Pese al desastre ganadero, rotunda actuación de Juan Pablo Sánchez

POR MIGUEL ÁNGEL GARCÍA

FOTOS: ALEJANDRO VILLA

Es cierto eso de que los toros no tiene palabra de honor, como cierto también que los ganaderos sí pueden enviar toros bien presentados a las plazas, eso sí esta a su alcance, debe ser obligación, es ética ganadera y compromiso con las personas que pagan su boleto para ir a la plaza a ver toros en la extensión de la palabra. Y una cosa lleva a otra y así hasta que una tarde se convierte en un desastre derivado de llevar toros sin presencia. Los astados de Fernando de la Mora fueron protestados por su falta de lámina, de seis anunciados, solamente se lidiaron cinco, parchó la corrida uno de Xajay; y para rematar, el cierra plaza fue regresado a los corrales por su inexistente presentación, por lo que salió un reserva de Montecristo que bajo una torrencial lluvia lidió Ginés Marín. Este toros le propinó una severa paliza al resbalarse el diestro en la cara del astado, luego, el animal hizo por el apoderado Jorge Cutiño, que estaba en el burladero y quien luego de intentar asistir a Marín cuando estuvo a merced del toro permaneció en la tronera. Pero de ahí el toro lo sacó como muñeco de trapo, propinándole una cornada. Obvio, al perro más flaco es al que las todas pulgas se le pegan en cuestión de, qué hubiera pasado si no regresan al toro de Fernando de la Mora. Quizá el final hubiera sido otro, pero como el ganadero no cumplió con el primer requisito de traer toros bien presentados, la tarde al finalizar fue un total desgarriate por cambiar de un hierro a otro.

Ni la empresa, ni los toreros, mucho menos los ganaderos pueden darse el lujo de presentar encierros impresentables, pareciera que los tendidos rebozan de publico, cuando la realidad es que no hay gente. Y con este tipo de espectáculos mediocres derivado de toros que solo representan vergüenza, que no reflejan la grandeza de la que tanto hablamos, los últimos aficionados terminaran yéndose. Es verdad que la fiesta no se acabará por políticos ni anti taurinos, sino por los llamados profesionales que manejan la fiesta brava.

GANADO

Como señalamos, se lidió un encierro de Fernando de la Mora, que en comportamiento dejaron mucho que desear, tuvieron el sello de la debilidad y falta de trasmisión: Peineto, débil, poca casta, con calidad y nobleza. Pintor, de más a menos, terminó rajado. Ciervo, protestado de salida por su falta de presencia y de comportamiento precisamente como un ciervo. Río Dulce, con un poco de más fuerza, de gran calidad. El sexto fue regresado por falta de presencia. En quinto lugar salió uno del hierro de Xajay, Luna Nueva, áspero, violento. Y El reserva fue de Montecristo, Buen Amigo, complicado.

Al terminó del paseíllo se rindió un minuto de aplausos en memoria del matador Ricardo Balderas y para el ganadero Luis Álvarez Bilbao, recién fallecidos. Luego el público llamó al tercio a los toreros para tributarles sonora ovación.

Pero no todo fue malo, sobre todo por la actuación valiente y digna de los toreros que han echado toda la carne a la lumbre. Destacó el desempeño de Juan Pablo Sánchez, quien elaboró la faena de la tarde, de mucho calado, pero que malogró con el acero.

LA FAENA DE LA TARDE

El hidrocálido Juan Pablo Sánchez dejó para después su intervención con la capa ante su primer toro debido a que en los primeros lances de tanteo el astado perdió las manitas. Y precisamente ese defecto se recrudeció en la faena de muleta, ya que en varias ocasiones rodó el animal en la arena. Juan Pablo se dio a torear con ese temple que le caracteriza, llevando lentamente la embestida de su oponente, que si bien no tuvo transmisión, sí calidad y nobleza, lo cual aprovechó el torero a la perfección para ligar muletazos con pincitas, de trazo dulce y de gran calado.

Por ambos lados del toro el hidrocálido se recreó haciendo gala de su temple, llevando al toro con suavidad para no hacerlo caer, consintiéndolo llevando la muleta a media altura recreándose a más con series de cara manufactura. De mucho impacto la labor del torero, aunque el público no reaccionó en gran medida. Fue una faena para toreros. Mal con la espada y el descabello.

Su segundo oponente presentó un poco de más pelea, idóneo para que Juan Pablo se diera a torear con majestuosidad y temple magistral, dándose en las tres primeras tandas de manera sin igual, ligando pases de calidad inmaculada, jalando al toro con los hilos mágicos del temple que atesora. Largo, muy largos fueron los muletazos, con una profundidad absoluta, bordando a máxima expresión su toreo. Al natural fue de igual manera la propuesta de Juan Pablo, extrayendo pases de gran calado, despacio y aflorando el sentimiento del torero.

Regresó nuevamente a la carga por derecha para continuar tejiendo su labor mágica, incluido el toreo por redondo limpiamente y prosiguiendo con su bordado de un relieve extraordinario por la dimensión de su labor.

El toro se desfondó y prefirió buscar las tablas, pero Juan Pablo lo continuó sujetando para extraerle hasta el último muletazo. A sido una pena que pinchara su brillante faena, dejando escapar sin duda las dos orejas. No se salvó de un aviso, pero mitigó lo amargo con una ovacionada salida al tercio.

DIGNA LABOR

Arturo Saldivar se fue a los tercios del ruedo para recibir de una larga cambiada de hinojos a su primer toro, para luego ejecutar verónicas. Se ánimo a brindar al público y cómo no iba a ser, si concierte estaba que el astado le brindaría lo necesario para recrearse y gustar. Prácticamente de las mismas cualidades que el toro anterior, el de Fernando de la Mora acudió a la muleta claro en su embestida, yendo de más a menos, pero ideal para que Saldivar ligara sus primeras tandas con muletazos suaves, lentos, con artística. Sin embargo la labor fue cayendo una vez que el toro se rajó, buscando las tablas, por lo que Arturo allá fue a buscarle pelea, pisándole los terrenos para arrancarle a fuerza algunos pases más, entre ellos un par de dosantinas. Muy por encima ha estado el torero que no pudo redondear su labor por falta de materia. Pinchazo y estocada, yéndose al burladero bajo una sonora ovación.

Recibió al segundo de su lote, de Xajay, también de una larga cambiada de hinojos, viéndose en aprietos el torero debido a que el toro le repitió inmediatamente, por lo que Arturo tuvo que saltar al callejón. Tras la salida al tercio del subalterno Diego Martínez, el matador se fue a plantarle cara al de Xajay, que se mostró áspero en la embestida y que iba a la muleta con una fuerza descomunal. No fue fácil, imponerse al toro se complicó y aunque le intentó, Arturo mejor cortó por lo sano. Sepultó la espada a la primera.

SANTO DE CABEZA

Ginés Marín se dobló toreramente en su labor inicial con la muleta, habiendo dejado para luego los saludos con la capa tras haber sido protestando de salida su toro. Con la tela roja Ginés se topó con un socio que no dijo nada, pues como lo dijo su nombre (Ciervo), embistió como un ciervo, sin transmisión, rayando en la falta de casta y aunado a su falta de presencia su labor prácticamente pasó de noche para los tendidos que poco le tomaron en cuanta. Sin embargo, Marín no se desentendió de su quehacer, extrajo lo que ofreció su descastado oponente, trazando muletazos de muy buena calidad conectando por momentos con la romería. Dejó momentos de mucha valía el torero, quien estuvo muy por arriba de su socio, dibujando detalles artísticos prácticamente imposibles de hacer para un torero de escasa técnica. No fue el caso de Ginés, que gracias a su oficio fabricó pases de la nada; cerró con bernardinas para rubricar de una estocada certera, la mejor ejecución de la tarde. Ginés remontó su actuación y hasta salió al tercio tras pasaportar al astado.

Su segundo astado fue devuelto por falta de presencia. Salió un reserva de Montecristo, mejor de lámina, y cayó tremenda lluvia al iniciar Marín su faena de muleta; para malas el público comenzó a retirarse. Y se soltó también el viento, cosa que terminó de arruinar la labor del torero aunado a las complicaciones del toro. Mejor acortó la labor y cuando se alistaba para despachar se resbaló en el ruedo, quedando a merced del toro, recibiendo tremendas volteretas y paliza; luego el toro sacó del burladero al apoderado propinándole una cornada. La tarde concluyó por poco en la desgracia. Y para rematar el nefasto cuadro, Ginés estuvo fatal con la espada y un desastre con el descabello, haciendo picadillo a diestra y siniestra la cabeza de su oponente. Y cayendo el toro, sonaron los tres avisos.

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