Espeluznante cornada en Madrid pero ¡Fortes vive!

POR CARLOS RUIZ VILLASUSO

MADRID, Esp.- No es cruel. Es injusto. La injusticia es madre promiscua y fértil que no deja de parir hijos. Hoy nació uno grande a sus pechos de madre que pare para devorar a sus propios retoños. Saúl Jiménez Fortes, malagueño de piedra, de hielo, de hierro. Torero probado, curtido en esa forma de torear en donde el hombre es el mástil que aguanta la vela en medio del huracán. Con Madrid rendido a su valor y a su toreo, mientras se preparaban para abrir la Puerta Grande, una fea voltereta dejó al torero en el suelo a merced de la codicia del toro, que le hirió certero en el cuello con el pitón izquierdo. La sangre manó generosamente terrible. Pero a la madre injusticia, promiscua, escondida, irrespetuosa con el héroe, ladina con el torero, recibió el varapalo del azar: Fortes vive…, ¡Viva Fortes!
Éste es el toreo, esa ruleta de balas sin revólver que apunta a los hombres que, cuando la mala fuerte se embosca y se ceba, no es cruel sino injusta. Tantas veces este torero ha buscado la gloria de forma tan estoica, tan a favor de hacer y decir el toreo, que algún día habrá justicia. A la puerta de chiqueros se fue en su primero, con la barriga masticando los 365 días que separaban ese caminar de miedo que había recorrido entonces David Mora. Hace un año. Ambos compañeros de hule. Allí rumiaron lo injusto. Allí ansiaron regresar al mismo lugar. Por los dos fue Fortes a portagayola, de rodillas en el reclinatorio más duro de este mundo en el que, a veces, Dios se ausenta. Tiró la larga y, en medio del vendaval de una tarde infame, se puso a ganarle terreno al toro hacia los medios con un valor a prueba de herida. Todo lo que le hizo a ese toro fue de valor, de valor en positivo, de valor para torear. Despreciando al viento, pero sin poder detenerlo. Bajo el toro, cuesta arriba, astifino, de cara para adelante y arriba, se dejó en varas y el toreo quiso comenzar por estatuarios, pero si trata de ligarle el tercero, lo hiere el toro de tanto viento cabrón que multiplica y arrasa esta plaza. Pero, a pesar de ello, se llevó el toro a los medios y se la puso como estuviera a pie de plaza de su Málaga, en una tarde de calma chicha. Toro pronto, de difícil embroque y con tendencia a no soltarse al final del muletazo. A veces incluso doblaba la manos en medio de pase y cuando tropezaba la tela, multiplicaba su ira. La forma de estar, la de un mástil en medio del huracán. Ligero de mente, eligió pronto la media distancia para aprovechar la inercia y en esa distancia tomó más mando la faena, más lucidez, incluso con la izquierda. Con ella en la mano era un niño cuya cometa volada se enfrentaba a un gigante. Pudo herirle el toro varias veces, sobre todo al acortar distancias en un órdago en que, por fin, entró Madrid. Las bernadinas fueron imposibles por el espacio, en una de ellas le cambió el viaje hacia el otro pitón con el toro rozándole el aliento. Oreja de peso, de oro, de hierro tras la estocada buena.
El mismo andar hacia chiqueros para ponerse de nuevo de rodillas, larga que tira con el toro pasando casi por encima y lances de nuevo ganando terreno hacia adelante, con buen aire por el pitón derecho. Ahí rugió Madrid. Y ahí se entregaban las llaves de la Puerta Grande, porque el toro parecía de lo más potable de una corrida que tiró derrotes, cuerpo y cara y manos hacia las nubes. Le enseño a abrirse con la muleta en un inicio de faena suave, para adelante, hasta poner a torear con la misma actitud. En el inicio de una tanda, el toro lo empaló, lo lanzó al aire como para enredarlo entre sus pitones y, al caer al suelo, pasó raudo por su cuello propinándole dos cornadas terribles. Manó la sangre, la del color de siempre, la que siempre sangran los toreros, la misma que sangró hace siglos. Idénticamente honorable, ferozmente roja. Pero la injusticia, madre que se preña y que pare para devorar a sus propios hijos, no ha podido con Fortes. Ese torero volverá los ruedos y el azar ha de ser justo con él. Tan insistente, tan tenaz, tan contundente, pocas veces se ha visto. Esa es la realidad, que no es cruel sino naturalmente coherente con quien así va por la vida, generoso, despreciativo de su cuerpo, amando al toreo hasta admitir la mas palmaria de las injusticias.
Una escalera de corrida de Salvador Domecq, de tipos poco reconocibles, o abiertos de cara o de pitón recto. Con un primero bajo y muy amplio de cuna de Fidel San Román, muy manso y huido, al que le dieron cera en varas y que llegó apenas sin embroque a una muleta de Uceda Leal. Lo mató perfecto con un rayo. El cuarto era una especie de barcaza que echaba la proa por delante y por arriba que llegó a desesperar al torero. Y Silveti. Que no roneó de cornada abierta. Que se fajó firme con el segundo en medio el vendaval. Aspero el toro, violento cada vez que tropezaba el engaño. Expuso en quites y se justificó más que lo razonable con el quinto, que medio se dejó al principio, pero, que, en la corta distancia, era toro de herir. Hasta dos veces pudo cazarle el toro entrando a matar y solo esa habilidad para hacerse el quite primero haciendo la croqueta y salirse de la jurisdicción de cornada luego, le libró de la cornada. La madre injusta no le pudo parir para devorarlo. A Fortes le dio coba, le dejó llegar al límite de la frontera donde, si, alto y claro, se embosca la muerte.
Vente Malagueño de hierro, le dijo con su canto de sirena falsa. Y trató de devorarlo. Pero vive Fortes. Gritemos entonces a coro: ¡Viva Fortes! Y que haya memoria más tarde.

EL pitón atravesó el cuello de Fortes. (Foto: David González del Campo/Las-Ventas.Com)

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