Rey de los deportes

POR JOSÉ ÁNGEL RUEDA

Cuando llega octubre, veo más béisbol de lo normal. Soy un aficionado común y corriente, es decir, entiendo lo básico, pero eso no impide que me emocione con la complejidad del juego. Casi siempre, cuando platico con alguien que sí que entiende todos y cada uno de sus fundamentos, y me dice que es el rey de los deportes, yo simplemente bajo la cabeza y asiento, porque sé que sí lo es.

Del beisbol me sorprenden muchas cosas, como por ejemplo, el ritmo. Aunque quizá sea un disparate lo que voy a escribir, y me hago responsable, siento que ver un partido de beisbol es como leer poesía, sobre todo en la cadencia, esa donde las palabras van hilando hasta que llega un instante de éxtasis y luego, aunque tengamos la consciencia de que ya nada es igual que antes, las aguas retoman su cause. Cada línea, es decir, cada jugada, ofrece una posibilidad distinta.

Decía que del beisbol me sorprenden muchas cosas, pero acaso tengo que reconocer que la figura del pitcher siempre me ha parecido misteriosa. Ese hombre que camina lentamente hasta el montículo, y que en la soledad del diamante juega pensar distinto del que tiene enfrente. El pitcher, que esconde la cara detrás de la manopla mientras descifra la señales de quien le asiste, y con la mano libre acaricia lentamente la pelota, sintiendo las costuras que habrán de darle sentido al lanzamiento.

Y luego sigue algo diferente. Lo peculiar de los movimientos que cada lanzador evoca en su dinámica. La monotonía de quien lo tiene todo dominado, y aún así el resultado siempre es distinto. El vértigo de la velocidad, el riesgo de ganarlo todo o de perderlo todo en apenas un instante. El batazo, la bola o el strike, y el movimiento del umpire, con la violencia necesaria para evidenciar lo bello de un engaño.

Las transmisiones por televisión alimentan ese discurso. Las tomas cerradas a los gestos, la mirada baja cuando el sonido de la madera anuncia el desenlace fatal, el descargo de adrenalina cuando consigue sacar el último out con las bases llenas. La marcha solitaria y definitiva al dugout, con el paso lento, reconcentrado, mientras los aficionados celebran el tener un pitcher con temple de acero. O esa marcha al matadero, del bullpen al montículo, cuando el fuego alimenta sus pasos y en la bases ya están los enemigos, esperando un momento de debilidad.

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