Patear un balón lo hace cualquiera

Por Eréndira Derbez

Cualquiera puede patear un balón. Para hacerlo con fuerza, dar buenos pases o tirar a ángulos se necesita entrenar. Cualquiera cuya condición de salud lo permita puede desarrollar las habilidades necesarias para jugar fútbol. Algunas personas lo harán mejor que otras porque son más disciplinadas o tienen mayor talento, pero el balón no “funciona” de manera diferente de acuerdo a la orientación sexual o la forma de los genitales de quien lo patea.

Esto, que resulta tan obvio, pareciera algo difícil de entender para quienes, llenos de prejuicios, deciden ignorar las leyes de la física que permiten al balón rodar y optan por pensar que el balón es un objeto para uso exclusivo de los hombres y, particularmente, de los hombres heterosexuales.

Por otro lado, las ligas femeniles alrededor del mundo se componen de mujeres muy diferentes; algunas son madres, algunas son solteras, algunas tienen parejas hombres, algunas tienen parejas mujeres, etc. Las jugadoras son diversas como las mujeres lo somos.

Si una abre hoy  un buscador de internet y escribe “jugadora de fútbol lesbiana” aparecen decenas y decenas de entradas y fotografías de futbolistas, con nombre y apellido, sonriendo al lado de sus parejas, a nadie le sorprende. En diferentes países y equipos las mujeres viven abiertamente su sexualidad. Sin embargo, si se hace el mismo ejercicio con jugadores varones, el número se reduce considerablemente. Entre las primeras entradas aparece la noticia: “Jake Daniels, primer futbolista inglés que se declara gay en 30 años.” Esta es la gran nueva del momento en el mundo deportivo, y a muchos les sorprende.

Hemos construido como sociedad “maneras correctas” de “ser hombre” sumamente restrictivas. Entre las múltiples normas están no llorar, gustar de los deportes y ser heterosexuales. Estas maneras han excluido por generaciones a los hombres que se salen del ceñido molde de la masculinidad hegemónica. Y al futbol como deporte le hemos otorgado en términos generales valores masculinos y ha sido un espacio donde como sociedad hemos justificado la proliferación de actitudes violentas.

Para muestra, el uso de insultos homofóbicos y misóginos dentro de la cancha o la cantidad de veces que algunos comentaristas salen a defender el horrible grito en los estadios mexicanos, como si se sintieran orgullosos de que la homofobia esté arraigada en nuestra cultura.

Pero el futbol puede ser diferente al de aquellos que gritan desde el odio y la ignorancia en el estadio, y la buena noticia es que ya es diferente. Como cada día más las ligas femeniles lo demuestran. Mismas que juegan cada vez mejor incluso pese a que reciben en muchos casos menos apoyos, como prueba el equipo femenil del Barcelona, que llegó a la final de la Champions League, a diferencia de su muy renombrada contraparte masculina que no superó los cuartos de final de la Europa League.

No tiene ningún sentido pensar, por simple estadística, que en las ligas varoniles no hay más hombres que amen o sienten deseo por personas del mismo género y como sucede con las ligas femeniles. Sin embargo, la homosexualidad masculina en el mundo el futbol sigue siendo un tabú.

No tiene nada de extraordinario que Daniels sea gay, lo extraordinario, y por lo tanto muy poderoso, es que tenga que salir a compartir su vida privada ante los medios, aficionados y el público en general, a exponerse.

Ojalá más jugadores como él se animen pronto. Estas pequeñas y a su vez enormes acciones visibilizan lo evidente: la diversidad existe. Y esta visibilidad también ayuda a cambiar las narrativas homofóbicas y misóginas que tanto daño le hacen a nuestra sociedad y también al futbol.

 

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