Mi vida sin el deporte

Mi vida sin el deporte

Los Juegos Olímpicos y su razón de ser
Por José Ángel Rueda

Uno de los primeros recuerdos olímpicos que tengo es a Soraya Jiménez cantando el himno nacional. Por aquellos tiempos, yo iba en sexto de primaria, nos habían juntado a todos en un salón para ver la hazaña de la mexicana en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. La imagen es brumosa, aunque de lo que sí estoy seguro es que todos gritamos y nos emocionamos cuando a través de la pequeña televisión aparecía la imagen de Soraya, con la cara roja de esfuerzo, pegando de brincos eufóricos. Entendíamos poco de los procesos de la halterofilia, pero el hecho de que una mujer ganara la primera medalla de oro en la historia de México tenía en el fondo fines didácticos, aunque eso lo comprendimos muchos años más tarde.

Otra imagen que tengo presente es la de Ana Gabriela Guevara en el tercer carril de la pista del estadio Olímpico de Atenas. El silencio absoluto antes del disparo, y luego 49 segundo frenéticos, aunque el tiempo sea un misterio en momentos como esos. La larga zancada de Ana, la ilusión de la curva, el esfuerzo final, el aliento de quien lo ve desde lejos, como si una fuerza nos obligara a dejarlo todo en un último sprint, y la plata con sabor a oro. Después de Ana le siguió María del Rosario, en las misteriosas tierras chinas. Las lágrimas de María,aún con el peto rojo, mientras caminaba con la bandera de México al aire, corresponde ya a la memoria histórica.

El gusto por los deportes se lo aprendí a mi abuelo José Luis. Apasionado como pocos, convirtió el olimpismo en su modo de vida. La herencia le llegó a mi mamá y a mis tres tías. Todos los días, bajo el atento cuidado de mi abuela, se levantaban de madrugada para ir a la alberca a entrenar. La mala fortuna les negó el asistir a unos Juegos Olímpicos, aunque eso sí, cada cuatro años, en la familia no se habla de otra cosa.

Supongo que es el encanto que tienen los Juegos. El hecho de que un ser humano corra los 100 metros en menos de 10 segundos no se ve todos los días. La gente ve a Bolt con la ilusión de que la evolución humana, pese a todo, sigue siendo posible. Hay algo de Poseidón en Michael Phelps. La mitología griega nos hace pensar que en sus largos brazos y sus collares de oro el mundo moderno ha encontrado al rey de sus mares. Cuando la nostalgia de Nadia Comaneci congelaba las barras, la energía de Simone Biles llegó para demostrar que todo en este mundo es cíclico. El olimpismo es la confirmación de la especie.

Que los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 se pospongan no debe ponernos tristes, al contrario. El olimpismo encuentra su razón de ser en la idea de que el ser humano es capaz de superarse a sí mismo, por más complicado que sea el reto. La vida cotidiana también tiene sus Bolts, sus Phelps y sus Biles. La llama olímpica se mantendrá encendida con la esperanza de que cuando todo pase, habrán unos juegos esperando, como una demostración de que lo peor finalmente habrá pasado. La fiesta, de momento, puede esperar.

 

 

 

 

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