Gachupineando

Gachupineando

Hemos insistido en prescindir de todo lo que resulta embarazoso para una moral inflexible y única, rígida y granítica. Una sociedad que se desembaraza de aquello que la agita, se convierte en rebaño de borregos, en una tribu uniforme de monótonos esclavos de constructores de pirámides. El ser humano ha sobrevivido a faraones y a pirámides por tener la inteligencia que da la cultura: algo fiero, salvaje, en rebeldía contra toda decencia, contra toda conveniencia y, si fuera necesario, contra toda ley.

Vivir bajo el techo sombrío de lo aceptado es no aceptar que somos capaces de poseer inteligencia y creatividad. El toreo lleva décadas maquinando su supervivencia mutando su instinto natural en un algo técnico superlativo que lo lleve a una especie de arte de escuadra y cartabón, sin caer en la cuenta de que, al hacerlo, está prescindiendo de su alma: de su instinto salvaje, de su culta barbarie.

Todo arte, liturgia o creación es imperfecta porque la perfección sólo existe en la mentira.

El toreo es el arte más humano y por tanto el más imperfecto. Hoy la mayoría de los toreros torean igual. Hacen las mismas pirámides. Se enseña la técnica a los que empiezan y sin embargo no se enseña el toreo. Y en toreo es eso que hay más allá o a pesar de la técnica.

Hay que dejar la escolástica y la norma y apostar por el lado salvaje del toreo, la creatividad, el instinto y la imperfección. El toreo no es solo que no tropiece los engaños. No es solo el trazo limpio. El toreo es Aquello que se intenta hacer, decir y expresar con ese muletazo. La mayoría de las veces es muy limpio y largo. Limpio. Blanco. Pero un lienzo en blanco sin nada dentro.

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