Relatos de futbol: Dos kilos de naranja

Por José Ángel Rueda

Ilustración: Alejandro Oyervides  

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Toda vía me acuerdo y me río. Y es que siempre he pensado que esas manías que tengo tarde o temprano me van a meter en un lío. O quién sabe y no, y en una de esas un golpe de suerte me pone en el camino correcto. Eso sólo Dios lo sabe. El caso es que estaba yo tomándome mi atolito, leyendo el periódico, como cada lunes antes de irme a fregarle a la carpintería, cuando de pronto se me ocurrió ver nomás por puro chisme la sección de anuncios.

Digo que fue nomás por metiche porque nunca he tenido la necesidad de andar buscando trabajos, afortunadamente ya la Paty está casada, y con lo de la carpintería ahí salimos mi mujer y yo. Pero siempre me ha dado la curiosidad de ver de qué trabaja la gente, que de secretarias, que de plomeros, que de mensajeros, que de telefonistas. Y fue entonces que por puro churro alcancé a ver el anuncio ese, chiquito, casi invisible, en la parte más baja de la hoja.

El Club Deportivo Concepción solicita portero para el próximo domingo, de 9 a 11. Interesados, favor de contactar al señor Ricardo Cárdenas al teléfono 55247767. Después de leerlo una vez, me tallé los ojos por aquello de la ceguera y lo leí de nuevo. Era cierto, estaban solicitando un portero, nada más y nada menos que un portero. No podía ser otra cosa más que una señal divina, recuerdo que pensé aquel momento, y doblé la hoja y la guardé en la bolsa trasera del pantalón.

Camino a la carpintería me quedé como ido. Ya sabe cómo se pone uno cuando una noticia o algo no lo deja estar en paz. Pues haga de cuenta que así estaba yo, distraído, tanto que dice mi compadre que cuando pasé por su changarro ni lo saludé. Ya en la carpintería me senté con calma a leer el anunció y confirmé por onceava vez que no me había equivocado, que en verdad estaban buscando un portero.

La cosa es significativa porque debe saber que cuando era yo chamaco jugaba de portero. El “Paredón” Paredes, me decían en el barrio los amigos, ahí en la Colonia Obrera. Y es que no es por presumir pero en verdad había días donde era un verdadero muro, no había quien me pudiera anotar gol, había otros, claro, en los que por una u otra razón no andaba fino, y entonces cometía errores que nos costaban caro. Y es que ya sabe lo que dicen, eso de que no hay posición más injusta que la del portero.

Usted vea en la tele cómo cuando un arquero se equivoca todos lo crucifican. No se ponen a ver que ese mismo portero, durante el partido, evitó la caída de su marco en varias ocasiones, y que eso permitió que la derrota no se convirtiera en una goleada de escándalo. Imagínese, encima, lo que sentimos nosotros al momento de saber que nuestra labor es evitar el gol, la fiesta del futbol, la razón de ser del juego.

Por eso fue que cuando vi el anunció me quedé como petrificado. Como no sabiendo ni para dónde hacerme. Tenía tanto tiempo sin jugar que no le voy a mentir, había un gusanito moviéndose bien adentro, como animándome a ponerme los guantes de nuevo, pero por determinadas razones no se concretaba nada. Que si los amigos no podían, que si no había tiempo, que si no había dinero, que si ya no estábamos en edad.

Y ponga usted que tuvieran razón, tampoco es que fuéramos unos jovenazos. Por eso es que cuando me senté frente al teléfono, supuestamente bien decidido, y quise marcar el número del señor Cárdenas, algo de adentro me lo impidió, y por un momento la idea me pareció tonta, casi estúpida. Y en un impulso quise tirar el papel, pero no me animé, y terminé por guardarlo de nuevo en la bolsa de atrás para platicarlo con Ceci, en la noche.

Fue curioso aquel día, porque ya sabe cómo es el destino que constantemente va poniendo cosas en el camino que uno, nomás porque sí, las confunde con señales. Imagínese que en una de esas entró a la carpintería un señor como de unos 35 años. Me dijo que iba a pensar que estaba loco, pero que se acercaba el cumpleaños de su hijo, y quería regalarle unas porterías, que si yo se las podía hacer, y le dije que sí, que por supuesto, y que de ninguna manera pensaba yo que estaba loco.

Luego, ya en la noche, cuando era tiempo de volver a casa e iba caminando por esas calles oscuras, un grupo de niños jugaban aprovechando la luz del farol. Cuando estaba cerca de ellos, el balón fue a parar justo a mis pies, como si me buscara o quisiera decirme algo. Desde luego que quería decirme algo, pensé, y seguí apresurando el paso para llegar y marcar cuanto antes.

Ya en casa, cuando había tomado el teléfono y estaba por llamarle al mentado señor Cárdenas, Ceci me hizo ver que ya no eran horas para llamar por teléfono, y menos a un desconocido, me dijo. Yo le pregunté que cómo sabía que se trataba de un desconocido si yo no le había contado nada aún, y ella respondió que normalmente, uno busca en el periódico los números de las personas que no conoce.

Entonces solté el teléfono y le conté todo. No lo podía creer tampoco. Pero cómo es posible que un equipo de futbol solicite un portero mediante un anuncio en el periódico, y fue que yo me di vuelo con todas esas cosas del destino, que seguro ese mensaje me lo había puesto la suerte, y le expliqué eso del señor que había pedido unas porterías, y luego lo del balón, y ella sólo se me quedó viendo con cierta ternura.

Al otro día, antes de salir de la casa fue que por fin me decidí a marcarle al señor Cárdenas. Si yo le contara cómo palpitaba mi corazón, cómo me sudaban las manos por los nervios, que hasta me costó trabajo atinarle a los números. Pero lo hice, y con todo y nervios escuché cómo entró la llamada hasta que una voz grave me respondió.

¿Señor Cárdenas?, pregunté con la voz temblorosa, y él me dijo que en efecto, que se trataba del señor Cárdenas. Entonces comenté que le llamaba por lo del anuncio del periódico. De inmediato me dijo que sí, que si estaba interesado que me presentara al domingo, a las 9 de la mañana, en el número 10 de la Calle Naval, ahí, en la Colonia Obrera. Que la paga era de 50 pesos, que fuera puntual, y me preguntó mi nombre.

Yo, completamente sorprendido porque el destino me seguía poniendo señales en el caminó, sólo atiné a decir que sí, que conocía bien los rumbos, que en esa colonia crecí, que ahí lo veía, que mi nombre era Javier “Paredón” Paredes.

La semana fue larga, parecía que nunca se me iba a dar eso de volver a las canchas. Sin embargo, la vida siempre tiene una recompensa para quien sabe esperar. Yo jugaría de nuevo en esas canchas preciadas de la infancia. Los días previos los ocupé, desde luego, para comprar lo que hacía falta. Los guantes, los zapatos. Luego me di cuenta que por los nervios no pregunté el color de la camiseta, pero supuse que ellos me darían el uniforme, por lo que  preferí no molestar a mi nuevo compañero de equipo.

El domingo salí temprano de la casa. Ceci quería ir, pero tenía un compromiso con su hermana, así que le dije que no se preocupara, que yo podía ir solo, que si todo salía bien, habría muchos fines de semana para que me viera jugar. Como no quise llegar con las manos vacías, pasé por dos kilos de naranja y pedí que las rebanaran en gajos.

Fue bonito regresar al barrio donde crecí. Aunque debo reconocer que tanto cambio me dejó nostálgico. Lo que antes eran terrenos ahora eran grandes edificios. Las únicas que se mantenían intactas eran la papelería y la tienda de abarrotes ubicadas a un costado de la escuela donde Paty cursó el primer año de primaria, antes de mudarnos a nuestra casa actual.

Cuando al fin llegué a la calle Naval y los nervios me recorrían todo el cuerpo, fue que noté que algo andaba raro. Donde debían estar las canchas de la colonia ahora había un gran edificio. Sorprendido, voltee para todos lados para cerciorarme de estar en la dirección correcta, o ver si se trataba de un error.

Justo cuando estaba por irme, un grupo de señores perfectamente uniformados salió por la puerta principal. ¿Tú eres Javier Paredes?, me preguntó uno de ellos, y le dije que sí. Mucho gusto, soy Ricardo Cárdenas, regresamos en un rato, sólo tienes que quedarte en la puerta y ayudar si algo se ofrece, dijo. Hasta ese momento caí en cuenta que, en efecto, el Club Deportivo Concepción necesitaba un portero, pero no de esos que paran goles, sino de los que cuidan edificios. Había que encontrar a alguien que cubriera al “Negro” Sánchez, su mejor jugador. Aquella mañana, con los guantes puestos y la mirada perdida, desayuné dos kilos de naranja sentado en un banco de madera. Ganamos, dijo Cárdenas, a su vuelta.  ¿Lo vemos el próximo domingo, don Javier?

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