Mi vida sin el deporte

Mi vida sin el deporte

Los dueños de la memoria

Hace unos días, cuando comenzaba todo esto del coronavirus, y los campos del mundo comenzaron a quedarse vacíos, Pep Guardiola declaró que el futbol no tenía sentido si no había público en la grada para disfrutar del juego. Que sea él quien lo dice no es un dato menor. El catalán ha sido el último revolucionario en un deporte que amenazaba con quedarse sin ideas. La frase enaltece su filosofía, esa que encuentra en el disfrute del aficionado su razón de ser.

La fugacidad del momento hacen de los deportes un ejercicio de nostalgia. Apenas cae el gol y al instante se convierte en recuerdo. Sólo su calidad marcará su trascendencia. Su calidad y el momento en el que llegan, claro, porque también con goles feos se han conquistado campeonatos. A lo que voy es que son pocos los momentos que se adueñan de nuestra memoria.

Estos días, pese a todo, han traído cosas buenas. La noticia de que el portal de la FIFA abrirá su archivo de partidos históricos para amenizar las cuarentenas nos ha puesto a volar la imaginación. Y es que el futbol tiene esa virtud de ser un museo interminable de pequeños instantes.

Hablando con los amigos comenzamos el necesario ejercicio del recuerdo. Aunque es el más reciente, el recorte de Lozano en la cancha del Luzhniky es poderoso. El gol del “Chucky” a los alemanes y el vértigo final de la lucha contra la historia de siempre son parte ya del imaginario mexicano. Hay más historias que siempre contamos cuando nos ponemos nostálgicos. Como esa del gol de Borgetti a los italianos. La jugada colectiva tejida con paciencia. El pase de Cuauhtémoc, nuestro genio, y el remate de quien dominaba el arte del cabeceo al grado de dejar parado al mismísimo Buffon. O qué tal esa selección de La Volpe, tan alabada por el mismo Guardiola por su forma de salir con el balón dominado. Esa selección que tanta ilusión causó y que no se merecía aquel final tan abrupto contra Argentina.

Y es que si de finales dramáticos hablamos en México tenemos varios. Somos una colección de hubieras. De instantes fugaces y trágicos que han marcado nuestra historia. Aún nos seguimos preguntando por qué Mejía Barón no metió a Hugo Sánchez en 1994, o por qué el “Matador” falló ese gol claro ante Alemania en 1998. Todavía no entendemos cómo Estados Unidos nos dejó fuera de Corea-Japón, ni sabemos de dónde le salió la inspiración a Maxi Rodríguez, en Alemania. Y si Osorio no se hubiera equivocado en Sudáfrica. Si Robben no se hubiera dejado caer en Brasil. Si Osorio no hubiera rotado tantas veces su equipo en Rusia.

Como la plática se estaba poniendo triste y tristeza ya tenemos mucha en estos tiempos, el recuerdo se fue implacable con los equipos de época. Ahí salieron los de siempre, el Brasil del 70, del que me hablaba mi abuelo a veces; de la Naranja Mecánica de Cruyff, de la Argentina de Maradona, de la Francia de Zidane, de la Italia de la marca férrea, de la España de Xavi e Iniesta, de la Alemania de la mentalidad imperturbable. Si las horas alcanzaran habríamos hablado más tiempo, pero como dicen, en la posteridad no hay espacio para todos.

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