Oreja simplona para Talavante, aprovechó las rebajas de Madrid por San Isidro

MADRID, España.- (EFE).- El diestro Alejandro Talavante aprovechó las rebajas en Madrid por San Isidro para cortar una oreja ramplona, lograda gracias a una faena correcta, pulcra, pero en las antípodas de la emoción y el sentimiento. Juan José Padilla, silencio y silencio. Manuel Jesús «El Cid», silencio y silencio. Alejandro Talavante, oreja y silencio. En cuadrillas, Juan José Trujillo saludó montera en mano tras banderillear magníficamente al segundo. La plaza registró un lleno aparente en tarde de calor sofocante.
No acaba de romper la Feria. Por H o por B sigue sin darse una tarde de las que creen afición o, por lo menos, que genere un mínimo de entusiasmo. La oreja que paseó hoy Alejandro Talavante, la primera figura en torear en San Isidro, careció del peso que debería haber tenido, pues la faena que realizó fue tan jaleada como fría.
La buena noticia es que la gente hoy sí respondió. El reclamo de las figuras suele funcionar siempre, y, a pesar de algunos huecos en las andanadas de sol, la plaza presentó por primera vez en el ciclo un lleno aparente en los tendidos a pesar del tremendo calor que hizo.
Otra cosa bien distinta es el nivel de exigencia de ese público para calibrar y juzgar en su justa medida lo acontecido en el ruedo. Lamentable. De ahí se entiende que Talavante lograra una oreja festivalera, facilona, ramplona, de esas que apenas cuentan por mucho que la haya conseguido en Madrid. Ni él anduvo tan entonado ni el espectador estuvo a la altura de la primera plaza del mundo.
La faena de la «orejita» llegó en el tercero, el toro más apto de un descastadísimo envío del Ventorillo, un astado pronto y con la virtud de que a partir del embroque ya iba solo, embistiendo largo y con ritmo. Y Talavante, que se había gustado en un recibo de capote por verónicas a pies juntos, aprovechó la inercia del astado para diseñar un trasteo en el que hubo más acompañamiento que mando.
Sin probaturas previas, Talavante se puso directamente a torear en los medios sobre la mano izquierda, citando de largo y, muchas veces, también de frente. El toro se arrancaba con alegría y tomaba la muleta con calidad, pero, ¡ay amigo!, esto del toreo no es sólo pasarlo una y otra vez de aquí para allá, aquí hay que transmitir, emocionar, y eso fue, precisamente, lo que no hizo el extremeño.
Y no lo logró porque a la faena le faltó hondura y ajuste, todo ello porque nunca acabó de engancharlo (al toro) al tiempo que abusó del pico. Si los pases fueron largos, que no profundos, fue por el recorrido que tuvo el «ventorrillo». No fue el Talavante de otras tardes en Madrid. Esta vez le faltó poner más sentimiento para que su labor convenciera de verdad. Es verdad que hubo petición mayoritaria, pero quede dicho una vez más que la oreja fue excesivo reconocimiento a una faena pulcra pero sin «alma».

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