Maradona, recuerdo imborrable. A un año de su muerte así lo describe el Ruso Brailovsky

José Ángel Rueda

Foto: Juan Ignacio Roncoroni | EFE

La mirada clavada en la lejanía. La pelota suspendida en la cabeza, en pleno dominio de una idea. El beso a la Copa del Mundo, la más linda de todas. A un año de la muerte de Diego Armando Maradona, los murales y las estatuas que recrean una presencia infinita se multiplican por las calles de la Argentina. Es la manera de mantenerlo vivo.

El recuerdo del número 10 es como una gambeta. Maradona murió pero no murió; es lo que tienen los mitos. El futbolista argentino fue tan grande que anticipó el proceso de mitificación que propone la muerte, con ese aire de lo irrevocable, donde la imposibilidad de dar marcha atrás reproduce en su totalidad la película de una vida. Como si el final diera derecho a repasar lo hecho para luego soltar un veredicto.

Pero resulta que el Diego era mito incluso antes de morir. La fuerza sobrenatural de lo que hacía dentro del campo que un buen día se volvió inexplicable, por eso lo más sencillo era relatarlo mediante los parámetros de la deidad.

El pueblo argentino aprende a vivir cada día con su ausencia. Aunque dicen que los futbolistas mueren dos veces, la primera, cuando se retiran, y la segunda, cuando mueren de veras, la costumbre imponía a un Diego omnipresente, pendiente de todo, siempre dispuesto al comentario.

Diego Armando Maradona, el Pelusa, el pibe de Villa Fiorito que conoció el barro, y también conoció las mieles del oro. Maradona es un mito, es leyenda, grandioso, colosal. No está entre nosotros, pero seguramente está en cada rincón, en cada mural, en cada recuerdo, a cada instante, porque nosotros aquí, en este país, respiramos futbol, cuando uno dice Maradona dice la Argentina. Para nosotros fue un verdadero placer disfrutar a un tremendo jugador de futbol, el mejor que seguramente habrá dado la historia, nosotros lo disfrutamos, y seguramente también lo extrañamos muchísimo”, dice Beto Fumo, periodista argentino que busca, a través de los misterios de la palabra, narrar esas cosas que parecen inefables.

Las voces como las de Fumo se acumulan. El Ruso Brailovsky, por ejemplo, que jugó con Maradona en la selección argentina y lo enfrentó cuando el Diego jugaba en Boca y él en Independiente, explica su presencia a través de la memoria, es decir, el cielo de los hombres, según escribió el escritor argentino Adolfo Bioy Casares.

“Para mí sigue estando porque el recuerdo está ahí, porque se ven los videos, porque recuerdo los goles, imágenes, algunos pasajes de la vida que tuvimos juntos, y las leyendas nunca mueren, mucha gente querrá hablar mal de él por esas cosas que pasaron fuera de la cancha, yo sólo puedo hablar de que lo que hizo adentro es imborrable, inalcanzable, y afuera de la cancha, los que lo conocimos íntimamente, sabemos que era un gran personaje, un gran tipo”, dice el Ruso.

Así como las leyendas, la épica de Diego Armando Maradona se transmite a través de la tradición oral, es decir, de generación en generación, de aquellos relatos de los padres en los que le cuentan a los hijos las andanzas del Pelusa en una tarde de domingo. Y los pibes escuchan, y en sueños quieren ser como él, meter sus goles, hacer sus gambetas, y aunque no lo vieron, basta con cerrar los ojos para advertir lo bello de su juego.

Maradona va a ser siempre material de consulta, en video, en revista, los hijos de nuestros hijos hablarán siempre de Diego Armando Maradona, de lo que fue, de lo que generaba dentro de una cancha de futbol. Maradona fue único, es incomparable y seguramente irrepetible”, describe Fumo, con la fuerza de una presencia.

De carácter incontenible, Maradona solía increpar a los rivales, ya sea de viva voz o mediante sus amagues irreverentes. El gol más bello de todos los Mundiales, por ejemplo, llegó de un acto de rebeldía. Minutos antes el Diego había marcado un tanto con la mano, entonces decidió demostrarle su talento a quien lo pusiera en duda. El Diego tomó el balón en media cancha y enfiló hacia el marco, a gambeta pura, siempre un paso adelante de los ingleses, que apenas miraban y ya era tarde. El recuerdo de aquel gol en el Estadio Azteca se construye de múltiples formas, todas terminan con Maradona en una cancha eterna, con la voz inigualable de Víctor Hugo Morales, en pleno éxtasis, proyectando un barrilete cósmico.

Maradona hizo feliz a nuestro pueblo, pero ustedes tuvieron la dicha, la suerte, la fortuna de ver su obra maestra, ahí en México, dejando ingleses por el camino, ese gol que fue un verdadero poema, y que será quizá, sin riesgo de equivocarme, el gol más grande de la historia del futbol, no habrá otro gol igual”, evoca Fumo.

Maradona, en su locura, era un misterio hasta para los que lo conocían. Daniel Brailovsky lo miraba en los entrenamientos con los ojos expectantes. No se sabe a ciencia cierta qué es lo que hay dentro de la cabeza de un genio. A menudo, el Diego solía sorprender hasta a sus propios compañeros.

“Era inimaginable, inclusive hasta los que jugábamos con él, te ponías a pensar por dónde podría llegar a entrar el balón o por dónde te la podía llegar a pasar, y a veces inventaba algo que decías cómo llegó hasta acá. Me imagino lo que debe haber sido para los rivales que lo tenían que marcar, si los propios compañeros no podíamos descifrarlo imagínate cuando se enfrentaba a alguien que no lo tenía día a día. Un fuera de serie, un tipo que hacía lo que quería dentro de una cancha con el balón en los pies”.

Ídolo de carne y hueso, de esos que cautivan tanto en error como en el acierto, el Diego mantiene en el imaginario colectivo argentino el sitio de honor. Aunque los años pasen y la muerte sea más muerte, nunca habrá nadie como Diego Armando Maradona, aquel jugador que con su magia le dio a la Argentina su segunda Copa del Mundo, pero sobre todo, alimentaba la fe en la religión que supone el futbol para el país sudamericano.

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“Es indudable, es como hablar del cielo a la tierra, incomparable, lejos e inalcanzable. Maradona, sin lugar a dudas el número uno, podemos llegar a hablar de Mario Alberto Kempes, que fue quien nos puso en el mapa mundial cuando Argentina sale campeón en el 78, pero no, es incomparable lo que llegó a hacer Diego dentro de la cancha”, dice Brailovsky, con la seguridad que sólo ofrecen los recuerdos.

Juzgado por lo que hizo fuera de la cancha, donde se comportó como el más humano de los dioses, el ídolo se equivocó y pagó, como lo dijo en su despedida del futbol, cuando no había marcha atrás, ante una multitud. Esa dualidad entre el cielo y el infierno lo acompañará por siempre. Como una metáfora de la propia vida.

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“Maradona era un tipo especial, un amigo especial, vivimos varios momentos juntos en la selección nacional, tuvimos una gran relación, para mí como persona era un tipazo, conmigo era un fuera de serie, y como futbolista, que me tocó estar en la cancha con él, seguramente hacía cosas que no podía imaginar que se pudieran llegar a hacer”, rememora el Ruso.

El ídolo vive en las calles, en el barrio de Villa Fiorito donde nació y creció, en la leyenda de los Cebollitas, en los cánticos de la hinchada, en los goles que se gritan en su nombre, en el rojo de la camiseta de Argentino Juniors, en el azul y amarillo de la remera xeneize, en los latidos de la Bombonera, en el azul del Napoli y el estadio que lleva su nombre, en el número 10 y en sus frases irreverentes. Donde sea, pero el ídolo vive.

 

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