Hilda Tenorio, la primera, la única

POR: ÓSCAR TAPIA CAMPOS

LA vi nacer como torera. Era una niña de una aparente fragilidad a la que no le vi tamaños para ser figura, para sembrar las zapatillas ante la cara de los toros, para lidiar con todas las truculencias que hay en un mundo en el que imperan los hombres, para sobreponerse a los baños de sangre que, irremediablemente, le han de llegar a quienes son picados por el mal de montera.
Me convertí en su admirador, porque aquella niña desplegó arte y valor, porque sacó fuerzas de flaqueza en momentos de apremio, porque inmediatamente se dio cuenta que ser torera no es un asunto lúdico, porque sus baños de sangre fueron impresionantes y no se acobardó, porque siempre ha levantado la cara en toda circunstancia, porque como dijo el poeta “se dobla, pero no se quiebra”.
Seguí todos sus pasos como niña torera, época en la que la llevó de la mano don Pepe San Martín, un taurino que de la fiesta de Cúchares sabe todo y todavía más; la colocó en todas las plazas del país, grandes y chiquitas, alternando con Pepe López “Pepehilo” y con Joselito Adame, dos extraordinarios toreros, uno con más fortuna que el otro.
Y desde el principio les peleó las palmas, los oléeeees, las ovaciones, las orejas y los rabos. Entonces, advertí que allí, en Hilda Tenorio, estaba un fenómeno del toreo., tan propia, tan torero, tan entera, tan dispuesta a dar la pelea sin que permitiera que los asuntos de amistad y paisanaje se volvieran piedras, cerraduras o cerrazones. Se sobrepuso a la maledicencia, a las suposiciones, a las diatribas, a los adjetivos, a todo. Aplicó aquella conseja que reza: “a palabras necias, oídos sordos”.
Porque se decía entonces que don Pepe San Martín le mandaba arreglar los novillos, que le echaban puros cómodos de cornamenta y de peso, que estaba sobreprotegida por su apoderado y maestro. Sin embargo, cuando uno veía salir del callejón los bureles, éstos eran tan enteros y tan tan, pero tan tan como los de los otros, y ella no daba nada por descontado, no se amilanaba, tejía su arte con capote, banderillas, muleta y estoque sin que le temblara ni una pestaña, sin que le brincaran las mejillas, sin que se le erizara el pelo.
Llegaron las cornadas grandes, las de doble trayectoria, las de más de 80 puntadas, las de intervenciones quirúrgicas en carne viva y sin anestesia, las de riesgos de vida. Llegaron las lesiones, las fracturas y, otra vez las dudas en quienes pensábamos que el mundo de los toros no es asunto de mujeres.
Pero ella no dudaba, ella no permitía que algo la hiciera pensar en el retiro, en el adiós. Al contraria, Hilda fortalecía cuerpo, mente, alma y espíritu en cada una de sus adversidades, y reafirmaba su idea de convertirse en matadora de toros, en figura de la fiesta más bella de todas las fiestas.

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