Fallece Enriqueta Basilio, primera mujer que encendió el pebetero olímpico

POR HÉCTOR REYES

Queta Basilio dejó de existir y con ello el deporte olímpico apaga una de las luces más emblemáticas del deporte universal, luego de sufrir una serie de complicaciones propias de su enfermedad que le aquejaban desde hace algunos años. “Ya estaba muy cansada”, expresó su hijo Oliver Álvarez Basilio, quien no asimilaba todavía su partida.

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Norma Enrique Basilio Sotelo, originaria de Mexicali, Baja California, recordaba con agudeza cada momento que vivió como primera mujer en portar la antorcha olímpica el 12 de octubre, en el Estadio de Ciudad Universitaria, durante la ceremonia inaugural de los Juegos de la XIX Olimpiada de México 68.
Siempre destacó el uniforme blanco que portó con gallardía – no era el oficial-, porque no se lo había entregado el Comité Organizador, la zancada alrededor de la pista del magno evento que ovacionó su camino junto a los atletas que desfilaron y principalmente cada escalón que ascendió para encender el pebetero olímpico en el momento cumbre de los Juegos.
Muchas son las anécdotas que vivió Queta Basilio, siempre las compartió con gusto a través de su álbum, fotografías y recuerdos. La antorcha olímpica la conservó en una caja de seguridad de un banco, ya que alguna vez asaltaron su casa y robaron importantes pinturas. Ella representó el símbolo de la mujer en el deporte olímpico.

Una atleta que trascendió en la historia, fueron 92 escalones que sellaron un acontecimiento inolvidable. Había dos formas de encender el pebetero olímpico. Uno, a través de la escalinata mecánica, en caso de que no funcionara; y otra, afuera del estadio como lo hizo en el 50 aniversario de México 68. Afortunadamente, no falló el sistema mecánico de la escalinata ya que las pruebas se habían hecho sin éxito.
Queta controló los nervios de su incipiente carrera deportiva y juventud propia de una chica provinciana de aquellos años. Era reservada, bromista, de carácter fuerte, ya que se hizo cargo de sus hijos por la pérdida de su esposo en un accidente aéreo en Oaxaca.
En un día de entrenamiento, llegaron a la pista el doctor Eduardo Hey y el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez para observar a la que sería la seleccionada para portar la antorcha olímpica. Ella no lo sabría sino después. El presidente Gustavo Díaz Ordaz dio su aceptación para que la velocista mexicana tuviera ese encargo tan importante.
Días antes de la ceremonia inaugural Tlatelolco se produjo una tragedia, ellos como deportistas estaban concentrados en las instalaciones deportivas del Comité Olímpico Mexicano, se enteraron de lo ocurrido, e incluso se llegó a mencionar que la atleta durante la ceremonia inaugural se iba a pintar una paloma ensangrentada. Ella lo desmintió, porque no iba a trastocar el mensaje de paz de los Juegos de México 68 y también sucedió lo inimaginable, la sinergia del pueblo de México con los deportistas. Queta, mientras tanto, en lo alto del pebetero, con su tradicional diadema en la cabeza, observaba sola, la conclusión de la ceremonia.
Queta Basilio es la deportista más reconocidas en el mundo, su figura esbelta subiendo la escalinata forma parte del Museo Olímpico de Lausana y en Grecia también hay fotografías de ella, en el mismo lugar donde reposa el corazón del barón Pierre de Coubertin.

La joven de 20 años vestida con el uniforme de licra que les habían dado para los Juegos Panamericanos de Winnipeg 1967, se elevó para la posteridad en un movimiento creciente de los derechos de la mujer, y en ese andar nunca pensó en otra cosa que no fuera ofrecer una imagen limpia y sentirse orgullosa del primer país de habla hispana que organizaba los Juegos Olímpicos.
En lo deportivo, a Queta Basilio le faltó tiempo de preparación, en tres años de trabajo bajo la dirección del entrenador polaco Vladimir Puzio, ocupó el sexto lugar de la eliminatoria de los 80 metros con vallas en el primero de los dos ensayos programados, del 8 al 14 y del 22 al 28 de septiembre.
Queta se quemó la mano derecha por el calor de la antorcha en las pruebas que hicieron de metales y de los químicos para mantener la llama encendida, por lo cual tuvo que ser revestida y ahora tiene un corte en la parte media superior como señal única de su originalidad. El cuerpo de la antorcha fundida de aluminio tiene las marcas del tiempo, pero la piel que cubre el metal es suave y las líneas paralelas conservan el diseño de los Juegos; en la parte superior se inscribe el nombre de México 68 con los anillos olímpicos.
Enrique Basilio padeció la enfermedad de Parkinson, su figura cada día era más delgada, eso la desesperaba, su estado anímico no era el más óptimo, porque también había perdió a su mamá, y tuvo la suficiente energía para conmemorar el 50 aniversario y volver a reunirse con los deportistas que representaron a México en el memorable certamen.
Originaria de un ejido Puebla, dentro del Valle de Mexicali, la atleta que nació el 15 de julio de 1948, a los dos años cambio de residencia, pero ese lugar nunca lo abandonó, rodeada de los cultivos de algodón y trigo, las visitas familiares y ese entorno junto a sus cinco hermanos la llenaban de vitalidad.
A los 11 años portó una antorcha en una ceremonia escolar a los 11 años, de la misma manera que lo hizo para México 68, dentro de la participación en los Juegos Deportivos Escolares. Vendría después su primer Campeonato Nacional de Atletismo juvenil en Puebla, donde ocupó el segundo lugar en el salto de altura, todavía con la técnica de tijera: “Un viaje en tren que tuvo una duración de tres días para una muchacha que sale de un ejido, era increíble darse cuenta de tantas cosas maravillosas que tiene nuestro país”.

Participó en tres campeonatos nacionales juveniles, en uno de ellos estableció la marca mexicana de los 80 metros con vallas de primera fuerza, lo que llamó la atención del recién llegado entrenador polaco Vladimir Puzio, aunque la convocó para formar parte de la selección nacional, pasó un año para que Queta se convirtiera en seleccionada nacional. Los tiempos eran otros y sus padres no estaban convencidos de dejarla venir a la Ciudad de México.
Los uniformes que utilizaba para los entrenamientos y las competencias se los confeccionaba su mamá, eran un poco más sueltos, en ese tiempo era imbatible y con la representación de Baja California, en el Campeonato Nacional celebrado en Monterrey, se alzó con el triunfo.
El 27 de abril de 1967, en una misiva dirigida al papá de Queta, el señor Everardo Basilio González y firmada por el director del CDOM Arturo Manzanos, se hace la petición formal para que sea concentrada como destacado elemento de la Federación Mexicana de Atletismo y de esta forma pueda cumplir con el compromiso que ha contraído con el deporte mexicano.
Dos días después, en atención al oficio, don Everardo dio el consentimiento para que su hija Norma Enriqueta Basilio Sotelo, ingresara en calidad de interna al CDOM, para que pueda desarrollar el programa de entrenamiento en las pruebas de su especialidad y con los deseos de un éxito completo en los Juegos Olímpicos de 1968.
Un periodista cubano mencionó que en el marco del IX Memorial Barrientos llegó la noticia de que Enriqueta Basilio sería la indicada para encender la pira olímpica, una deportista risueña como una niña de cuatro años: “Portará la antorcha olímpica en el último tramo de la posta que comenzará en Grecia, convirtiéndose de esa forma en la primera mujer en la historia del olimpismo que realiza tal tarea”.
¿Quién es Enriqueta Basilio? Los que tuvieron la oportunidad de competir en la Habana, la recuerdan como una muchachita alegre, de amplia sonrisa, gran dignidad y espíritu deportivo. Ponía alma y vida a cada una de sus actuaciones. En esa competencia ocupó el segundo lugar detrás de Marlene Elejarde, en una tarde de gala”.
En México, en tanto, el licenciado Juan Manuel Gallástegui, titular de la Jefatura de Apoyo a la Antorcha Olímpica, recargó la espalda en el sillón y, mirando de frente a los reporteros, dijo: “Ustedes los periodistas ya lo saben… Sí, es Queta… Queta Basilio”. Testimonió Javier Santos Llorente, en su columna del diario ESTO, en relación a la Antorcha de la Juventud.
Queta Basilio, el 12 de octubre del 68, empezó con un desayuno, su permanencia en el área reservada para los jueces por la entrada de la maratón, el uniforme que nunca llegó y el recorrido en el último tramo, en medio de los deportistas hasta llegar a la escalinata. Queta, meses atrás había dicho que tendría que entrenar mucho, porque no quería desmayarse cuando encendiera el pebetero.
De ahí el ascenso al Olimpo mexicano, el fuego que llegó procedente de Grecia brilló para el mundo, miles de palomas volaron por el monumental estadio; mientras, Queta se sentó para observar lo que sucedió después de haber cumplido con su papel. Posteriormente, un trabajador le facilitó un overol para salir del estadio, – lo conservó tal y como lo recibió – , subió al auto que la llevaría al CDOM, porque tendría que competir el 15 de octubre.
En un telegrama firmado por el presidente Gustavo Díaz Ordaz dirigido al señor Everardo Basilio y Sra. del 13 de octubre, un día después de la ceremonia inaugural, expresa: “Fue para mí muy satisfactorio haber tenido (el) honor (de) propiciar, por primera vez en la historia, que correspondía a una mujer (el) privilegio (de) prender (el) Fuego Olímpico al iniciarse (los) Juegos de México, mayor todavía, que haya sido (una) mujer mexicana. Felicito a ustedes y por su conducto a (su) distinguida hija, por la gallardía con que desempeñó su misión, los saluda afectuosamente. Gustavo Díaz Ordaz”.

Pumas femenil se queda sin liguilla
Para la chica de cabello corto, sostenido siempre con una diadema para poder correr, el tener esa distinción cambió su vida, pero en el deporte, con la ausencia de Puzio, entrenador de atletismo, pintor extraordinario y sensible pianista, en los Juegos Olímpicos de Múnich 72, ya no fue lo mismo. En los ecos del tiempo: el 12 de octubre de 1968, no se olvida.
Madre de tres hijos Mario, Enriqueta y Oliver y de una nieta Constanza – auguraba que en ella tendremos a la futura deportista olímpica-, Queta, con su voz apagada por la enfermedad, decía que ella nació para la juventud deportiva el día que encendió la llama olímpica, de la misma forma que su corazón palpitó encendido por ese destino que Dios le había dado.

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