Las reglas y los reglazos

“SAMI NOVI”

POR EDUARDO BRIZIO

Estaba trabajando en Televisa, como cada domingo, en Acción, cuando repentinamente sentí que se me volteó el estómago, se me hizo un hueco en el alma y en el corazón, al tiempo que creía que el estudio “B” giraba a mi alrededor, cuando escuché a mi amigo Toño de Valdez, como colofón del programa, decir: “Lamentamos la muerte de Tadeusz Kepka”.

Mi queridísimo profesor vio la primera luz en Varsovia, capital de Polonia y fue traído a nuestro país en 1966 por el gobierno, para intentar hacer un buen papel en los Juegos Olímpicos de 1968.

Revolucionó el atletismo nacional y varios de sus deportistas impusieron marcas mundiales: Arturo Barrios, Dionicio Cerón y Germán Silva, por mencionar a los más destacados.

Tuve la dicha inicua de que fuera el preparador físico de los silbantes durante, prácticamente, toda mi carrera arbitral, en donde se ganó mi admiración y mi cariño.

No miento cuando afirmo que, sin su ayuda y comprensión, mi paso por el mundo de los hombres de negro hubiera sido muy efímero.

Las personas que son congruentes: con lo que piensan, con lo que dicen y con lo que hacen, aunque han sido muy pocas con las que he tenido el gusto de coincidir en esta vida, han merecido siempre mi reconocimiento y respeto; de modo que la estirpe del personaje que hoy nos ocupa, respondía cabalmente a dicho perfil.

Tadeusz Kepka con las jóvenes promesas en el atletismo// Foto: Alejandro Villa

Su lema era directo y con mucho sentimiento: “Para mí en primer lugar está el ser humano, en segundo lugar está el ser humano y en tercer lugar está el ser humano”, dictó durante su carrera como preparador con nosotros.

Llegué al arbitraje con cuatro cirugías a cuestas, dos en cada rodilla, mi querido profesor me mandó a realizar varias evaluaciones respecto a: mi velocidad de reacción, la potencia al brincar, la fuerza de mis músculos y se avocó a darme un entrenamiento personalizado cuando así lo ameritaba, lo que se agradece y se valora.

Alguna vez que llegué devastado moralmente a entrenar, por la forma en que por aquellos tiempos se manejaba el arbitraje (en que el “clan Trevi-Andrade” lo controlaba todo a su nepotista antojo).

Me separó de grupo y comenzó a relatarme, con esa voz cálida y pausada, durante más de una hora, los difíciles tiempos que vivió en su niñez durante la Segunda Guerra Mundial en su país natal; al término del entrenamiento, la paz invadía mi ser tras esas palabras que me motivaron a continuar.

Otro día que llegaron los jóvenes silbantes que habían ingresado al plantel profesional, a medio entrenamiento le grité, sin venir al caso, fingiendo que los estaba acusando por algo que no había sucedido: “son los nuevos profesor”, lo que se convirtió en una cotidiana costumbre.

Luego de varios años de gritarle lo mismo a medio entrenamiento, le pregunté ¿Cómo se dice “son los nuevos” en polaco? a lo que paciente contestó “sami novi”.

Mientras las lágrimas rebosan mis ojos, en donde quiera que se encuentre mi querido, mi queridísimo y admirado profesor, solo espero alcanzarlo algún día por allá, para tener el inmenso placer de gritarle a medio entrenamiento, con todo el cariño que se le puede tener a un ser humano… “sami novi”.

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