Cruz Azul y el panteón de la Noria: la vida, la muerte y el balón

Fotos: Jorge Barrera

En el panteón de Xilotepec, en la Noria, es difícil encontrar un momento de silencio. Si no es por el acordeón que suena repetidamente y en sordina en honor a los muertos, es el sonido de la tierra resquebrajada por las palas. O bien, aunque lejanos, los ruidos del balón, los silbatos, los gritos de los futbolistas que entrenan apenas del otro lado de la barda.

Mientras barre, don Gilberto se toma su tiempo, y en pausas prolongadas platica con Juan Manuel. Siempre hay algo de lo que ponerse al tanto. Cada año, por estas fechas, como un tributo a sus difuntos, van a limpiar el panteón. Cortan las ramas de los árboles y luego recogen las hojas bajo un sol quemante. Así, una y otra vez, hasta que cae la noche.

Lo hacen porque el gran día se acerca y todo debe estar perfecto. Dicen que la madrugada del 2 de noviembre ahí no cabe ni un alma y que la fiesta se prolonga hasta que el reloj marca las tres de la mañana, la hora en que los espíritus se van.

Estamos pegados al muro que divide el panteón de los campos de entrenamiento del Cruz Azul, bien al fondo, hasta la frontera izquierda. De un lado, la imagen del verde inmaculado de los campos de futbol. Acá, el el gris de las tumbas de cemento y los árboles resecos. La vida y la muerte.

Don Gilberto lleva años yendo al panteón de la Noria. Cuenta que antes, hace no muchos años, desde ahí se podía ver el entrenamiento del equipo celeste. Eran los tiempos de Palencia y el “Flaco” Tena. Recuerda las mañanas en las que llevaba a sus hijos y los ponía sobre los mausoleos. Ahí, recargados en el alambre y casi de puntitas, la gente se iba juntando y se quedaban por horas viendo la práctica.

A veces, cuando el espíritu de mala puntería se apoderaba de los jugadores, los balones se volaban, terminaban en el camposanto y desde el otro lado se escuchaban los gritos. Bolita, bolita, por favor. Si había suerte, el balón regresaba, si no, los utileros, temblando de miedo, tenían que saltarse la barda y a los sustos ir por la pelota.

Hoy las cosas son distintas, dice don Gilberto, en un arrebato de nostalgia. Porque en el afán de marcar distancias entre ambos mundos, el club ha puesto un muro gigantesco que tapa por completo la visibilidad, pero las almas siempre encuentran la manera de superar barreras.

Una leyenda circula por los pasillos de Cruz Azul. Una noche, una niña vestida perfectamente de blanco se apareció por ahí, pálida la piel, negro el cabello. Los utileros huyeron en esa ocasión, pero no podían correr siempre. El encuentro se hizo común. Hay quien la ha visto sentada en la parte trasera del camión del equipo, asomada por una ventana, sonriendo apenas.

El olor de la flor de cempasúchil que habrá de guiar a los muertos se cuela a través del viento. El camposanto, dividido en cuatro partes iguales gracias al trazado de las calles por las que pasan las carrozas, pocas veces descansa. A través de sus estrechos caminos de tierra la gente trabaja sin parar, limpiando las tumbas y renovando las flores.

Ahí, la muerte es un reflejo de la vida: conviven las tumbas de lujo, ostentosas, protegidas por un vidrio y con el nombre de la familia en todo lo alto, con otras más humildes, que apenas se distinguen por sus breves y creativos epitafios.

Sentados en una de ellas, don Edmundo y sus dos compañeros comen tacos de chicharrón con aguacate. Se han tomado un respiro, pero apenas llegue la siguiente carroza se levantarán, tomarán sus instrumentos e irán a ofrecer música a los familiares del difunto para acompañar el difícil momento. Don Edmundo lleva 19 años tocando en el panteón. Dice que ya hasta le perdió el miedo a la muerte.

Una vez estaba caminando entre las tumbas cuando de pronto vio a un niño vestido de negro. Impecable, con su camisa blanca y una corbatita roja. Peinado para atrás. Un tanto pálido. Cuando le preguntó si no le daba miedo estar ahí solo, el niño le respondió que no, que había ido a visitar a su mamá… y desapareció. La mirada de don Edmundo es profunda, y se besa la cruz de sus dedos para jurarme que va en serio, que no me miente.

El otro día, vuelve a decir, allá por la barda de Cruz Azul, un resplandor salía de una de las tumbas. Nos acercamos y el resplandor seguía igual de intenso, cuando comprobamos que no se trataba de un rayo de sol, nos persignamos y nos fuimos. Ese tipo de cosas pasan aquí seguido, constantemente se ven sombras que vienen y luego van.

Justo en ese momento, una carroza va entrando por la puerta principal del panteón. Es momento de regresar al trabajo. Don Edmundo y los otros dos músicos emprenden el camino, mientras se escucha a lo lejos el sonido de la guitarra, el bajo y el acordeón… y por supuesto, el balón.

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