Gachupineando

Gachupineando

En el toreo hay raros. No tantos, pero los hay. Pero no raros para aplicarles la acepción sexta del Diccionario, sino las otras. Más sutiles, precisas y nobles. Extraordinario. Escaso en su especie o clase. Insigne, sobresaliente en su línea. Por ejemplo. Y un raro, pero raro, raro. Antonio Ferrera. El toreo que más, mejor y de forma más contundente se ha reinventado o renacido en las últimas décadas. Es, más que nadie, Hugh Glass, el personaje de esa inmensa película del mexicano Iñaurritu, El Renacido. Glass es un hombre interiorizado, de natural salvaje, fuerte y con un salvaje e indomable deseo de vencer todo lo que se aparece como adversidad. Nadie lo ubica, nadie lo comprende del todo, pero todos sienten que Glass posee una natural y salvaje capacidad para ser referencia en los tiempos de duda y los momentos de pánico. ¿Qué queda del Ferrera que necesitaba mantenerse vivo lidiando seis de Baltasar Ibán en Nimes y el que cortó un rabo al de Palha en la misma plaza hace ya una década? Que queda del de los seis de Victorino, del Ferrera de los de tantos toros de Victorino, del toreo de las banderillas, que queda del toreo que El Fandi desestimó. Queda todo. Porque cada paso del pasado fue haciendo al hombre, matizando al toreo hasta buscar su lugar. Dicen los toreros, lo dicen mucho, que intentan crecer. A veces los toreros usan verbos extraordinariamente totémicos, claves en el arte, pero que, de tanto usarlos dejan de serlo. Crecer. Soñar. Aquí todos sueñan y todos crecen. Ferrera, en su ser renacido o reinventado, dice lo que decía ese pedazo de artista que fue Venancio Blanco (el autor del Belmonte de bronce que habita en Triana) que el sueño es la realidad. Para Glass el sueño es la realidad y la realidad es el sueño. Para Ferrera, también.

 

 

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