terreno baldío, dijo su dueño. Agarramos el balón y lo lanzamos lejos, de inmediato Lucas corrió tras de él y como pudo lo trajo de vuelta.

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