El doloroso camino de la Máquina para romper la sequía

JOSE ÁNGEL RUEDA 

Para quien es afecto a calcular el tiempo que se acumula entre dos fecha, el dato le parecerá escalofriante. Tuvieron que pasar 23 años, 5 meses y 23 días para que Cruz Azul volviera a levantar un título del futbol mexicano. Esa es la vida que se fue entre el 7 de diciembre de 1997, cuando La Máquina derrotó a La Fiera en el Nou Camp de León, y el 30 de mayo del 2021, cuando los celestes fueron capaces de vencer a unos demonios disfrazados de santos. La vida tiene mucho de paradoja.


El tiempo se puede medir en años, o en incluso en días, o hasta en horas, si se es ocioso, sin embargo, ni las 8,575 noches en las que Cruz Azul se fue a dormir sin respuestas para lo que le pasaba, reflejan lo mucho que sufrió para finalmente volver a lo más alto. La espera de la Máquina se mide en otras cosas, más abstractas algunas, como el llanto incontenible de sus aficionados después de cada eliminación, o la fuerza para seguir ahí, a pesar de todo, y otras tan reales, como el penalti no cobrado a César Villaluz, la genialidad de Ludueña, el poste de Teófilo Gutiérrez, el cabezazo de Moisés Muñoz o el mal control de Marcone.

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La Máquina, que sabe de ausencias, ya había pasado por algo parecido. Antes del título en León, Cruz Azul acumulaba 17 años sin ser campeón; muy lejos quedaba el recuerdo de la locomotora imparable de la década de los setentas y la gloria ya era un término difuso. El penalti de Carlos Hermosillo en la agonía del tiempo extra, con la cara ensangrentada, para hacer más dramático el momento, ponía fin a una larga sequía, sin siquiera imaginar que aquello sólo era el principio de algo peor.

El tiempo que le sigue a la historia cementera está marcado por fuerzas contradictorias. Por un lado, el equipo pocas veces se alejó de los primeros planos. Su capacidad de renacer de los fierros viejos lo mantuvieron como un candidato frecuente al título. Esa condición lo dejó expuesto. Había, sin embargo, algo de orgullo en el hecho de intentarlo.

Como todas las esperas, es difícil saber cuándo Cruz Azul superó los límites de lo permitido, y en qué momento, lo que parecía ser algo tan natural en el futbol como la propia derrota, se convirtió en una carga.

El doloroso camino celeste se compone de pequeños instantes. Jugadas aisladas que vistas todas juntas complementan una historia casi inverosímil. En 1999, contra Pachuca, un gol de Glaría en el minuto 93 los dejó con las manos vacías. Aunque en ese momento no lo sabían, los últimos minutos se habían convertido en condena.

La Máquina padeció de distintas formas. . En el 2008, contra Santos, el gol al ángulo del Hachita Ludueña es la fiel representación de lo inalcanzable. El vuelo inútil del arquero para tapar un balón disfrazado de destino. Un torneo más tarde, contra Toluca, el penalti no marcado a Cruz Azul tras una violenta entrada a César Villaluz alimentó los hubieras, esa palabra que aunque el mundo se empeñe en decir que no existe, siempre regresa, con sus dudas.

Fue en el 2013, sin embargo, cuando a La Máquina se le juntaron las desgracias. Si antes había sospechas, la final contra el América potenció la idea de Cruz Azul como un equipo maldito. Todas aquellas jugadas que los habían dejado sin posibilidad en las finales pasadas se acumularon en ésta, dando paso a un dramatismo sin precedentes en su particular historia.

La vuelta en el Azteca se compone de formas casi novelescas. El equipo celeste jugó con un hombre de más desde el minuto 13, luego de la expulsión de Jesús Molina. El gol de Teófilo Gutiérrez, al 20, parecía definitivo, pero para entonces ya se sabía que en los cementeros nada es lo que parece. Los dirigidos por Memo Vázquez se agazaparon en el fondo y pudieron liquidarlo al contragolpe, pero el poste les negó la tranquilidad. Luego, los minutos finales, entran en la historia del futbol mexicano. Con Miguel Herrera alentando desde la banca a pesar de sentirse perdido, un remate de Aquivaldo Mosqueda al minuto 88 dejó al América a un sólo gol. Y el Azteca, convertido en caldera, hizo el resto.

Las Águilas se volcaron en busca del tiempo extra y la forma de conseguirlo tuvo un doble efecto, por lo devastador. Moisés Muñoz, arquero convertido en delantero, remató en el tiro de esquina y Alejandro Castro, defensa de Cruz Azul, en el afán de desviar el balón, lo mandó al fondo de su marco, dejando a Corona sin posibilidad, cuando el reloj marcaba el minuto 92.

El tiempo extra se disputó en una tensa calma, con ambos conjuntos extenuados, aunque con el América claramente arriba en lo anímico. En los penales, las Águilas finiquitaron la remontada, con Miguel Layún cobrando el último disparo. La tormenta que cayó en Santa Úrsula había mermado el campo y el lateral resbaló al momento justo del impacto, pero ni eso impidió que el balón ingresara en la meta defendida por Corona.

El nocaut fue tan devastador que el efecto duró hasta una nueva final, en el Apertura 2018. En una serie cerrada, América tardó en vulnerar la defensa cementera, pero dos goles de Edson Álvarez, en en el segundo tiempo de la vuelta, borraron cualquier ánimo de revancha. La Máquina de Pedro Caixinha esta vez no estuvo ni cerca.

La cuenta de 23 años, 5 meses y 23 días de vitrinas empolvadas está llena de otras historias que no hicieron más que evidenciar el paso del tiempo, anónimo en tantos otros mundos, pero no el celeste. En su novela Las noches blancas, el escritor Fiodor Dostoievski se cuestiona si un instante de felicidad es suficiente para toda una vida. De ser así, Cruz Azul ya tiene su momento feliz, después de tantos años de sufrimiento.

 

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