El Azul se pintó de guinda y blanco

Foto: Jorge Barrera

Por Insurgentes caminan ríos de gente. Como si de una máquina del tiempo se tratara, la colonia Noche Buena se llenó de jerseys estudiantiles de colores guinda y blanco. El emparrillado del estadio de la Ciudad de los Deportes no olvida aquellas décadas cuando su razón de ser era albergar el futbol americano colegial.

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Ya son más de ocho décadas de que el fútbol americano es parte del programa del Instituto Politécnico Nacional, y después de años difíciles, los buenos tiempos han vuelto. Águilas Blancas y Burros Blancos enaltecen una tradición que acudió orgullosa a la gran cita. La última vez que dos equipos del Poli se enfrentaron fue en 1989, en el Wilfrido Massieu, y la ganaron los de Zacatenco, entonces Pieles Rojas.

La mañana es tranquila en las calles aledañas al estadio Azul. Por momentos el aire es fresco, aunque la tarde se anticipa soleada. La fiesta se asemeja a una reunión familiar, esas donde hay reencuentros después de varios años. Hay quien dice que solo ha vuelto a las andadas porque se trata de un partido histórico. El título quedará en casa, aunque por lo bajo, reconocen que una final ante Pumas hubiera sido mejor. No es lo mismo vencer al hermano que al rival de toda la vida.

La calma por momentos se ve interrumpida por la llegada de los porros. Llegan en grupo, apresurados, haciendo ruido, apenas custodiados por unos cuantos policías. En la puerta 5 el líder los organiza a los gritos, para luego entrar y perderse entre los pasillos del estadio. Minutos antes, cerca de la plaza de toros, un conato de bronca amenaza con salirse de control, pero no pasa de gritos y empujones.

Adentro, las tribunas ya están colmadas. De un lado, los Burros, enfrente están las Águilas. Solo quedan los huecos reservados por la seguridad. Aunque con el paso del tiempo el inagotable torrente de gente obliga a habilitarlos.

El huelum retumba con fuerza una y otra vez. Es difícil adivinar quién es mayoría. La magia del momento vive justo al final de la porra, diferente apenas por las palabras Burros y Águilas, todas las demás son las mismas. Los matices de los gritos también son distintos. En Santo Tomas se escucha la esperanza de romper una sequía de 27 años sin ser campeones. En Zacatenco, en cambio, gritan con las ganas de escribir su propia historia.

Al final son los Burros quienes se llevan la victoria. En la cancha, los cascos vuelan y quedan tendidos. Hay quienes rezan, otros tantos se abrazan y saltan. La final del Poli tiene dueño.

 

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