Me tocó pitar en Zacatepec un encuentro entre los Cañeros y los Pumas de la UNAM, en el “Coruco” Díaz. Con la escuadra estudiantil jugaba un futbolista muy bueno, pero muy problemático de origen brasileño: mi estimado Marco Antonio de Almeida. 

En el primer tiempo, en una de esas que volteo y veo al defensa lateral derecho del Zacatepec tirado en el césped; al acercarme me percaté que se encontraba como cuentan que andaba el caballo blanco, “con el hocico sangrando”, y a unos metros de él estaba Marco Antonio de Almeida. Como el problema se había suscitado frente al Asistente de Línea, paré el partido y fui a consultarlo.

Se trataba de Carlos González Iribarren. ¿Qué pasó?, le pregunté… “Yo no vi nada”, me respondió. “Voy a expulsar a De Almeida”, le advertí, y ahí terminó nuestra conversación. Me aproximé al hábil delantero brasileño y mímicamente señalando que le había dado un codazo a su adversario, le mostré generosamente la tarjeta roja. Él “agachó el testuz” y salió corriendo de la cancha hacia los vestidores. Perdieron los Pumas. ¡No había VAR! 

Era clásico, de regreso de Zacatepec rumbo al Distrito Federal, pasar a comer unos deliciosos mariscos en Xochitepec, un modesto changarrito en donde se podían paladear las delicias del mar y saciar generosamente la sed. A media comida, quien había sido el visor del partido, mi amigo, ya ex silbante para ese entonces, Maximiliano Couret de Saracho, felicitó a Carlos González Iribarren por haberme reportado la “agresión” de Almeida, afirmando que esa decisión “había salvado el partido”, para que Carlitos le respondiera: “Yo no le reporté nada, yo no vi qué pasó”.

“¿Entonces, por qué lo expulsaste?… mejor dicho, si tú viste la agresión, ¿para qué fuiste a consultarlo?”, me cuestionó entre incrédulo e iracundo. “Pues es que yo no vi… y cuando me dijo que él tampoco… algo tenía que hacer” … “Estaba seguro de que De Almeida se lo había descontado… y me la jugué”. “Ah, qué ca… me resultaste”, atinó a decir, mientras todos reíamos.

Por eso es que a veces me sorprende la falta de experiencia que muestran algunos silbantes para lograr resolver problemas complejos o para utilizar recursos arbitrales en beneficio del futbol. La regla es importante, pero hay una exigente maestra que se llama “la experiencia”… “Más sabe el diablo por viejo, que por diablo”. 

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