Mi vida sin el deporte

Mi vida sin el deporte

Ayer por la tarde le marqué a mi primo para preguntarle cómo se sentía. Mal, me dijo, ya no sé ni cómo ocupar el tiempo. Le marqué porque en el mundo conozco a pocas personas tan apasionadas al futbol como él. Desde niños, cuando nos reuníamos en la casa de mi abuelo los domingos, pasábamos las tardes jugando en el jardín. El ritual sólo acababa cuando oscurecía y la luz era tan poca que era imposible seguir pateando la pelota. O a veces, cuando la mala suerte hacía de las suyas, terminaba de manera abrupta cuando volábamos el balón a la casa de atrás. Ir por él representaba atravesar un callejón donde unos cinco pequeños perros nos mostraban los colmillos.

Tiene mucho que yo no juego futbol, pero mi primo sí. Es de esos que por semana juega ocho partidos, y va por las ligas de Futbol 7 de la zona haciéndose fama. Se llama Rodrigo, pero le dicen “Ratón”, porque era tan chiquito que casi se les escabullía entre las piernas a los rivales. Ahora ya creció, pero sigue siendo bueno, y espera impaciente a que todo esto pase para volver a las canchas.

El coronavirus no sólo ha terminado con el futbol espectáculo. También con el de carne y hueso, el que se vive en los barrios. Recuerdo hace unos años que mi tío, que fue profesional defendiendo los colores del Atlante, jugaba por la noche en la liga de veteranos del Centro Asturiano. Era extremo, por las dos bandas, decía, porque le pegaba bien con las dos piernas. Aunque a veces le sugerían que ya era tiempo de dejar de jugar, él respondía que no, porque la adrenalina del futbol aún corría por sus venas, más allá de que la rodilla comenzaba a dar problemas.

La cuarentena también me hizo recordar al famoso “Chupitas”, uno de esos personajes que se conocen pocas veces en la vida. Lo vi por primera vez cuando trabajaba hace unos años en una tienda de autoservicio. Los domingos, poco después del mediodía, llegaba con su gorra y su barba de candado, y con el tobillo hinchado de tanto golpe. ¿Qué te pasó ahora? Le preguntaba, y su respuesta siempre era la misma. Ya ves como son. La leyenda de que el “Chupitas” era un crack para jugar al futbol corría entre los empleados como pan caliente. Jugaba en el llano, por su barrio. Una vez, en un torneo interno, se puso a patear la pelota y confirmó los rumores. Corría libre por la cancha, atento al hueco, con las piernas caracoleras. Ojalá que el “Chupitas” la lleve bien por estos días.

Estos días que se asemejan irremediablemente a los días lluviosos y tristes de la primaria, cuando el balón se quedaba guardado en la bolsa de plástico porque el agua arreciaba justo a la hora del recreo. Entonces comíamos el lunch encerrados en el salón, viendo el cielo encapotado, tirando maldiciones, con los zapatos limpios y las ganas rotas, queriendo con todas nuestras fuerzas que al otro día amaneciera despejado.

Twitter: @joseangelr10

 

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