Ariadne Díaz, musa inspiradora

POR GRACIÁN DE HERRERA

DE pronto me sorprendo por el nácar de su piel, hace mucho tiempo que no observaba a una mujer al natural, sin falsos adornos, ni tramas volátiles que se pierden debido a su obviedad en pasajes efímeros.

La actriz Ariadne Díaz aprovecha luz y maquillaje para adornar lo justo de una modelo inmortalizada por el blanco de plomo elaborado por los pintores holandeses del siglo XVII: “El color de la pureza, de la divinidad y de la vida misma”.

Ella es como los perfumes que sólo son elaborados para reinas y princesas en casas exclusivas de París o Londres, contenidos en pequeños estuches diseñados en oro, y en su interior, cada gota evoluciona en los confines de la piel femenina. Ya dijo Coco Chanel: “La mujer que no usa perfume no tiene futuro”.

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Observamos los matices rosados del placer en sus mejillas, la exaltación del deseo bajo las sábanas adornadas por una figura entregada a un sueño reparador, después de una batalla sin tregua ni cuartel.

Me gusta una mujer pródiga de sensaciones, divertida por el gusto de ser quien es y sobre todo atesora la luna de su juventud en el corazón.

A sus 28 años, Ariadne, egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México, si estuviera en las manos de Rembrandt, pertenecería a la historia del artista, pero también la Ariadne durmiendo en Naxos, ópera de Richard Strauss acompañado de Baco quien eleva la copa en su honor y belleza.

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