“Ecateperimburgo”, el futbol llanero vive la emoción mundialista

POR MOISÉS ROSAS

“Pelé” y “El Chapo” juegan futbol juntos, comparten la cancha; por extraño que les parezca. Son del mismo equipo, el Nacional; pisan la misma tierra y la fiebre mundialista los inspira por igual. Ambos son artífices del triunfo, dominan la pelota, driblan al adversario y se escapan hacia los tres palos en busca del ansiado gol.

En “Ecateperimburgo” no importa el día ni la hora. Al igual que su homónimo en Rusia, el estadio de Ekaterimburgo, en el campo llanero de Ecatepec las tribunas son improvisadas.

Los espectadores disfrutan atrás de una reja; algunos aficionados montan y desmontan sillas o banquitos de plástico para alentar al equipo del barrio. Al terminar Rusia 2018 las tribunas serán retiradas del estadio más peculiar del Mundial, al igual que en el llanero de la colonia Río de Luz, donde al terminar cada juego la gradería desaparece.

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En Ecatepec, como en cualquier parte del mundo, siempre hay buen tiempo para jugar al futbol. En el llano los jugadores se sienten libres, corren sin respetar rotaciones, libran batallas a muerte mientras la polvareda se levanta como la ola en las tribunas.

Las estrellas del barrio son conocidas y respetadas, y la edad límite para practicar el balompié es un tabú.

La Liga 13 de Septiembre Río de Luz alberga 60 equipos provenientes de colonias aledañas a la estación Josefa Ortiz de la línea 1 del Mexibús, donde se encuentra el baldío y cada jugador acude los fines de semana con la misma religiosidad con que las abuelas van a misa de 7.

Los partidos duran 30 minutos y son bienvenidos todos aquellos que dominen (o no) el arte de gambetear. Algunos equipos están conformados por amigos de la infancia, compañeros de trabajo o vecinos. Otros están integrados por familias completas: hijos, tíos, primos y nietos de los iniciadores, que suelen formar una escuadra.

Sábados y domingos se juegan partidos uno tras otro desde las ocho de la mañana y hasta la medianoche, aunque los juegos nunca inician a tiempo, pues regularmente no se completan los seis jugadores a la hora indicada, pero nada importa con tal de disfrutar de este deporte que tantas pasiones provoca.

CUANDO EL CRUZ AZUL FUE CAMPEÓN

En 2008, el baldío de “Ecateperimburgo” fue testigo de un campeonato del Cruz Azul… Toluca y La Máquina protagonizaron una de las finales más recordadas de la liga de futbol llanero. Los Diablos arrasaron con todos sus rivales a lo largo del torneo, aplicaban goleadas, eran los favoritos para llevarse el triunfo sin sorpresas.

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Aquella tarde, Toluca llevaba tres tantos de ventaja al finalizar el primer tiempo. Ambos equipos tenían un expulsado y quedaban cinco elementos de cada bando. A los pocos minutos de iniciado el segundo tiempo, el marcador ya mostraba un rotundo 6-0, sentían el trofeo en las manos, pero una jugada de riesgo cambió el destino.

Una falta cometida por un diablo lo llevó a la expulsión: quedaban cuatro jugadores, uno menos de los que estipula el reglamento. En 2008, al menos en Ecatepec, la cruzazuleada se tiñó de rojo y por default el equipo celeste se coronó campeón.

EMOCIÓN QUE SE DESBORDA

La magia y las historias que se escriben en el futbol llanero son muchas, la pasión se desborda en torno a un partido, los gritos entre jugadores son alientos de guerra, las familias y amigos observan con cautela cada jugada como los árbitros del VAR, y ahogan los gritos de gol en cada intento fallido.

Los uniformes son confeccionados o diseñados por cada uno de los clubes, no importa el color, si el short es corto o largo, si la playera es con mangas o sin ellas. Basta con que al momento de jugar haya diferencias entre los equipos, y si no las hay, pues igual siempre se puede echar un volado y voltear la camisa para jugar con otro tono.

Los nombres de las escuadras recogen los mismos que se conocen en el futbol nacional e internacional, a excepción de “Los Chakaritas”.

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Al finalizar cada partido de futbol llanero, la gloria o el pesar se saborea con una caguama. Sentados en el suelo empinan codo a codo una botella de cristal, otros reparten el premio en vasos de plástico. Refrescan la garganta, hidratan los cuerpos cansados, mas no forzosamente atléticos, y sucumben ante una comilona frita para celebrar.

Además de las estrellas del gol, los muros en la defensa y los carrileros incansables, está el árbitro como una figura que alguna vez jugó pero que ahora prefiere ser verdugo y hacer oídos sordos a las agresiones verbales. Y qué decir del entrenador, que a veces la hace de portero para completar el equipo, obligado a dirigir debajo del travesaño, o el jugador que a manera de rito acaricia la tierra y se santigua al entrar de cambio.

Todos ellos son vecinos, tienen una convivencia común en sus colonias y la rivalidad sólo ocurre en la cancha. Saben que los lunes, después del encontronazo futbolero, se encontrarán mientras dejen a sus hijos en la escuela, afuera de la lechería, durante las clases o en la oficina. Así es de rico y colorido el futbol llanero.

 

 

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