Qatar 2022, la FIFA y el Mundial de las contradicciones

 

Silvana Leiva

 

Estamos ante un año mundialista, pero sabemos de antemano que no todes serán bienvenides a la celebración. Y es que a pesar del tan mencionado compromiso de la FIFA con la igualdad y la lucha contra la homofobia que se repite hace años, este año las personas de la comunidad LGBTIQ+ enfrentarán una segregación directa desde la misma sede organizadora. ¿Qué implica tener, en 2022, un país que prohíbe la homosexualidad como sede del Mundial? 

Como sabemos, cada cuatro años todo se paraliza y durante meses solo respiramos futbol y 2022 no será la excepción: a pesar del cambio de fecha, a pesar del COVID, la fiesta tendrá lugar. Pero no será para todes, sino solo para quienes quepan dentro de la visión del mundo del país organizador. Como sabemos, en Qatar, la homosexualidad está prohibida, y desde que este país fue elegido sede de la Copa Mundial se reabrió el debate sobre el respeto por la diversidad. Un debate que nos recuerda que, lamentablemente, el futbol está muy lejos de ser igualitario. 

A partir de la elección de Qatar como sede surgen dos grandes cuestiones: la primera, más filosófica, es ¿Hasta qué punto es viable aceptar argumentos que provienen del odio y se disfrazan de libertad para justificar la exclusión? La segunda, definitivamente más práctica, tiene que ver con la responsabilidad de quienes declaran luchar por la igualdad pero al mismo tiempo ponen en riesgo a millones de personas al citarles en un lugar así. 

Sobre lo primero, cada vez que debatimos sobre los derechos de la comunidad LGBTIQ+ aparece la falsa dicotomía entre “libertad de expresión” y derechos. Quienes apoyan las medidas de la organización del Mundial suelen recurrir a argumentos falaces como que una persona, organización o país puede discriminar u odiar si lo hace amparado por el derecho básico de la libertad de expresión. Incluso, el argumento de la libertad a veces se disfraza de simpatía cuando se habla de “tolerancia”. Así sucedió con el director del comité organizador, Nasser Al-Khater, quien en un gesto de fingida buena voluntad afirmó que su país es “tolerante” y recibirá a la comunidad. Eso sí: nada de besos y abrazos en público. El clima pre Qatar 2022 estará lleno de estos argumentos, y quienes luchamos por la igualdad nos vemos en situación de repetir: una opinión, política o costumbre que excluye y lastima no es un punto de vista, y bajo ninguna circunstancia puede ampararse en algo tan abstracto como la libertad. 

Además, nos queda preguntarnos por la responsabilidad de quienes diseñan las políticas. La elección de Qatar como sede del Mundial por parte de la FIFA, que lleva años ensayando medidas para un futbol más inclusivo, nos demuestra que las decisiones tienen el poder de mejorar, pero al mismo tiempo de destruir. Esta decisión de la FIFA es cuando menos polémica, teniendo en cuenta que la prohibición de la homosexualidad no es la única violación a Derechos Humanos que que sucede en Qatar: el destrato a inmigrantes, el lugar de las mujeres y la explotación laboral son otras tantas cuestiones que provocaron quejas por parte de organismos de DDHH. 

Es la segunda vez en esta década que se elige como sede del Mundial un país hostil hacia la comunidad LGBTIQ+. Teniendo en cuenta la enorme responsabilidad que conlleva elegir donde se realizará el torneo y aquellos que hacen las políticas son quienes deciden los términos: ¿Qué responsabilidad le cabe entonces a la FIFA? ¿Qué tan creíbles son sus esfuerzos para combatir la homofobia, sí con una decisión pone en peligro a millones de personas?. Las políticas no son solo palabras, sino símbolos que tienen efectos concretos sobre la vida de muchas personas. No son neutrales, ni tampoco son producto de la libertad cuando van en detrimento de derechos básicos. 

¿Vamos a continuar discutiendo si las políticas son un ejercicio de la libertad y hay que respetarlas por más denigrantes que sean? o ¿Vamos a exigir a quienes deciden un compromiso real y serio con la igualdad para acabar con la violencia y la exclusión? Está demás decir que votamos por el segundo.

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