CRÓNICA: El día en el que la pelota dejó de rodar

Hablar de deportes es un oficio noble. Los que nos dedicamos a esto solemos pensar que el hecho de llevarle a la gente la información sobre su deporte favorito nos concede una especie de magia, aunque también una gran responsabilidad. Parece una frase hecha, pero que el Cruz Azul le haya ganado al América el fin de semana resulta importante para mucha más personas de la que creemos, una forma de escape de la realidad, aunque todo alrededor parezca venirse encima. La imagen de Jesús Corona atajando dramáticamente el penalti en el minuto final nos deja el último recuerdo en un buen tiempo. No nos podemos quejar. El futbol ha sido agradecido con nosotros.

Han sido días duros, estos del coronavirus. No hay noticia que no dé cuenta de un evento cancelado o pospuesto. Las ligas del mundo han caído como fichas, una tras otra. No hay cifra que no descubra un futuro en crisis. Como si una fuerza descomunal de pronto hubiera detenido todo.

Los aficionados jugamos a inventarnos panoramas. ¿Quién ganaría si todo terminara ahora?, nos preguntamos con insistencia, porque de eso se trata el deporte, de que alguien gane, y encima con justicia. Somos los reyes de la especulación, y hacemos cuentas en la mente sobre cómo podríamos recalendarizar un calendario imposible. En la televisión han comenzado a retransmitir los partidos históricos, como un ejercicio de nostalgia de lo que algún día tuvimos y ahora no, aunque los negativos digan que es porque las grandes cadenas no tienen con qué llenar tanto espacio en blanco.

Por la mañana se dio la noticia de que la Eurocopa y la Copa América habían perdido la batalla, y fueron reprogramadas para el próximo año. Los Juegos Olímpicos son una cosa aparte, y pese a todo se mantienen en pie con la esperanza de que esto pase pronto, en realidad las interrogantes surgen desde los mismos eventos clasificatorios, detenidos, como casi todo. Los japoneses se niegan a perder sus juegos y el fuego olímpico brilla a escondidas, sin público, como la única señal de vida en la tierra.

Las noticias que en realidad hablan de deporte son esporádicas, casi ausentes, pero viendo como está la cosa se agradecen. La NFL, con su Agencia Libre, ha sido como un bálsamo que nos dice que no todo está perdido. Que aunque el mundo esté detenido, a su manera encuentra la forma de avanzar. Que cuando todo pase hay una normalidad esperándonos.

Que el mundo se venga encima no es algo que ocurra todos los días. Son contados esos momentos en los que en realidad todo deja de importar, incluso los deportes. Recuerdo el 19 de septiembre del 2017, el día del terremoto. Esa tarde, poco después del mediodía, cuando la tierra rugió y la Ciudad de México se partió en pedazos, los partidos de Champions League estaban a punto de empezar en Europa, a miles de kilómetros, en una realidad distinta donde todo transcurría con normalidad.

Después del brusco movimiento de la tierra, mi primera reacción fue preparar los tweets para anunciar el arranque de los juegos, pero conforme pasaron los minutos y en la noticias surgían las imágenes de una ciudad devastada, la idea de hablar de deportes se fue desvaneciendo. ¿A quién le importa esto ahora? Me pregunté, y la sensación de no encontrar respuestas fue desoladora. Con el coronavirus la sensación es parecida. A veces la magia también acaba.

Twitter: joseangelr10

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