A 53 años, El Tibio Muñoz revive cómo vivió la medalla de oro en México 68

José Ángel Parra

Foto: Fototeca, Hemeroteca y Biblioteca «Mario Vázquez Raña»

Era él contra la historia de los Juegos Olímpicos, contra la historia deportiva de nuestro país. Ahí, en el cuarto carril, Felipe Muñoz disputaba la final de 200 metros pecho, en México 1968. Convencido de colgarse la medalla de oro desde que se anunció la sede, el Tibio encontró aquel 22 de octubre su cita con la inmortalidad.

“Cuando entré a la alberca tenía en mente no hacerle caso a nada. Los gritos, ‘¡México, México!’, te sacan de concentración. Ahora lo veo en las repeticiones, pero en ese momento no los escuchaba, estaba solo”, rememora Muñoz Kapamas, 53 años después. “Era algo que Ronald Johnson -su entrenador- me había enseñado. ‘Aquí vas solo’, me decía. ‘Tienes que concentrarte en tu prueba, nadar como yo te diga: en la segunda parte, más rápido, aunque el soviético (el ruso Vladimir Kosinsky, favorito en aquella justa) se vaya un cuerpo adelante, déjalo ir’, me recomendaba. ‘Lo tienes que alcanzar’. Todo eso lo estaba recuperando en la mente, cómo tenía que nadar antes de la competencia”, abunda.

 

“Cuando veo que toco en primer lugar y que había seguido las indicaciones de mi entrenador, primero tenía que certificar que era yo quien estaba en el marcador, para saber si había sido real que había entrado primero. ‘México, número uno’, se veía en rojo. “¡Gané, gané!”, celebré entonces, así me lo había imaginado, lo había soñado. Brinqué de gusto, con las pocas fuerzas que tenía. Tomé aire para recuperarme y sentir que había ganado los Juegos Olímpicos, y que estaba cumpliendo mi sueño. Los mexicanos somos capaces, podemos con eso y más”, redescubre en entrevista con el Diario de los Deportistas.

Hoy, a más de cinco décadas de aquel logro, el Tibio Muñoz, como todo mundo lo conoce y reconoce, se esfuerza en revelar la fórmula del éxito, paso a paso, en un intento por impulsar a quienes aún ahora pretenden emular la gesta del único paisano pechista con una medalla de oro Olímpica, atesorada en su vitrina cual invaluable reliquia.

EL ORIGEN

“A mí me gustaba practicar todos los deportes. Afortunadamente mis padres nos inscribieron, a mis hermanos y a mí, en un club, el Vanguardias, donde había oportunidad de practicar cualquier disciplina. Te obligaban en sí, si estabas ahí, a que jugaras un partido de basquetbol, voleibol, frontón, inclusive. Me ganaban todos en todo, pero de alguna forma me sentía mejor en la alberca. Aunque también me ganaban, no era por mucho”, precisa en charla con ESTO. “En algunas ocasiones empecé a quedar en segundos o terceros lugares y eso me comenzó a motivar. Cuando nos enteramos de que los Juegos Olímpicos iban a ser en México, yo tenía 11 años, esa fue una motivación enorme”, explica.

Felipe recorrió, después, la Unidad Independencia, del IMSS, y posteriormente la Unidad Morelos, de la misma institución, al tiempo que fortalecía su anhelo.

“Cuando logramos la sede de los Juegos Olímpicos yo estaba muy contento y recuerdo que platicaba con mi mamá, y le decía, ‘mira, mamá, los JO van a ser aquí, en la Ciudad de México, y hay chance de que yo pueda participar; voy a trabajar fuerte, porque voy a ser campeón olímpico’, le decía. Entonces yo tenía como 11 o 12 años. Y ella me respondía, ‘sí, hijo, cómo no’. Sentía que me estaba dando el avión, de pura ternura. ‘Mamá, vas a ver que sí’, le insistía. Y ella, ‘sí, mi hijo, cómo no’, y me daba besos. ‘Si realmente lo quieres hacer, tienes que trabajar, obedecerme a mí, a tu papá, a tus maestros, y ponerte a trabajar muy fuerte; yo haré todo lo que esté a mi alcance para ayudarte a que logres tu sueño’. Y fue realmente eso, un sueño. Me veía en unos JO en México, me veía en traje de baño con tres colores, con el uniforme de la bandera. Ese sueño lo tuve desde ese momento y poco a poco empecé a lograrlo. Tienes que buscarlo, para que se haga realidad. No es suficiente con soñar”, asegura, consciente de la convicción que lo llevó a creer.

“Sabía que tenía oportunidad. Se presentaron apoyos del gobierno y en la misma Unidad Independencia, donde a mis amigos les decía: ‘Van a ver que voy a ser campeón olímpico’. Y me respondían: ‘Pero cómo, si estás bien flaco. Ningún mexicano ha sido campeón olímpico en natación’, consideraban. ‘Pues yo voy a ser’, les decía”.

Muñoz Kapamas tomó eso como un reto. Con el tiempo, y tras cumplir su ciclo en las dos unidades deportivas del IMSS, aterrizó en el CDOM, en calidad de preseleccionado.

 

 

LOS PATITOS FEOS

“Cuando estábamos en el Centro Olímpico, éramos una preselección muy numerosa, casi 200 jóvenes, niños y niñas. El entrenador que había contratado el Comité Olímpico y la Federación Mexicana de Natación era un preparador de prestigio, decían que era el mejor del mundo, el señor Abella Reiki, un húngaro. El señor seleccionó a unos cuantos, a los mejorcitos, y decidió llevárselos a Hungría. Los que nos quedamos, éramos muchos y no podíamos estar sin entrenador, por lo que fueron a buscar a James Doc Counsilman, el mejor entrenador de Estados Unidos. No aceptó, porque estaba comprometido con la selección de su país, pero recomendó a su asistente, Ronald Johnson. Fue magnífico”, celebra.

“Nosotros éramos los malos, los que nos habíamos quedado, y se puso a trabajar como lo hacen en Estados Unidos. Desde las 5 de la mañana, dos entrenamientos diarios. ‘Va a ser como las corridas de toros, siempre a tiempo, y el que no esté a las 5 de la mañana, será castigado o no entrena ese día’, solía decir Johnson.

Aprendimos mucho de la disciplina, del trabajo de entrenamiento y realmente innovó el sistema de natación de México, porque cuando llegaron los buenos, que se fueron a Hungría, los que nos quedamos les ganamos. El sistema americano era mejor”, comparte. El húngaro Reiki fue despedido y Ronald se quedó al frente. “El mejor equipo de natación que hemos tenido”, sostiene Felipe, sin rodeos.
– ¿Cómo te especializas en los 200 metros pecho?

“El pecho es el único estilo donde la propulsión principal son las piernas, porque la mariposa,el dorso, el crawl libre, la principal propulsión son los brazos; lógico, también la patada, pero en el pecho es al revés. Siempre tuve más fuerza en las piernas, entonces eso me gustaba.Tenía una patada muy fuerte. Cuando entrenamos ganaba más los entrenamientos de patada, y eso me motivaba mucho, sabía que podía tener esa diferencia. En el pecho existe esa característica, por eso siempre fui pechista, por las piernas, porque la propulsión es más patada que de brazos. Claro, tienes que tener brazos, jalar, pero las piernas son lo principal y eso es lo que hizo que yo me convirtiera en pechista. Sabía que sí podía, porque las piernas eran mi punto fuerte, y para el deporte de pecho eso es lo principal”, detalla.

FUERZA O VELOCIDAD

Johnson conocía las cualidades de Felipe Muñoz. “El día de la final, unas horas antes de la competencia, él llega conmigo y me dice, ‘acuérdate que no eres el más veloz de la prueba’. Recuerdo que le dije, ‘oiga, coach, cómo, usted sabe que yo quiero ganar, ¿cómo me dice eso ahorita?’ Y él me respondió, “tú eres más fuerte que todos ellos, tenemos que aprovechar esto; vamos a ganar la prueba como ya lo hemos practicado, con los parciales negativos’, en los que la segunda parte es más rápida que la primera. ‘Ellos no lo pueden hacer, pero tú sí, y más en la CDMX.

Para ellos la altura es una presión adicional. El oxígeno es menor al que está a nivel del mar, donde ellos entrenan. Tienes que nadar de esa forma, la segunda parte más rápido que la primera. Lo difícil va a ser controlarte al principio, porque uno sale y ve que los demás se van, y hay que tranquilizarse para nadar una prueba inteligente, obedecer lo que digan los entrenadores y ganar al final. Él me decía, ‘si haces lo que te digo, nos va a ir muy bien’. Y así fue. El cronómetro registró 2 minutos 28 segundos y 7 centésimas”, gracias a la estrategia que siguió el único delfín mexicano.

 

En el cuarto carril

Ese día, Felipe Muñoz fue ubicado en el cuarto carril, el asignado al favorito. “En las eliminatorias te acomodan por tiempos, por como te inscribieron, pero en el carril cuarto pasa quien tiene el primer lugar en las finales”, explica el especialista.

“Después el carril cinco, y le siguen el tres, el seis, el dos, el siete, el uno y el ocho, en forma de delta”.

En la actualidad, “con las albercas nuevas, aunque son de ocho carriles de competencia, en realidad son diez”. Explica: “En el carril uno y en el ocho, a sus lados no hay nadie, y eso te ayuda mucho. Por eso hay quienes rompen récords en esos carriles, porque tienen menos agua que se mueve. Sin embargo, a la fecha, el cuarto carril sigue siendo el primero, aunque ahora, con las albercas modernas, más profundas y grandes, con menos turbulencia, los carriles más técnicos, hacen cosas para que el deportista mejore considerablemente las marcas”, comparte.

 

 

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Felipe, entre Aguascalientes y Río Frío

Cuando Felipe Muñoz cursaba la secundaria, un día llegó un amigo y los reprendió: “Ustedes son una bola de tibios”, les dijo. “Y la tecla se me pegó a mí”. Durante su arribo a la Unidad Independencia, del IMSS, “no conocía a nadie, era el nuevo, el flaco, el que quería ser campeón olímpico, y todos se reían de mí. Yo les decía, ‘no, lo que pasa es que ustedes son muy tibios y no ven lo que debe de ser’. Así fue como me pusieron el Tibio”, comparte.

“A parte de todo estás temblando, tú tienes mucho frío”, le decían sus amigos. “Entonces ahí fue cuando les dije, ‘oye, ayer estaba helada el agua y ahora está caliente, deberían de ponerla tibiecita’. Y así nació, en la Unidad Independencia, el sobrenombre de Tibio”.

En un principio “no me gustó, ‘a mí que no me pongan apodos, yo me llamo Felipe’. Pero cuando eres nuevo, llegas a un lugar y estás tratando de entrar, me dijeron ‘tú vas a ser el Tibio y aguántate’. Se me quedó ese apodo y ahora es como mi segundo nombre, lo veo para bien”, valora.

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Curiosamente hay una anécdota paralela al apodo: “En tu periódico inventaron, a manera de broma o chiste, que mi papá era de Aguascalientes y mi mamá de Río Frío, era un chiste. No recuerdo bien el contexto, pero nació de tu periódico. Yo mismo decía, ‘bueno, si la gente de Aguascalientes me dice paisano y a nadie incomodo, pues paisano’. Cuando voy allá todavía me ven como si fuera de allá, aunque en realidad soy de la Ciudad de México. Mi papá era de Guadalajara y mi madre de la Ciudad de México. Eso de Aguascalientes y Río Frío no es verdad, pero no le digas a los de Aguascalientes, porque cada que voy allá me tratan muy bien”.

 

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