¡Chelsea es campeón de la Champions League!

José Ángel Rueda

Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU | AFP

 

Si hay algo extraordinario en el futbol es que nada está escrito. El Chelsea, que apenas en enero buscaba a la desesperada un técnico, encontró en Thomas Tuchel al personaje perfecto. El alemán había sido despedido del París Saint-Germain de manera cuestionable y en su figura no sólo había una extraordinaria capacidad estratégica, sino también una sed infinita de revancha. Seis meses después de tomar el cargo, Tuchel convirtió al Chelsea en campeón de Europa, tras vencer 1-0 al Manchester City con un gol solitario del alemán Kai Havertz. Los Blues sumaron su segunda Orejona, mientras que Tuchel vengó la derrota del año pasado, con el equipo francés, cuando cayó en la misma instancia ante el Bayern Múnich.

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Dispuesto a vivir su fiesta, el futbol inglés trasladó a Portugal algo de su misticismo. No era Wembley, pero en las gradas del Dragao se cantó como si lo fuera. El aficionado británico acostumbra a ver el futbol de pie, como si en la cultura de su juego no existiera un tiempo para el reposo. La música de fondo ambientó los compases de un partido que ya advertía el choque de estilos, esos que viven en la imaginación de sus técnicos.

Guardiola y Tuchel habrán imaginado el partido cientos de veces, como quien calcula desde el conocimiento las movimientos del otro. Cuando dos técnicos con sus características se enfrentan, bien vale hablar de batallas dentro de la totalidad de una guerra. La de Oporto se libró sin demasiadas sorpresas, salvo que la obstinación del Manchester City por tener el control de la pelota estuvo lejos de ser efectiva.

Tardó poco el Chelsea en aprovechar la velocidad para superar la burbuja de presión que proponían los celestes. En el amontonamiento propio del centro del campo, la figura omnipresente de Kante alcanzó para nublar las ideas de De Bruyne, Gundogan y Foden, los tres cerebros de Guardiola, más pendientes de mantener la posesión que de generar peligro.

Entonces el Chelsea se sintió cómodo, sobre todo en esos momentos en los que el partido era más inglés que nunca; es decir, cuando el vértigo del juego alcanzaba para liberar los espacios. En ese trance, un minuto enloquecido pudo abrir el marcador para ambos, pero a Werner y Sterling, los dos falsos nueves, les pesó más lo falso que su cuestionado espíritu goleador, y las oportunidades terminaron por perderse.

El Chelsea, que en su juventud batalla lo indecible para aprovechar su opciones, cumplió los pronósticos y necesitó de varias para irse al frente. La perseverancia del equipo blue, sin embargo, se mide en los aplausos que Thomas Tuchel lanza incesante sobre la banda, sin importar el momento. El gol del equipo blue llegó para apagar el fuego que había generado la lesión de Thiago Silva, unos minutos antes, y encaminó la recta final del primer tiempo, esa en la que todo es más peligroso, con un contragolpe de libreto, que en apenas cuatro toques, logró dejar a Havertz solo ante un Ederson incapaz de cubrir la brecha incomprensible que habían dejado sus centrales, descubierta por el pase largo de Mount. El delantero del Chelsea se quitó al arquero con el impulso de su propia carrera y definió con el marco abierto.

La segunda mitad debe narrarse desde la épica que suelen tener las finales, esas en las que el tiempo funciona de manera relativa y los segundos duran según las necesidades. Si el Chelsea había amagado en el primer tiempo con disputarle el dominio del balón al Manchester City, la tentación que da el gol de la ventaja combinada con la búsqueda del rival por recortar las distancias que parecen insalvables, hizo que el juego se volcara peligrosamente sobre el área de los Blues.

Guardiola, que en el banquillo había dejado a sus delanteros nominales en el afán de controlar el juego, buscó a la desesperada ponerle más peso a su ataque, entonces dio ingreso a Gabriel Jesús y poco más tarde a Sergio Agüero, aunque en la ruleta perdió a De Bruyne luego de un choque que lo dejó noqueado sobre el terreno de juego, cuando al partido le faltaba poco más de media hora y su lucidez se antojaba indispensable.

El Manchester City jugó los minutos restantes con la premisa de que el equipo que pierde siempre tendrá al menos una última oportunidad, es la forma más común de mantener la esperanza. En cierto modo era cierto. Los jugadores celestes se acercaron lo más que pudieron al arco rival, pero siempre sus intentos se quedaron o muy cortos o muy largos. Todavía tuvieron tiempo de reclamar un penalti por una mano de Rudiger, pero el VAR advirtió que, aunque existió, llegaba de un rebote.
Pulisic pudo liquidar todo en un contragolpe, ante el aliento suspendido de la hinchada, pero el destino no quiso que el balón entrara, porque hay historias que se recuerdan mejor mediante el dramatismo que sólo ofrece la ventaja mínima para definir una final de Champions League. Entonces llegó el silbatazo final de Mateus Lahoz, y el Chelsea se confirmó como el nuevo campeón de Europa. El City, con todo y Guardiola, tendrá que esperar.

 

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