Así se vivió el último partido en el estadio Azul

POR JOSÉ ÁNGEL RUEDA

FOTOS: JESÚS TÉLLEZ Y MARTÍN MONTIEL

El último suspiro, la última tristeza, la última alegría, el último enojo, la última tarde, el último lamento, la última ilusión, el último festejo, el último reclamo, el último susto, el último abrazo, el último canto, la última mentada, la última foto, la última lágrima, el último gol, el último pitido, el último partido. La afición cementera vivió el partido con esa consciencia fulminante que da el saber que se vive algo por última vez.

 

La nostalgia del adiós del mítico estadio Azul no se mide de acuerdo a la cantidad de cosas que La Máquina ganó ahí, ya se sabe, nunca un trofeo se levantó en ese campo; sin embargo, la despedida contó con otra cara, una mucho más cotidiana, esa que hace que el futbol sea un tema tan humano.

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Hay algo abstracto que motiva a la afición a irle a Cruz Azul, algo que no se ve ni se toca, pero se siente. La tarde comenzó temprano, calurosa. Los cementeros arribaron al estadio Azul con los sentimientos encontrados. Entre la alegría de llegar y ver la cancha y la tristeza propia de una despedida.

 

Los aficionados colmaron el Azul por última vez. Un lleno hasta las lámparas. Las conversaciones de futbol pasaron a segundo plano. Esta tarde, el graderío revivió anécdotas y motivó ese eterno encuentro de generaciones donde abuelos, padres y nietos comparten la misma pasión.

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Fue Martín Cauteruccio quien detonó la primera explosión de la tarde. Ya antes un poste había invitado a los fantasmas al festejo. Luego Ángel Mena puso la fiesta completa, y entonces sí, el Azul dedicó sus últimos minutos a revivir sentimientos ocultos, casi olvidados. De las gradas repletas cayeron cánticos impulsados por la batucada, olés que retumbaron hasta la mismísima Plaza México. La afición se puso de pie y agitó las bufandas, y así se consumió el tiempo.

Si alguien le pudiera preguntar al estadio Azul cómo quisiera vivir sus últimos instantes, seguramente elegiría una tarde así, de triunfo, aunque ni falta que hace, Cruz Azul se mide en parámetros muy distintos al hecho de ganar o perder. Su despedida le ha dado a la Máquina su última gran comunión, esa donde todos van a una. Al final, 27,253 espectadores aplaudieron mientras los jugadores daban la vuelta olímpica, esa que tantas veces se negó en esas tierras. Nadie se fue después del silbatazo final, o más bien, nadie se quiso ir.

 

 

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