Relatos de futbol: No vaya a ser la de malas

Por José Ángel Rueda

Ilustración: Alejandro Oyervides 

Ya lo tenía más que pensado, desde antes, por eso es que cuando el árbitro pitó el final del partido yo andaba como raro, como que sin poderlo disfrutar bien. Y los muchachos que se acercaban y me abrazaban, mientras chocaban sus tarros de cerveza. Sonríe, loco, no seas amargado, me decían a los gritos, pero cómo no iba yo a estar amargado si lo que se avecinaba era una completa tragedia.

Siempre lo dije, en las pláticas de los sábados, cuando los muchachos y yo nos reuníamos en la casa de turno para hablar de futbol. De qué otra cosa podíamos hablar sino de futbol, y de nuestro amor por Acevedo y los mil temas que siempre salen cuando la pelota se pone a rodar. Yo siempre se los decía, pero me tiraban de a loco, pensaban que eso que decía era nomás una joda para molestarlos, pero qué iba yo a querer molestar, lo que hablaba lo hablaba en serio.

Yo no podría soportar una final contra el Universitario, les dije, y tras mis palabras siguió uno de esos silencios largos que parecen interminables. Pero cómo no te va a emocionar una final contra esos muertos, dijeron todos, casi en coro. El caso es que ninguno creía que en verdad no fuera yo capaz de aguantar una emoción semejante. Para bien o para mal.

Sí, me acuerdo que les dije en aquel momento, con la cara seria, como tratando de quitarle la cosa cómica a la situación, pero con los muchachos nunca se podía, y todavía no les explicaba la situación y ya me estaba cayendo una tormenta de reclamos. Que cómo era posible, que si no sentía los colores, que esas cosas pasan una sola vez en la vida.

Entonces yo me defendí como pude y traté de ser sensato y explicarles mis motivos, pero no hubo manera. Lo que pasa es que ustedes son una bola de optimistas, les dije, porque seguro que se imaginan levantando la copa, humillando a los muertos esos del Universitario. Hasta ahí todo bien, a quién no le gusta una historia así, pero qué pasaría si de pura mala suerte perdemos, si ese día por más que seamos mejores las cosas no salen. Yo no sé ustedes, pero yo no podría soportarlo.

Y la cara que hicieron los muchachos, si la hubieran visto. Porque aunque digan que no, la idea se les metió bien adentro, y luego luego se convirtió en un miedo imparable que intentaron ocultar detrás de ese disfraz de aficionado convencido, pero yo sé que la posibilidad los dejó fríos. Imagínense, les dije otra vez, si nos ponemos como unos locos en los partidos normales, cómo sería en una final, donde no hay marcha atrás, donde si ganamos tenemos por siempre una carta a nuestro favor, pero si perdemos no nos la acabaríamos nunca.

Pero el miedo les duró poco, porque aquel sábado la cosa parecía imposible, porque nunca en la vida el Acevedo y el Universitario se habían enfrentado en una final, y porque tampoco es que fuera tan probable dado el momento que atravesaban los dos equipos. Pero ya sabe cómo es el futbol de caprichoso, que tarde o temprano pone las cosas en su sitio y se inventa historias dignas de contarse.

Así que ahí estábamos todos reunidos en el bar, yo con mi cara de velorio, esperando a que el árbitro pitara el final del partido para sellar el pase a la gran Final y el ansiado enfrentamiento. La que se iba a armar, decían ustedes, y yo los miraba callado, con la cerveza en la mano, pensando si eso que dije aquella noche lo sentía de veras.

Camino a casa, en una de esas caminatas en solitario que tanto ayudan a despejar la mente, me puse a pensar las cosas. Era cierto, lo sentía. Una ansiedad demoledora me recorría el cuerpo. La sola idea de perder la final ante el Universitario me volvía loco. No salía de mi mente aquel partido de última jornada en el que nos dejaron sin Liguilla. En esa ocasión me puse tan mal que una vez terminado el encuentro fui a las escondidas a ver a un doctor. Me sentía fatal, me dolía el brazo, tenía la cara dormida. El caso es que el médico me dijo que no tenía nada, que controlara los nervios, que ya de por sí la vida estaba complicada como para andar sufriendo por cosas del futbol. Y le hice caso, pero una final…

Ya saben cómo somos los seres humanos que luego luego nos ponemos a la defensiva. Y la cara que hicieron los muchachos cuando en una de esas, mientras hacían planes y buscaban un lugar para ver la final, yo les dije que no, que no iba más, que por una cuestión de salud me era imposible ver el partido, que con la salud no se juega, que me disculparan, que ya antes me había llevado el susto de la vida.

Entonces, como casi siempre, siguió un silencio largo, un silencio que esta vez tardó mucho más en romperse, y que sólo la necedad de algunos interrumpió y derivó en una cantaleta sin ánimos, sin ganas, como por no dejar. ¿Pero cómo te vas a perder el partido más importante en la historia de Acevedo sólo porque crees que algo te va a pasar?, dijeron, y yo les expliqué lo que me había dicho el doctor la ocasión anterior, pero la cosa no pareció convencerles.

Y yo me hice el digno, y me paré de la mesa y los dejé hablando solos, y mientras me iba alejando no podía creer cómo era posible que mi salud les importara un comino, que sólo pensaran en su estúpido partido. Y me marché convencido de haber perdido a unos amigos para siempre.

Pero en las cosas del futbol nunca se sabe, o al menos eso creemos, porque justo cuando yo estaba completamente decidido a no ver el partido, llegaron los muchachos, todos juntos, y me sentaron en la sala. No quiero oírlos, les dije, pero me pidieron que los dejara hablar, que tenían un plan infalible.

Tu miedo, Fermín, es que por los nervios en una de esas tu corazón no dé más, ¿cierto?, Efectivamente, les dije, eso es, y continuaron con su explicación. Te entendemos, te lo juro que te entendemos, a todos nos da miedo que el Acevedo pierda, y tus temores son comprensibles, y más tomando en cuenta ese antecedente del médico, por eso se nos ocurrió algo.

Yo no podía creer hasta dónde estaban los muchachos dispuestos a llegar con tal de que yo viera el partido. Me costaba entender que mi presencia fuera tan importante para ellos. Pero cómo no va a ser importante, Fermín, si siempre has estado con nosotros, si el Acevedo te necesita. Entonces seguí escuchando, cada vez más intrigado.

Tú no tienes que hacer absolutamente nada, dijeron, sólo acompañarnos y disfrutar del partido, con todo y tus nervios, claro, porque esos no los puedes dejar. No tienes que preocuparte en lo más mínimo por tu salud. Si vemos que te pones mal estaremos preparados. El plan es sencillo, Jaime Mendivil tiene una de esas televisiones pesadísimas con antenas de conejo que quién sabe cómo le hacen pero siempre terminan por agarrar la señal. El caso es que ya hicimos la prueba, y si la conectamos a un generador de energía podemos, sin ningún tipo de contratiempo, ver el partido donde nosotros queramos.

Por supuesto que lo más cómodo sería verlo en un bar, como siempre, pero sabemos que es una opción descartada dado que te da miedo ponerte mal, por eso hemos decidido ver la televisión en el auto, los cinco, un poco apretados pero nada grave, estacionados afuerita del hospital, por aquello de que si te sientes sofocado te atiendan de inmediato. Ya hasta hablamos con el doctor Galicia y nos dijo que estábamos locos, pero que en todo caso de que te sintieras mal, él estaría ahí para ayudarte.

Yo, desde luego, me negué, aunque sólo por un rato. En realidad era imposible negarme a semejante plan cuando los muchachos hicieron todo para que los acompañara. Una vez estacionados a las afueras del hospital, el partido transcurrió tenso, ríspido, trabado en medio campo. Un contragolpe definitivo, cuando más acorralados nos tenían esos del Universitario, inclinó la balanza a nuestro favor. Ganamos 1-0. Una vez con la copa en las manos me salí del auto con un dolor insoportable en el brazo. Estás pálido, dijo Jaime Mendivil. Adentro, en la sala de urgencias, el doctor Galicia me realizó los estudios de rigor. Cuide los nervios, me dijo, la vida está bastante complicada como para andar sufriendo por cosas del futbol, y le hice caso, pero, un campeonato…

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Correo: jrueda@esto.com.mx 

Twitter: @joseangelr10

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