Mi vida sin el deporte

Mi vida sin el deporte

Hace poco más de un mes, justo una semana después de que terminó la temporada de la NFL, le dije a un amigo que no había nada más triste que un domingo sin futbol americano. El me respondió que sí, que tenía razón, pero jamás nos imaginamos que la vida se encargaría tan pronto de demostrarnos lo equivocados que estábamos, que aunque la cosa esté mal, siempre se puede poner peor. Ahora lo tenemos claro, sí hay algo más triste que un domingo sin futbol americano: un domingo sin futbol americano y sin futbol.

 

Los domingos me recuerdan a mi abuelo. Cada fin de semana, nos reuníamos en su casa para comer con la familia. Cuando llegaba, lo primero que hacía era atravesar el jardín hasta llegar a su estudio, bien al fondo. Ahí estaba él, haciendo sus caricaturas, platicando de política con mi tío José Luis, con el cigarro gastándose en el cenicero, oliendo el penetrante olor a la tinta de los plumones, mientras en la televisión sonaba la estridente voz del “Perro” Bermúdez gritando los goles del “Gusano” Nápoles y las Chivas de Ricardo Ferretti.
Con esa capacidad que tiene la memoria de activarse a través de los sentidos, de manera constante los domingos soleados me traen el recuerdo del Toluca de José Saturnino Cardozo. Aquellos días en los que una “Bombonera” ardiente y desbordante se le entregaba al ídolo, y ganaban campeonatos, uno tras otro, y encima jugando bien al futbol.
Los domingos en Ciudad Universitaria, los de calor asfixiante. De música y carnaval. De caminar por los amplios y verdes caminos de la Universidad Nacional Autónoma de México. De futbol temprano para que la tarde, esa tarde semi lenta y tan llena de nostalgia que tienen los domingos, rinda y se haga larga.
Hablar de todo esto es un ejercicio de melancolía, aunque claro, cada quien afronta las pérdidas de diferente manera. Como buen aficionado de Necaxa, soy propenso a la tristeza. Hace unos años, de manera voluntaria, atravesé una cuarentena futbolera. Mis Rayos, el equipo que elegí cuando tenía cinco años gracias a la magia de Alex Aguinaga, perdieron la categoría. La frustración fue tanta que dejé de ver futbol mexicano por un buen tiempo. Todo había perdido sentido.
Algo similar le pasa a los aficionados al futbol americano. La primera semana de febrero, después del Super Bowl, la sensación de desconsuelo al pensar que en siete meses no volverá a celebrar un touchdown de su equipo es abrumadora. Aunque la situación tiene sus ventajas, porque el fanático espera con tantas ganas la nueva temporada que cuando llega el momento lo disfruta con la ilusión renovada.
Me gusta pensar que algo bueno saldrá de todo esto. Y que cuando la emergencia pase, los aficionados valoraremos ver un partido con los amigos. Gritaremos como nunca el gol más feo del mundo. Las gradas de los estadios volverán a estar repletas. Celebraremos los campeonatos. Saldremos a las calles. Esperaremos con ansias el próximo partido. Veremos jugar a Messi queriendo que el tiempo se detenga, que no pase más. Aprenderemos de las derrotas y disfrutaremos de las victorias. Leí en twitter que alguien, el sábado, celebró un gol viejo. Vamos por buen camino.

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