Relatos de futbol: Gracias por todo, vecino

Por José Ángel Rueda

Fotoarte: Alejandro Oyervides 

Cuenta el reconocido historiador y poeta don Arnulfo Casablanca que aquellos dos departamentos ubicados en la Unidad Habitacional de Acevedo son parte ya de la cultura popular. La gente pasa y se toma fotos, dice, un tanto sorprendido, aunque es cierto que por dentro la cosa no le causa la mínima sorpresa, porque como hombre de letras, entiende a la perfección que el futbol pueda representar tanto para tantas personas.

Lo que pasa es que la imagen es curiosa, repite, lento, seguro de su discurso. Imaginen un conjunto de edificios, de esos clásicos, rojos, color ladrillo, de los que hay en todas las colonias de México; de esos que tienen las escaleras al centro y van repartiendo inquilinos para un lado y para otro. Son como cuatro, acomodados perfectamente en fila. De esos que por las ventanas se mira hasta la ropa colgada.

Ahora imaginen a los dos departamentos del tercer nivel de uno de esos edificios, encontrados, uno enfrente del otro, separados apenas por unas delgadas escaleras, rompiendo la monotonía del ladrillo con esos colores extravagantes, sí, uno con el rojo y blanco del Acevedo y el otro con el amarillo y azul del Universitario. ¡Una locura!, exagera Artemio. Cuentan los vecinos que cuando vieron semejante barbaridad se querían morir, que se quejaron, que incluso amenazaron con correrlos a patadas, pero no hubo manera.

La historia es curiosa, comienza Casablanca. Fue hace ya bastantes años que don Julio y don Basilio llegaron a vivir a la Unidad. Eran jóvenes, recién casados, sin hijos. Ya saben, eran tiempos de bonanza donde con esfuerzo la gente podía hacerse de un techo, no como ahora. La primera impresión fue buena, se saludaron, presentaron a sus respectivas esposas y quedaron en comer el domingo por la tarde. Es día de clásico, vénganse a verlo a la casa, le dijo Julio a Basilio, que sin entrar en detalles aceptó la invitación.

Aquel domingo por la tarde, continúa relatando el historiador, Basilio, con la playera del Acevedo bien puesta, y su esposa, enfilaron con la botana y el postre en la mano hacia el departamento de Julio. Tocaron la puerta y el anfitrión los recibió enfundado en la bandera del Universitario. Los dos se quedaron mirando por un largo rato. ¿Cómo es posible que a ninguno se le ocurrió preguntar sobre sus pasiones futboleras? De haberlo hecho hubieran evitado semejante escena. Pero ya era tarde.

Lo cierto es que aquel día las dos parejas comieron y vieron el partido en medio de una tensión insoportable. Si algo pasaba a favor del Acevedo, Basilio pegaba unos gritos exagerados que asustaban hasta a su esposa, si era al revés, Julio celebraba casi en la cara de su nuevo vecino. Después de 90 minutos, que en realidad parecieron más, apenas el árbitro pitó el final, Basilio se levantó y sin dar las gracias regresó a su casa. Así empezó una rivalidad que con los años no hizo más que crecer.

La cosa de las paredes pintadas fue por culpa de Basilio, dice Casablanca, como quien cuenta un chisme. Un lunes, después de que el Acevedo había perdido el clásico y Julio había pasado la madrugada entera gritando de felicidad, el coraje fue tal que Basilio se levantó temprano, compró litros y litros de pintura roja y blanca y pintarrajeó ambos departamentos. Cuando Julio llegó a su casa por la tarde por poco le da algo. Atónito, tocó con desesperación la puerta de Basilio, pero nadie le abrió. Por supuesto, al otro día, sus paredes ya no eran rojas, sino amarillas. Y así se han mantenido durante tantos años. Los vecinos, sin poder creer lo que veían, organizaron una junta para reprender a los culpables, pero nada ni nadie evitó semejante disparate.

Los años pasaron, dice Arnulfo. Ambos matrimonios tuvieron hijos, varones, los dos. Los niños crecieron y pese a que al principio se hicieron amigos, los viejos rencores de los padres terminaron por ser más fuertes. Si se veían, ni se hablaban. Si acaso las esposas eran las que platicaban por las mañanas, cuando sus maridos trabajaban y los niños estaban en la escuela.

Hasta que llegó aquella final del 89, dice, por fin, Casablanca. Acevedo y Universitario se jugaban el campeonato en un solo juego. Aquella mañana, don Basilio y don Julio se encontraron en el rellano. Por un instante se vieron, cada uno con sus colores, y sin mediar palabra continuaron su paso. Cada departamento era una sucursal del estadio, adornados con banderas y playeras que ondeaban en el aire artificial generado por un viejo ventilador.

El partido comenzó trabado, con pocas emociones, relata el historiador. La disputa en medio campo era brutal. Parecía que los goles no llegarían nunca, sin embargo, en un tiro de esquina, a unos segundos de terminar el primer tiempo, el “Negro” Casas se levantó dentro del área para poner el primero del Acevedo. Don Julio y su hijo se quedaron helados, escuchando, como tantas veces, el estruendo proveniente del departamento vecino. En el segundo tiempo, el empate del Universitario, luego de una gran jugada del “Mago” Méndez, equilibró el escándalo, ahora con los gritos de Julio y su hijo.
Fue cuando faltaban pocos minutos para el final del partido que vino la gota que derramaría el vaso, dice, Casablanca, metidísimo en su historia. Un apagón general dejó la Unidad Habitacional de Acevedo en penumbras. Un silencio absoluto se apoderó del ambiente, no porque no tuvieran cosas que decir, sino porque el asombro fue tal que nadie podía pronunciar palabra alguna.

Don Basilio, precavido, como siempre, sacó de su cajón una de esas pequeñas radios que funcionan con pilas, para emergencias, dijo, y tras unos segundos por fin pudo sintonizar el partido. Don Julio, desde el departamento vecino, perdido en su desesperación, escuchó a lo lejos la narración. De inmediato salió junto con su hijo y su esposa y, cuidadosamente, caminando con las puntas, se ubicó detrás de la puerta de su odiado rival.

No fueron fáciles esos minutos para Julio, advierte Casablanca, porque imagínense al pobre aguantándose los gritos cada que algo pasaba, una tarea imposible. Fue cuando faltaban unos segundos para que el árbitro mandara todo a penales, que un poste de Universitario mandó todo ese esfuerzo al carajo, y entonces don Julio pegó un grito que se escuchó por todo el edificio, y que sacó a Basilio del asombro. Molesto, se levantó del sofá de inmediato y abrió la puerta, ahí descubrió a su vecino pegado a ella, sin posibilidad alguna de escapar.

¿Qué hacen aquí?, cuenta Casablanca que dijo don Basilio. Apenado, Julio le suplicó a Basilio que los dejara escuchar la narración de los penales, y el vecino, furioso, dijo que no. Que se fueran, que en esa casa no eran bienvenidos. Pero Carmen, su esposa, consciente como siempre, le hizo ver que si ellos estuvieran en la misma situación seguro que harían hasta lo imposible por seguir el partido, que no fuera malo, que tuviera corazón.

Y lo tuvo, cuenta Arnulfo, y salieron al rellano y desde ahí, en penumbras, escucharon uno a uno los penales. Al final, fue el Acevedo el que se terminó llevando el triunfo, luego de que el “Mago” fallara a la hora buena, como siempre. Basilio y su hijo se abrazaron de alegría, mientras que Julio y su hijo lo hicieron de tristeza. El caso es que las risas y los llantos se confundieron en esa oscuridad total. Después de unos minutos, dice Casablanca, Julio le agradeció con el corazón a Basilio. Gracias por todo, vecino, y tras darle un apretón de manos se marchó.

Al otro día, cuenta Artemio Casablanca, historiador y poeta de Acevedo, ambos salieron temprano a comprar pintura para retocar sus casas.

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