¡Hasta pronto, Cuau!

POR FERNANDO SCHWARTZ

NOSOTROS sí te extrañaremos, Cuau. Ese jugador que marca diferencia, ese carácter, esa peculiar forma de ser, pero sobre todo, el gran futbol que con su carisma lo convirtió en el último gran ídolo del balompié mexicano. La magia de Cuauhtémoc perduró hasta el adiós. Las piernas no responden igual, pero la calidad de futbol y la visión que tiene de él es inigualable y saca ventaja de años luz a muchos de sus colegas de profesión. Tipo difícil con los medios, y dócil, entregado y buen compañero en el vestidor. Hombre que además tiene corazón. Un día una empleada de América le dijo que necesitaba dinero para operar a su hijo y Blanco se lo dio sin pedir retorno ni nada más.
Cuauhtémoc Blanco, el de la noche mágica de la Copa FIFA Confederaciones de 1999 que hizo y deshizo a la Selección de Brasil. El mismo que fue amenazado de muerte en la visita a Cali, Colombia y les respondió en la cancha con su bravura y anotando goles. El Cuauhtémoc que fue acusado de la bronca en el Azteca contra el Sao Caetano, cuando el que la inició fue Navia y él se quedó callado por no tirar al compañero de enfrente. Cuauhtémoc, el que lloró en esa terrible entrada de Elcock y la operación porque nunca había pasado por el quirófano. Cuauhtémoc, el que apostó: “Le anotaré al Real Madrid en el Bernabéu”, y lo hizo de tiro libre con el Valladolid. Ese es Cuauhtémoc, el que siempre quiso poner el extra y que con sus dos goles después de la lesión salvó el pase de México al Mundial, viniendo de la banca en Jamaica, molesto porque Aguirre no lo había puesto de arranque.
Mil y una situaciones me tocó ver y vivir al lado de Cuauhtémoc. Para todos tenía y repartía. Además de goles y buen futbol, su humor era incontrolable y lo sacaba a cada momento. En los vuelos charter del Mundial del 2002 había orden de que los jugadores iban adelante y la prensa atrás, él se iba con sus amigos de la prensa, como el “Gordo” Vargas y un servidor, además de mi camarógrafo de siempre, Miguel Rivera. Recuerdo el coraje que le hizo pasar a Carlos Kiesse, cuando en una comida en el América explotó una Paloma que puso a temblar al técnico guaraní. En compañía de Isaac Terrazas eran la pareja dinamita y si se unía Germán Villa era un trío que nadie paraba en las concentraciones.
Cuando le visité en Valladolid, después de su operación, simuló ser un vendedor ciego de lotería y con sus muletas se abría paso en la plaza mayor y la gente se la compraba, como cuando en su casa tiró las muletas por la escalera y pegó tremendo grito. Un técnico corrió a auxiliarle y él se reía como niño chico tras su broma para superar el mal momento anímico que vivía a raíz de su lesión. Su gol de penal en Corea-Japón cuando festejó al cielo por su abuelita recién fallecida antecedido de aquel gol en Francia 98, donde se tiró y la alcanzó de milagro, como él mismo lo dice, para empatar a dos con Bélgica. Sus desplantes contra La Volpe la noche que vacunó al Atlas, o sus peculiares festejos incluyendo el del perrito enmarcaron la personalidad del ídolo. Blanco fue un ave de las tempestades porque su carácter en la cancha y fuera de ella siempre lo sacó por todo lo alto. No se callaba nada, decía lo que pensaba y lo ejecutaba. Se vino a Estados Unidos y rápido conquistó Chicago con el Fire. En todos los restaurantes entraba a las cocinas y convivia con los paisanos y nunca rehuyó a esta situación. Reforzó a Santos, jugó en Necaxa, y cuando su querido América no lo llevó de vuelta para comenzar el camino del adiós, se la rifó en la división de Ascenso, dejando su huella en Dorados, Irapuato, Veracruz. Lo que él quería era sólo seguir jugando al futbol hasta que el cuerpo le aguantara, y como siempre, cumplió su capricho, ya que siempre ejecuta lo que piensa con esa férrea personalidad que le ha acompañado a lo largo del tiempo.
Así es Cuauhtémoc Blanco, un ave de las tempestades. Un hombre de dos polos que no tiene término medio. Un hombre que nos hizo vibrar con sus hazañas deportivas y que nos arrancó la sonrisa y la polémica en sus declaraciones. Un Cuauhtémoc, como lo dice su segundo apellido, Bravo, que dejó hasta lo último en la cancha para decir adiós. Nosotros sí te extrañaremos. Hasta pronto, CUAU.

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