Gachupineando

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Desde Plutarco hasta Don Alberto Baillères

 

Plutarco, moralista greco/romano, dijo que la peor hipocresía era la de llorar con lágrimas prestadas a los cocodrilos. A estos reptiles la naturaleza les aparenta el “llanto” tras haberse comido a sus crías o a una cebra mal afortunada, fruto de una mala digestión o un simulacro de arrepentimiento. En el toreo se piden prestadas lágrimas a los cocodrilos para llorar por la ausencia de novilladas. No se dan. Si se dan es pidiendo dinero por delante o similar. Y sin embargo, el taurino llora por el novillero, por la “cantera” del toreo.

Ahora mismo, en México, dos ciclos de novilladas coinciden en dos de sus plazas claves. En La México, con 12 festejos y en Guadalajara, con 6. Uno de los ciclos internacionales con más relevancia se celebra en una joya como es La San Marcos de Aguascalientes. Rebuscando en la misma dirección, me encuentro con otro ramillete de novilladas en México, hasta llegar a la cifra de unas cuarenta…organizadas por la empresa de Don Alberto Baillères. Coño. ¿Pues no era que es rico y malvado? Me encuentro con que esta empresa tiene su propia Escuela. Que mantiene a novilleros por España, que tres elegidos de posible próximo futuro (San Román, Aguilar y Espín) van a torear un buen número de novilladas en las que ellos mismos diseñarán su valía en Mérida, Juriquilla, Querétaro, San Miguel, Tlaquepaque, Tlaxcala y Apizaco, festejos a añadir a las novilladas ya contabilizadas. Enhorabuena. A torear no se aprende de otra forma que toreando. Sin novilladas no hay novilleros. Sin novilleros no hay matadores. Sin el talento nuevo estamos negando el talento. En la sociedad de hoy los cambios generacionales son más veloces que los cambios y evoluciones en los nombres nuevos del toreo. No podemos proponer el arte del toreo con el mismo artista al nieto, al papá y al abuelo. Y si hay que dar al César lo que es del César, demos entonces a quien hay que darle el digno mérito de crear futuro. Esa mirada “empresarial” de mandar las novilladas al ostracismo porque “no son rentables” es un acto de pobres y de sin fe en el futuro. Un grande ha de serlo y, además, parecerlo, aplica inteligencia y sensibilidad a sabiendas que el toro de dentro de unos años ha de ser toreado por el novillero de hoy. Que los públicos de mañana habrán de ser atraídos por los novilleros de hoy. Es la rueda natural del toreo por la que no hay que llorar con lágrimas prestadas a los cocodrilos, sino invirtiendo talento, tiempo, cariño. Y dinero, claro. Y eso lo está haciendo el grupo de Baillères de forma tan irrefutable como silenciosa. Sin ponerse medallas. Pero alguna vez tendremos que ser nosotros los que se la concedamos. Aquí le impongo la mía.

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