Miami vibra con el Super Bowl

MIAMI VIBRÓ CON EL SUPER BOWL
La invasión de la marea roja

POR JOSÉ ÁNGEL RUEDA
ENVIADO ESPECIAL

Miami.- Con la llegada del domingo, las miradas voltean irremediablemente al norte. La sensación general es que el tiempo transcurre siempre a la espera de algo. Dicen que en Miami después de un día lluvioso el tiempo enfría. La tormenta del sábado por la noche dejó un aire fresco que sopla sin tregua, como si uno caminara con un aire acondicionado pegándole de frente, y que, entre otras cosas, ha tenido la virtud de despejar el cielo y dejar una extraña y contradictoria sensación: hace calor y hace frío.

Lo que son las cosas. Cuando la playa de South Beach por fin cumplió su promesa de paraíso de sol ya era demasiado tarde. El estadio Hard Rock, en el lejano suburbio de los Miami Gardens, esperó paciente su momento de volverse indispensable. La falta de un medio de transporte efectivo alteró la rutina del aficionado, y generó que pasado el medio día, los alrededores se colmaran de carros que avanzan más lentos que el tiempo.

Al estadio se llega por los amplios caminos de Don Shula. La regla dice que en este país y en este deporte a las leyendas se les respeta. Y entre otros tributos casi siempre terminan por convertirse en calles o avenidas. A la distancia, desde la autopista que lo conecta con todo lo demás, el Hard Rock simula una carpa gigantesca que custodia algo así como un tesoro divino.

El tesoro divino es un mar rojizo que arrasa con todo a su paso. En la marea roja resulta difícil encontrar distinciones. Tan solo los nombres a la espalda ayudan a diferenciar a qué equipo es el que apoyan. Si Patrick Mahomes completara un pase por cada jersey con su apellido el Vince Lombardi ya seria suyo, pero el futbol americano se trata de otra cosa, o al menos eso creemos.

El estacionamiento del estadio se llena rápido y de inmediato desde las tantas puertas se forman filas interminables. No sin antes tomarse la foto de bienvenida, repetidamente, como si fuera un requisito, algo indispensable para saber que todo lo que se vive existe y es real. La espera sigue siendo un misterio en momentos como éste. Cerca de la entrada, en la zona sur, un grupo de cinco hombres tocan la batucada con botes de pintura. La gente, formada, escucha sin prestar mucha atención, aunque inconscientemente bailan y llevan el ritmo con la punta de los pies. Otros más buscan boletos con la voz monótona de quien sabe que no encontrará. Entre ellos caminan policías con perros que olfatean cuanto puede en busca de artefactos sospechosos. Atrás, en los descampados, guiados por su imaginación, los niños lanzan pases mientras juegan a ser Mahomes y Garoppolo.

Al sonido de la batucada se le une un constante ir y venir de avionetas y helicópteros que sobrevuelan incesantemente el estadio. Como si la tierra no fuera suficiente, las avionetas surcan el cielo con anuncios publicitarios. El estadio está cercado por una extensa barda disfrazada de museo. Las figuras en caricatura de las mejores jugadas en la historia de la NFL van con un mensaje oculto, en este deporte no hay imposibles.

El viento resopla los olores del asado. Pequeños previos ubicados a lo largo de la explanada le dan sentido a la espera. A un costado de los autos, los aficionados sacan pequeñas sillas en las que se dedican a ver el tiempo pasar. En esa tradición de convivir por el gusto.

En cuanto se abren las puertas, poco a poco, como si se tratara de un reloj de arena, los aficionados van ingresando serenamente al estadio. Los Jefes levantan las manos en señal de identidad. Los 49ers llevan cadenas que simulan oro, como un guiño a sus raíces californianas. Para entrar al estadio hay que cumplir todo un ritual. Una vez más las largas filas, los detectores de metal, la ansiedad del tiempo. Adentro la gente camina con calma, como quien tiene la certeza de que ha superado el último filtro y se dispone a dejarse llevar.

Al aficionado al futbol americano lo mueven las sensaciones. Como un grito enloquecido que enciende todo por dentro y que lo impulsa a seguir adelante más allá de las consecuencias. El Super Bowl es un culto que a su paso es capaz de todo, hasta de unificar colores, y que encuentra su sentido más profundo en una experiencia que se debate entre lo extravagante y lo extraordinario. A los lujos propios de una ciudad ostentosa y presumida como Miami se le han unido los de la NFL. Es la historia de un despilfarro justificado. Hay que vivirlo para contarlo.

La grada poco a poco se convierte en una vitrina de plegarias. Cada uno le reza a quien puede. El futbol americano permite pocas treguas, el tiempo, ese que antes no pasaba, suele transcurrir frenético. Esa sensación absoluta de en cada jugada estar al borde del abismo, a la espera de algo, bueno o malo pero algo. Si a los gritos nos vamos en la marea roja parece haber más Jefes, o quizá y solo sean más ruidosos, o los cincuenta años sin ganar quedaron retumbando en la garganta generando un rugido eufórico.

Con la víspera del partido, a la hora del himno, los soldados a la distancia, a través de las pantallas, roban aplausos espontáneos. El ritual se ha convertido en un espectáculo auténtico. Las notas finales se pierden en el estruendo de los aviones militares sobrevolando la zona. El ruido va mucho más allá. El evento más importante del deporte americano está en marcha.

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