Diego Armando Maradona, la última gambeta

Foto: AFP

Tocado por la gracia de los genios, Diego Armando Maradona tenía la capacidad de convertir los momentos felices en estatuas. Cada partido suyo estaba propenso a la jugada inolvidable, al recuerdo. Lo mismo se levantaba por los aires para meter un gol con la mano en plenos Cuartos de Final de una Copa del Mundo, o minutos más tarde, era capaz de congelar a medio equipo inglés para anotar, en una secuencia plagada de arte y ante el asombro generalizado del Estadio Azteca, el mejor en la historia de los tiempos. Su muerte, un 25 de noviembre de un aciago 2020, hace más leyenda a la leyenda, si es que se puede.

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Como todo niño que crece en la Argentina, Maradona respiró en las calles de Villa Fiorito los aromas de los ídolos de carne y hueso. Los rumores de Rivelino y de Bochini despertaban la curiosidad del Diego, que ya en los potreros se inventaba las gambetas con la soltura de los genios.

Fue entonces, según cuentan las crónicas, que Maradona y su amigo del barrio, Goyo Carrizo, recorrieron en dos camiones la inmensidad de Buenos Aires, y se fueron a probar al predio de Argentinos Juniors. No pasaban de los 10 años cuando Francisco Cornejo, quien estaba cargo de la práctica, se rindió ante el asombro de un niño de cabellos rizados.

El pequeño Diego Armando entró al equipo de la categoría 60 y apenas pisó la cancha marcó diferencia con su pierna zurda. Era de esa clase de futbolistas capaces de inventar el juego, como si en su mente se recrearan una a una las situaciones previamente concebidas. El propio Cornejo, al notar la estatura baja de todos sus jugadores, les dijo Las Cebollitas.

Fueron seis años en los que el Diego lo ganó todo como juvenil. Aún no debutaba y ya era una figura de los sueños. Pisó las canchas de la Primera División de Argentina con 16 años. Era un niño todavía, pero en lo verde del campo ya hacía las cosas distintas. Como si de un mito se tratara, cuentan que su primera jugada fue un caño.

Como el destino pocas veces acepta concesiones, Diego Armando Maradona estaba destinado a ser el ídolo de un país cuya religión es el futbol. Los argentinos que miraban sus andanzas volvían a casa con la certeza plena de que el Dios de la pelota ya tenía un nombre y apellido.

Ante el asombro, fueron River y Boca los primeros en intentar cambiar los colores al Diego. En el clásico particular por la firma del ídolo, fueron los xeneizes los que ganaron el duelo. Ya con la 10 en la espalda y vestido de azul y amarillo, Maradona terminó por convertirse en todo.

El fervor popular, que bien pudo romper con el mito maradoniano, encontró consuelo al ver al genio pintado de albiceleste. La Selección Argentina no conoce de fronteras. Tardó Maradona en imponer sus condiciones. En 1978, César Luis Menotti quiso que fuera Kempes el caudillo del primer título y pese a la crítica generalizada, no convocó a Maradona. Ya en España 1982, con el genio al frente del equipo, la actuación fue más bien decepcionante, al quedar fuera en la fase de grupos.

Fue en México 1986, en medio de la irrupción de Maradona en el futbol italiano, en donde convirtió a los ciudadanos de Nápoles en los creyentes absolutos del fervor de su juego, cuando el Diego cristalizó todo aquello que inventaba en la cancha. Como un torrente, Maradona fue capaz de vengar una guerra perdida ante Inglaterra, casi como un signo de justicia. El fenómeno social encontró su estallido con el título, luego de vencer a Alemania en una final cerrada que no escapó de la gracia del 10, con una asistencia a Burruchaga, cuando el partido agonizaba.

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Encumbrado en la cima de su éxito, Maradona cedió ante los vicios más humanos. La carrera del futbolista fue y vino por esos terrenos perdidos entre lo celestial y lo infernal. Las imágenes geniales del Diego alternaban con la cara más pura de lo terrenal. Al Maradona guerrillero pidiendo clemencia a Edgardo Codesal por un penal fulminante en la final de Italia 1990 se le suma el Diego que camina de la mano de la enfermera Ingrid, en los Estados Unidos, en 1994, después de dar positivo una vez más por el abuso de las drogas, como un niño que es llevado al cuarto para que no juegue más.

Los últimos años de su vida los pasó como en partido eterno. Fueron muchas las veces que amenazó con su partida, aunque siempre, irremediablemente, terminaba por salir adelante, como si aún estuviera en la cancha. El pueblo argentino celebraba su recuperación casi como un gol y entre súplicas le pedía siempre una gambeta más, hasta que fue la última.

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