Relatos de futbol: Cómo explicarte

Mexico, 2018-03-31 01:55:12 | José Ángel Rueda

Por José Ángel Rueda 

Ilustración: Luis Alfonso Calderón

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Y llegaste con tu carita, ya sabes, esa que ponen los niños cuando siguen siendo niños y la inocencia aún no se les pierde. Llegaste de improviso, de repente. Habías estado pateando la pelota por horas en el jardín, de un lado a otro, solito, cuando de pronto entraste a la casa y con la cara sudada y los cabellos despeinados, soltaste la pregunta fulminante: Abuelo, ¿qué se siente ganar un Mundial?

Era junio, de los primeros días, la Copa del Mundo estaba a la vuelta de la esquina, y ya sabes cómo es la televisión que a uno lo bombardean con esas cosas, por lo que por todos lados se comienza a percibir un ambiente especial, como de fiesta, tanto que hasta a los que no les gusta el futbol de pronto se convierten en aficionados, y todo mundo opina y todo mundo sabe y espera que la Selección Mexicana juegue y haga un buen papel.

Abuelo, ¿qué se siente ganar un Mundial?, me preguntaste, puro, libre de prejuicios, de antecedentes, de historias contadas una y otra vez por las voces pesimistas de siempre. Me preguntaste y debo de reconocer que así, de botepronto, no supe ni qué contestar. Y es que con un niño de seis años uno debe de pensar las cosas dos veces, cómo decirte un “no sé” cuando todas tus esperanzas están puestas en mí, cuando tus ojitos expresivos buscan respuestas que no puedo darte, pero que tengo que darte.

A menudo suelo sorprenderme con la viveza de los niños. Con las preguntas que se formulan en la mente y que un buen día sueltan y vienen a revolucionar nuestro mundo, tan lleno de obstáculos y cosas difíciles. Cómo decirte que por noches enteras he imaginado eso que preguntas, que he llegado incluso a inventarme sentimientos, pero que todo se ha quedado ahí, en la imaginación, que nuestro México querido nunca ha estado siquiera cerca de una final, que la Copa del Mundo siempre ha sido un sueño que se rompe en pedazos cuando abrimos los ojos y nos disponemos a trabajar, a ser los de siempre.

Cómo explicarte sin que te sientas desilusionado. Sin que de pronto un nubarrón cubra tus ojos llenos de duda, expectantes. Sin quitarte las ganas con las que pateas la pelota cada tarde y gritas para tus adentros ese gol, y luego levantas esa Copa que para ti no es imposible.

Y es que tienes razón, no tiene por qué serlo, si el futbol es tan sólo un juego en el que 22 jugadores entran a una cancha a tratar de meter más goles que el adversario. Porque de eso se trata el futbol, de meter más goles, no de que te metan menos, aunque hay quien lo confunde y durante los 90 minutos se dedica a evitar que le anoten antes que a anotar.

Abuelo, ¿qué se siente ganar un Mundial?, me preguntaste, y yo no supe cómo decirte la verdad; entonces te miré por unos segundos, que para ti debieron ser años, porque me cuestionaste de nuevo, como para sacarme del letargo, y yo te abracé y te llevé al sillón para tener una plática seria, de hombre a hombre, la primera de muchas.

Y ahí estaba yo, sin saber nada pero diciéndote todo. Y pensé de repente en lo que se sentiría ser brasileño, o italiano, o alemán, o quizá español, sí, español es lo más apropiado. ¿Qué habrán sentido al ganar su única Copa del Mundo? ¿Cómo se vive después de eso? ¿Cuándo comienza uno a creérsela, a dejar de pensar que todo se trata de un sueño?

Entonces empecé, y te mentí, y te dije que ganar un Mundial era el mejor sentimiento que podrías experimentar en tu vida, que es como si todo por lo que luchas de pronto valiera la pena, y ese sufrimiento de cada cuatro años resultara justificado, plenamente justificado; te dije, para que te quedara bien claro, para que lo guardaras en tu memoria que en ese momento era como un papel en blanco.

Y seguí con mi cuento, y te dije que lo que uno siente cuando el árbitro pita el final del partido y todos tus compatriotas se abrazan en ese rectángulo verde, pocas veces se puede explicar con palabras, que a uno sólo le dan ganas de correr y correr, sin detenerse, hasta alejarse de todos. Correr como Tardelli, te dije, aquella tarde cuando anotó el gol ante los alemanes, en la final del Mundial de 1982. Correr sin mirar a nadie, hasta que el aire se agote y las piernas ya no puedan ni moverse.

Y entonces tus ojos ya no eran de duda, más bien eran unos ojos emocionados, y me pediste que siguiera, que te contara qué se siente ver cuando a tu equipo le dan la Copa y los confetis de colores verde, blanco y rojo vuelan por el aire. Y yo te dije que ese momento es único, que cuesta creerlo, darse cuenta que es verdad. Que las lágrimas caen sin que uno pueda controlarlas.

Y luego vienen los días posteriores, cuando todo mundo habla de la hazaña, de las cosas que hizo México para ganar por fin una Copa del Mundo. Y llega el desfile, y las calles se inundan de gente con sus playeras verdes y las banderas ondeando por los aires. Y las cosas que antes parecían imposibles ya no lo son tanto.

Y en ese momento me abrazaste y te saliste a jugar nuevamente. Y yo me quedé ahí sentado, entre triste y emocionado, pensando en lo que acabada de hacer. Porque no estuvo bien mentirte y contarte todas esas cosas que me inventé de repente, pero era necesario que creyeras, que confiaras, que te vieras así, que sepas que el futbol es mucho más que un simple juego, que a veces no existen límites.

Abuelo, ¿cuándo dices que México ganó el Mundial?, preguntaste de pronto, como un rayo que intempestivamente desata una tormenta. No sé, no me acuerdo, te dije, acorralado, y entonces seguiste jugando con la duda metida en tu mente, y a lo lejos te escuché gritar: “México es campeón del mundo”, mientras levantabas una vieja cubeta y aventabas hacia arriba jirones de pasto. Cómo explicarte.

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