Nadie olvida a Salvador Sánchez

POR ERNESTO CASTELLANOS G.

HACE exactamente 33 años el pueblo mexicano se despertó con la infausta noticia de la muerte de Salvador Sánchez Narváez, uno de los más grandes boxeadores que ha dado México en su historia.
Salvador se preparaba para pelear contra el boricua Juan LaPorte, al que le iba a dar la revancha por el campeonato mundial pluma del Consejo Mundial de Boxeo. El pleito tenía dos sedes posibles: Los Ángeles o Nueva York. Para el caso, Salvador se había concentrado, como era su costumbre, en San José Iturbide, Guanajuato, en el rancho de su apoderado, el licenciado Juan José Torres Landa. La tarde del 11 de agosto decidió viajar a Querétaro, en donde le estaban arreglando las bocinas de su automóvil, un Porsche último modelo color blanco. Fue al negocio de las bocinas, pasó a ver a unos amigos, y al regresar a San José Iturbide sobrevino el fatal choque que le costó la vida, ya en horas del 12 de agosto.
Así, de tajo, se cortaba la existencia de uno de los mejores pesos plumas de la historia. Salvador dejaba de existir a los 23 años de edad.

EL MES DE SALVADOR
Cuando comenzaba el mes de agosto varios cronistas escribieron que era el mes de Salvador, ya que en el año anterior, el 21 de ese mes había logrado el triunfo más grande del pugilismo azteca, cuando noqueó en el octavo asalto al puertorriqueño Wilfredo Gómez, exponiendo su corona mundial pluma en el hotel Caesars Palace de Las Vegas. Esa noche todo el pueblo mexicano ansiaba el triunfo de Sánchez Narváez para que le tapara la boca al hablantín Wilfredo, un gigante del ring que había derrotado y humillado a varios rivales mexicanos, entre otros al “Cañas” Carlos Zárate.
Y Salvador cumplió. Prometió darle una felpa al isleño y así fue. No lo acabó de inmediato, sino que lo sometió a una incesante golpiza, lo cortó, le cerró ambos ojos, lo mandó a la lona, y el pleito se acabó cuando el boricua ya no podía ver y era presa de una escalofriante paliza, que hacía temer por su vida.
Se preparaban festejos por ese triunfo, a un año de que Salvador lo consiguiera.
Pero fatídicamente la parca cortó esa alegría de un pueblo, y lo transformó todo en llanto y tragedia.

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Salvador entrenó la tarde del 11 de agosto. Después de comer avisó a su equipo formado por el manager Cristóbal Rosas, el entrenador “Patillas” Huerta y el doctor José Luis Valenzuela (los tres también ya fallecidos) que había decidido ir a Querétaro a ver el asunto de su coche. Se recuerda que cuando viajaba a Querétaro para ir al cine o comprar algo, siempre alguien manejaba el auto, alguno de sus hermanos o alguien de su equipo. Por primera vez decidió ir solo. Quizá, si otro hubiera manejado, Salvador estuviera vivo, y a estas alturas contaría con 56 años de edad.
Pero el hubiera no existe.
Salvador tomó la carretera y enfiló a Querétaro. Hizo todo lo que anunció, y antes de regresar estuvo en un restaurante en donde comió algo. De ahí partió a la carretera, en pos de la muerte. Los peritos dicen que iba a exceso de velocidad, en una curva se topó con un pesado camión que transportaba mercancía. Como no podía frenar trató de rebasarlo, pero se encontró de frente con una camioneta. Salvador maniobró para regresar a su carril, pero ahí sobrevino el espantoso choque. Lo embistió la camioneta que lo proyectó contra la parte trasera del camión. El auto quedó deshecho, y Salvador dentro. Murió al instante.
Eso aconteció entre la 1 y las tres de la madrugada. La policía de caminos reportó el percance, y en la morgue de Querétaro difundieron la noticia: por documentos encontrados en el cadáver y en el auto, era Salvador Sánchez.
Alrededor de las 7 de la mañana, en el rancho de San José Iturbide, el equipo de Salvador fue a buscarlo a su recámara para llevarlo a correr. Comprobaron que no regresó, no estaban ni él ni el Porsche. Un empleado del rancho les avisó que por radio había oído que Salvador había muerto. La televisión confirmaba la mala nueva. Todo fue confusión, dolor y llanto en el rancho.
Lo que siguió fue un día de pesadilla. Recoger el cuerpo en la morgue, llevarlo en helicóptero hasta su casa en Santiago Tianguistenco para ser velado por todo su pueblo. Al día siguiente hubo misa de cuerpo presente en el Palacio Municipal del poblado. De varias partes del mundo llegaron a despedirlo gente como Don King, Wilfredo Gómez, todos los campeones mexicanos, en primera fila un acongojado don José Sulaimán, el licenciado Torres Landa. México perdía a uno de sus hijos más queridos. Por la tarde se le sepultó en el camposanto local, en donde reposan sus restos.
Cada año cientos de personas lo recuerdan con diversos eventos. Y así será este miércoles, allá, en Santiago Tianguistenco.

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